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Uno de los más extraordinarios escritores vivos en lengua española, Vallejo Rendón (novelista, clásico ya, Premio Rómulo Gallegos –el más importante después del Cervantes- y ganador del Juan Rulfo), afirma que «el idioma [español] se desintegra por culpa de las escuelas y la educación. Hasta España, antes fresca y radiante de expresiones, lo ha descuidado». Añade: «Vive anglizado… en la acentuación y la puntuación que imitan el inglés y que nada tiene que ver con nuestro idioma». Realmente, ¿va por ahí nuestra lengua?
A finales de los setenta visité el monasterio de Santo Domingo de Silos. Como acompañaba al primo de uno de los frailes benedictinos (Orden de San Benito, Ordo Sancti Benedictini) tuve privilegios negados al turista, toda vez que me dejaron asistir como oyente a tres (sexta, nona, vísperas) de los ocho rezos diarios que marca la Liturgia de las Horas, obligatorios, momentos en los cuales entonan cantos gregorianos («el que canta bien ora dos veces», repetía San Agustín), tan popularizados hace años cuando se dieron a conocer tras la grabación de un disco cuya salida al mercado coincidió con fiestas navideñas, casualidad. Recorrí capillas, celdas, la impresionante biblioteca, huertas, botica, bodega…, y dentro de lo permitido conversé con algunos, pocos, eso sí, pues no podían frenar su ordenado trabajo.
Conmemoraban aquel año el milenio de la lengua española, pues el monasterio burgalés y el riojano de San Millán de la Cogolla (con dos edificios, San Millán de Suso y San Millán de Yuso) fueron la cuna del castellano. En ellos se encontraron, respectivamente, las Glosas Silenses y Emilianenses, notas manuscritas junto al texto original. Se trata de anotaciones hechas en algo que ya no es latín, y que parece castellano. Obviamente, la similitud con nuestra lengua actual es mínima, toda vez que son glosas del siglo X, incipiente castellano.
Mil años nos separaban desde que algún notable escribano vio la necesidad de hacer aclaraciones –glosar- sobre palabras latinas ya no usadas. A partir de ahí afloró la producción literaria tal como estudiamos en las aulas (desde el primer poeta conocido, Berceo, hasta el Renacimiento). Y por más que se mantiene el vano, iluso e imprudente empeño de sensibilizar a nuestros alumnos de Secundaria o Bachiller en la lectura de tales textos (entre ellos, el propagandístico sobre un mercenario, El Cid), lo cierto es que en ellos es notable la evolución experimentada por la lengua al paso de los siglos, cambios absolutamente normales en un ser vivo como es el castellano o español, que a lo largo de su fortalecimiento se enriquece con préstamos de otras lenguas (árabe, por ejemplo) o con variedades dialectales.
Cuando se convierte en la lengua del Imperio y de la cultura su expansión va acorde con la del propio reino, toda vez que también se impone por la fuerza de las armas como elemento unificador en los pueblos conquistados. Y, así, se extirpan como nódulos cancerosos lenguas americanas anteriores a la llegada de los españoles, por más que de ellas se adquieren voces que pasarán al español para fortalecerlo. Este comportamiento lo mantendrá hasta nuestros días, y por eso manejamos muchos términos extranjeros –anglicismos, galicismos…- que por distintas razones se adoptan, y en la mayoría de ellos se produce la castellanización, es decir, se acomodan según nuestras normas acentuales y gráficas (football se convierte en fútbol, hall en jol). Y ya no digo cuando se impone el amplio léxico de la informática, palabras ante las cuales el español no tiene repuesto (así, pendrive terminará un día como pendrai, tal se pronuncia) o sí, pero no se consideran (‘correo, mensaje’, podrían sustituir a e-mail, mail, mas no es así).
¿Es peligrosa esta imposición amplia de palabras extranjeras –fundamentalmente anglicismos-? ¿Debilitará al castellano, lo transformará hasta convertirlo en algo completamente distinto a como lo conocemos hoy? En absoluto. Nuestra lengua seguirá evolucionando –si no, moriría- bajo la rigurosa y muy especializada vigilancia de Academias extranjeras, instituciones que ayudan a la Española para el extraordinario trabajo que realizaba antes a solas, por imposición. Sin embargo, hoy no dicta, pues todo se hace en común: la lengua española no es propiedad de los españoles, a fin de cuentas una minoría frente a los trescientos sesenta millones de hispanohablantes que la utilizamos fuera de la geografía peninsular.
Por tanto, permítame la discrepancia el señor Vallejo. Bien es cierto que determinadas voces se imponen (¿no nació ‘parquear’ a partir de parking?), pero nuestra lengua es muy fuerte para debilitarse ante tales embates que, no olvidemos, corresponden muchas veces a anglicismos técnicos cuya correspondencia no existe en español.
Hay, es verdad, incorrecta disposición a eliminar los signos iniciales de interrogación o admiración, al uso repetido del segundo, como si el pasmo elevara su potencia por su duplicidad (¡¡oh!!), al apóstrofo (Ca’ Perico), pero no afectan a la estructura interna de la lengua. No obstante, los profesores, los maltratados docentes víctimas propiciatorias de ignorancias, deben velar por los correctos usos. Mas cuando algunos de ellos ya están anglizados en tales variantes (correos por el móvil), nada se puede hacer más que dar llamadas de atención. A fin de cuentas, los hablantes son los propietarios de la lengua.
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