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Ya tenemos la primera sentencia condenatoria en la Gurtel, esa tenebrosa trama de corruptelas donde se ha ido evidenciando cómo se malversaban caudales públicos a espuertas. Es la primera y, no es sorprendente, afecta a quien investigó dicha trama. La condena, nada nuevo aportó, por prevaricación. Es, como a nadie se le esconde, adoptar una decisión conociendo que no es justa y que no se ajusta a la norma. Fíjense, alguien con experiencia en la persecución de distintas tramas, que nunca antes tuvo problema alguno, se encuentra ahora con un muro de hormigón. Un potente e insoslayable parapeto que intentó saltarse, como podemos comprobar, con nulo éxito.
Contrasta, lo contrario sería lo noticiable, con la exculpación de otros dos de los tantos imputados por tal causa – cohecho impropio, la complejidad otorgando vías de escape – a pesar de lo escuchado en las grabaciones que obraban en el sumario. Quizá, carezco del dato para afirmarlo, todo estuviese previsto. En ambos casos. Ya sabemos, las cosas suelen andar siempre atadas y bien atadas. Por qué iba a ser la excepción ésta.
La reciente sentencia condenatoria a Garzón, como no pudo ser de otro modo, hizo saltar todas las alarmas. También como siempre, las de un lado y las de otro. Será por aquello de los dos bandos. Por un motivo y por otro, ha sido objeto de intervenciones de distinta naturaleza. Algunas de ellas, tampoco resulta una novedad, exaltando la figura de juez, ahora apartado de las labores jurisdiccionales, hasta el sonrojo. El mismo sonrojo que provocaron las del lado contrario. Las de quienes se alegraban por la condena. Nunca llueve a gusto de todos, dicen. Aunque siempre, en la mayoría de las ocasiones, existe un elemento común en todas estas cuestiones: la prevalencia de lo subjetivo sobre a lo objetivo.
Ni a una corriente ni a otra pretendo incorporarme. Ni exaltaré ni vilipendiaré a la persona. Respecto a ella, sin entrar en el detalle pues no se trata de eso, tengo mi particular visión. Está claro que no coincide con ninguna de tales corrientes. A pesar de los ríos de tinta y las horas de sesudas intervenciones, tampoco ponen, en mi opinión, el acento en lo que supone la situación. Al menos desde mi perspectiva. Eso es lo que trae el asunto a mi comentario. Algo tan sencillo como todo lo que subyace bajo la sentencia. Alguien dirá que una cosa es una cosa y otra, ya son dos; es decir, que ninguna relación hay. Pienso lo contrario. Veamos.
Si algún motivo hubo, para no encontrar la relación, ya perdió su vigencia. La reciente noticia, relativa al expediente abierto a quien instruye el caso Palma Arenas, pone en evidencia el hecho. Que en los medios se haya publicado fragmentos de instrucciones sometidas al secreto de sumario se ha transformado en un hecho casi normal. Tanto, que en ocasiones da la impresión que se decreta tal secreto para hacer más interesante lo que del mismo se publica. Pues bien, el que haya salido a la luz, a saber si fragmentos del sumario o meras especulaciones, ha sido motivo para que se abra un expediente al referido instructor. Pero no, no nos alteremos, la justicia es igual para todos; quién lo diría, a la luz de los acontecimientos.
En un caso como en otro: sentencia condenatoria del Supremo, expediente abierto del Consejo General del Poder Judicial, se me antoja que se trasluce un aviso. El aviso es bien sencillo, tanto en uno como en otro caso: no se salgan de la recta senda porque estamos vigilándoles. Así me lo parece. Cuál es esa recta senda. Tan sencillo como no ahondar en instituciones perfectamente enraizadas en nuestro pasado más reciente, el que trae causa de aquellos pretéritos ecos donde fuimos unidad de destino en lo universal.
En el caso de Garzón, el hecho de restaurar la memoria de nuestra historia reciente, la más vil y truculenta en cuanto a los episodios que dieron lugar a cunetas sembradas de cadáveres, pone de los nervios a muchas personas. No porque se les vaya a pedir responsabilidades de algún tipo a quienes, amparados por la barbarie de un golpe de Estado, pisotearon dignidades a diestro y siniestro. No, ya esas personas están descansando, si sus respectivas conciencias les permitió lograrlo. El problema, aunque no toque de modo directo, radica en el origen opaco de algunas fortunas, forjadas al amparo de la rapiña de los vencedores. Quizá, en la dificultad que tengan para justificarlas, radique el asunto.
En el caso del instructor del Palma Arenas, porque ha osado inmiscuir en una causa terrenal, por tener indicios de pruebas para ello seguramente, a una institución que parece sentirse por encima del bien y del mal. Vamos, que aún se piensa como un legado divino y esto, ya se sabe, no es de este mundo.
Por ahí van, no por otro lado; que aún prevalece aquella sentencia donde amigos y enemigos no estaban sometidos con el mismo rigor al imperativo legal, encontrándose distintos grados de flexibilidad según los casos.
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