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La señora viceconsejera de Asistencia Sanitaria (comunidad de Madrid) plantea textualmente una interrogación: «¿Tiene sentido que un enfermo crónico viva del sistema?». Es decir, lo que ella llama el sistema –supongo que se refiere a la sanidad pública-, ¿tiene la obligación de atender sine die a quien padece una enfermedad de la que no curará casi con seguridad? ¿O quizás entiende por crónico a un enfermo cuyo padecimiento sobrepasa los seis meses? Lo digo porque, también, otros colectivos médicos consideran que el enfermo crónico es aquel que siempre está en lista de espera para especialistas y con frecuentes ingresos por urgencias, con hospitalizaciones. O lo que es lo mismo, el enfermo «giratorio» (así lo llaman porque su vida gira en torno a los hospitales) que casi nunca es atendido en dispensario por el médico de cabecera.
Y esta pregunta la remata con una rotunda conclusión: «Lo sanitario tiene un fin». (Lo cual puede interpretarse como: uno, que está limitado, que es para sanar, mas no para mantener en perpetuo tratamiento. Dos, que lleva implícita una finalidad, en este caso la de preservar a quien cuida. Intuyo que se refiere a la primera posibilidad.)
Las críticas fueron inmediatas. IU denuncia que los efectos de la crisis recaigan sobre los ciudadanos de siempre; para el PSOE es una barbaridad, una burrada; según el presidente del Foro Español de Pacientes, las declaraciones son irresponsables; UGT concluye que hay interés es privatizar los servicios públicos, y el presidente de la Sociedad Española de Médicos de Residencias (SEMER) reclama más recursos materiales y humanos para estas, de tal manera que a los ancianos –la mayoría de los crónicos- se les pueda atender en ellas sin necesidad de mantenerlos en los hospitales, cuyas camas quedarían libres. Curiosamente, desde la viceconsejería se mantiene este mismo planteamiento: las residencias pueden ser lugares idóneos para cuidar a los mayores.
Sin embargo, ahí acaban las coincidencias. Porque el SEMER tiene bien claro que no se trata de enfermos comunes, pasajeros, y que las edades ya condicionan la propia marcha del sistema: no solo necesitan especialistas médicos, sino que son precisos psicólogos, fisioterapeutas, trabajadores sociales… Por tanto, la única posibilidad de que las residencias funcionen y respeten la dignidad de sus internos está en la fusión de Sanidad y Servicios Sociales toda vez que, por ejemplo, la anorexia senil –casi cuatro millones de ancianos, sobre todo las mujeres- es un cuadro depresivo que no se trata con medicamentos, sino con atenciones personalizadas, comprensión y compañía para mitigar la soledad en la cual el mayor se encuentra las más de las veces. Y no entro en la propia estructura arquitectónica de muchas residencias que son espacios no aislados, sin luz natural –sol-, con deficiente ventilación, y más preparadas para almacenar a los ancianos que concebidas con la idea de hacerles la estancia feliz con respeto máximo a sus intimidades.
¿Dispone nuestro sistema médico-asistencial de residencias en las cuales los internos si no las identifican con sus casas, sí se encuentran acogidos, serenos, y las aceptan como un lugar de atenciones y tratamientos humanizados? ¿Tienen los internos espacios de recreo, solaz, independencia física, aislamiento, distracciones que no solo sean programas televisivos, rincones para hablar con sus parientes y amigos en la intimidad, sin intromisiones ajenas? ¿Se cuidan escrupulosamente sus dietas alimenticias y se vigilan con rigor salubridades, limpiezas, decoros? Y sobre todo, ¿el personal está especializado en las necesidades de los internos, las cubre absolutamente todas y se entrega con seriedad y profesionalidad? ¿Se le paga decentemente por su trabajo?
Es más: ¿tiene todas las plazas necesarias para evitar permanencias en hospitales? No, en este caso, no. Por eso, muchas veces los desvían a clínicas privadas, y algunas de ellas se han convertido en auténticos almacenes de ancianos (suena duro, pero es así como así lo he visto), en cuyas habitaciones dobles –único espacio del que disponen- permanecen semanas, meses incluso, y son los propios visitantes quienes avisan al personal –ínfimo numéricamente- para que laven al enfermo, pues el hedor a meadas impacta en el recinto. Y por la noche… ¡ay, por la noche: la más absoluta incomunicación!
Planteamientos, pues, ante una misma realidad: ¿se suspenden los ingresos hospitalarios de los enfermos crónicos (casi todos, ancianos)? ¿Los trasladan a residencias no apropiadas o a clínicas para que allí languidezcan? O por aquello del respeto a la vida –supongo que con el mismo derecho que su partido defiende para los no nacidos-, ¿deben mantenerlos con tratamientos e ingresos hasta la muerte natural, o incluso en su casa, pero con atención médico-sanitaria-social que no signifiquen agobios, traumas, desequilibrios psicológicos y quemes físicos para sus familiares, impotentes para atenderlos porque trabajan, viven en otros lugares, tienen sus padecimientos y achaques, sus propias obligaciones familiares?
Pues sí, concluyo. El «sistema» tiene la obligación de atender a los crónicos en hospitales o muy decentes y humanizadas residencias, o en casa, sin excepción alguna. ¿No invertimos multimillonarios presupuestos en políticos incompetentes, torpes, vividores, despilfarradores, desvergonzados, supuestos delincuentes, verdaderas lacras para la sociedad? Y si los mantenemos –comportamiento incomprensible el de muchos votantes, dicho sea de paso-, ¿racaneamos con nuestros enfermos crónicos y las atenciones médico-hospitalarias que necesitan? Qué miseria, Señor, qué miseria.
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Saludos.