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El titulo de la reflexión, estarán conmigo, sirve tanto para un roto como para un zurcido. Se puede leer de manera diferente. Tratándose de la reciente reforma laboral o, más concretamente, del desmantelamiento de los derechos laborales, tanto vale para inducir a la protesta como para pensar en los efectos de aquélla. En cualquier caso, la primera de las manifestaciones ya es un hecho. Un hecho exitoso, a tenor de la notoria participación que hubo. Ya no sólo me refiero a la de Las Palmas de Gran Canaria, sino en el resto de las cincuenta y siete ciudades donde se convocaron. A partir de ahí, veamos qué acontecerá tras esta primera movilización.
La reforma pone en entredicho la vigencia de muchos derechos, no logrados como una dádiva pues supusieron el derramamiento de mucha sangre para alcanzarlos. Por ese motivo, porque deja a la parte más débil de la relación desprotegida, es por lo que cabe de tildarla de un feroz abuso del gobierno del PP con la clase trabajadora. Supondrá, como podremos comprobar con el paso de los días, un mayor incremento de los actuales niveles de desempleo, ya vergonzosamente elevados.
Pero volvamos a la calle. A la exitosa manifestación; habida cuenta la notable respuesta que se dio a la convocatoria. Si el mapa político del Estado está ahora mismo teñido de azul, la calle quedó impregnada de rojo. Las banderas y estandartes rojos de las organizaciones sindicales convocantes, junto a las de algunos partidos que también se sumaron a la convocatoria, marcó de rojo a las vías de todas y cada una de las ciudades por las que transcurrió la manifestación. Ahí, en mi opinión, radica mi discrepancia: en la profusión de banderas.
La manifestación, a la que asistí, transcurrió de un modo perfectamente establecido. Las banderas – ondearon algunas, otras no – inundaron todo el espacio; sustituyendo, quizá, al discurso animador de la participación en la protesta. Escasos, muy concretos, fueron los eslóganes coreados por quienes avanzaban hasta el lugar donde culminaba. Muchos de los que se corearon, también he de asumirlo así, me parecieron un tanto repetitivos. Por ahí he leído también alguna opinión al respecto.
En esta manifestación, al menos aquí en Canarias, se evidenció la ausencia de muchas organizaciones. Es cierto que se convoca concentración para el día veinte y tres de febrero (fecha horrible), donde se incluyen todas esas organizaciones que se echaron en falta el diecinueve. Motivos, seguramente, los hubo. Ahora bien, dadas las circunstancias, no es el momento de dividir, sino de multiplicar. Las restas ahora deben estar ausentes, es la suma de toda la clase obrera, la que está afectada por esta reforma, la que tiene que oponerse y aunar fuerzas para ello.
La manifestación culminó perfectamente cronometrada a las dos horas de haberse iniciado. A las doce horas se convocó y a las catorce estaba todo finalizado. Incluidos los discursos que, por cierto, poco se escucharon. El sistema utilizado para la megafonía no permitió que se pudiese entender el mensaje. Cuando se logró, en algunos momentos, se pudo comprobar que lo que carecían era de eso, de mensaje. En los momentos actuales, dada la gravedad de los acontecimientos, ya no valen aquellos discursos de antaño. En tales momentos se trataba de consolidar unos derechos que ahora están en vías de extinción, si no lo han hecho ya en la mayoría de los casos.
Aún estamos a tiempo. La lucha por la recuperación de lo que nos han hurtado no ha hecho más que comenzar. Es importante, cuanto más rápido mejor, que se aúnen esfuerzos, que se renueve el mensaje, y que la clase obrera, al menos en este momento – aunque siempre sea de desear –, no se divida entre las banderas. Ahora es una, sólo una la que deben mantenernos en la lucha, la de la defensa de los derechos que no están pisoteando. Si no es así, mejor recoger los bártulos, aguardando a mejor ocasión.
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