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Si a las palabras del señor jefe superior de policía de Valencia nos atenemos, se podría concluir a través de un silogismo que el Gobierno tiene a los estudiantes valencianos como enemigos. Porque el silogismo es un razonamiento deductivo, una forma de argumentación: consta de dos proposiciones o premisas que son verdades (‘el hombre es mortal’; ‘Luis es un hombre’) y una tercera, la conclusión (‘por tanto, Luis es mortal’). Recuerdo de Bachillerato que disponíamos de un buen número de palabras inventadas (barbara, celaren, darii…) para recordar las distintas variantes, y con ellas jugábamos, aunque a veces incluíamos premisas falsas para despistar al contrincante, que no enemigo. Así, de una copla canaria, el primer verso -«Todos los Juanes son bobos»- y completaba el falso silogismo: «Juan es un amigo; por tanto, mi amigo es bobo». Angelicales inocencias.
El jefe superior de Policía de Valencia dio ayer un parte de guerra: «No es prudente […] que yo le diga al enemigo cuáles son mis fuerzas [golpe en la mesa], mis debilidades [golpe en la mesa]». Por tanto, reconoce que se combate contra un contrario, contra personas ‘que luchan, contienden o están en oposición’. En efecto, un enemigo muy peligroso: jóvenes estudiantes que se echaron incivilmente a la calle para protestar frente a recortes en calefacción y rebajas en los presupuestos de la enseñanza oficial. Jóvenes adiestrados en viejas academias del Telón de Acero y cuyos estrategas interiorizaron en la vieja URSS, quizás en Albania, puede que en Praga. Gentes que aprendieron también en las películas de James Bond técnicas para bombas, dispositivos de acción destructiva, hábiles en los manejos de gases, armas eléctricas y electrónicas como bastones de electrochoques, cinturones negros en infinitos dan, yawara-jitsu, karatecas… y la más letal de las armas: la palabra serena y pacífica que denuncia la violencia ajena.
A la vista estaba: la policía, acordonada, cayó en las hábiles trampas que les tendieron los Estados Mayores de los jóvenes, quizás sus profes de Historia o de Lengua, guerrilleros callejeros en tiempos de la dictadura conservados en esencias ideológicas desde sus correrías por selvas americanas, ya con el Che, con Fidel. Sí, en efecto: la policía huía despavorida ante la perfecta organización maoísta de los estudiantes, tácticas que aprendieron también del Vietcong, Ho Chi Minh, general Vo Nguyen Giap, artífices de la independencia vietnamita.
¿Cómo no iban a ganar los enemigos del señor jefe superior de Policía de Valencia si los estudiantes valencianos manejaban al dedillo las estrategias más sofisticadas del combate callejero? Claro: muchos, a través de Erasmus, llegaron a Bruselas y subrepticiamente se introdujeron en Estados Mayores de la OTAN, y conocieron a Rambo, y al sargento O’Donnell, veterano boina verde, y al subteniente Sullivan, y al cabo McKrisky, superespecialistas en camuflajes, guerrillas urbanas, información sofisticada, traducción de mensajes secretos…
Volvamos al silogismo. Visto lo visto, escuchadas las palabras y audicionados los golpes del señor comisario sobre la mesa, es posible recuperar aquella construcción aristotélica con los siguientes presupuestos. Uno, verdad inicial, primera premisa: los estudiantes son el enemigo del señor jefe superior de Policía de Valencia. Dos, segunda premisa, verdad indiscutible: al señor comisario lo nombró el Gobierno de Madrid. Tres, ergo, por tanto, conclusión o tercera premisa: los estudiantes valencianos son enemigos del Gobierno central. Impoluto planteamiento, vive Dios, en cuanto que aquel ni lo ha destituido, ni ha rechazado sus palabras ni ha dicho esta boca es mía, lugar de donde salen las oralidades para rectificar voces como «enemigo» cuando de los estudiantes valencianos se habla. Por tanto, quien calla, otorga, que dice el refranero popular.
Lo razonable en una situación como esta es la inmediata destitución. Es muy peligroso, incluso demencial, considerar como enemigos a ciudadanos que se manifiestan porque sus reclamaciones –estufas en las aulas, calidad en la enseñanza pública- no han sido atendidas. Bien saben los gobernantes actuales que las libertades se consiguieron en la calle a través de manifestaciones multitudinarias y que muchos, muchísimos ciudadanos dieron sus vidas y años de vidas para que hoy el pueblo haya decidido, democráticamente, el acceso del PP al poder, legítima voluntad popular, absolutamente respetable.
Mentalidades guerreras y belicosas del señor jefe superior; exageradas contundencias físicas en las cargas policiales frente a jóvenes y padres cuya única arma defensiva es la palabra, no son precisamente reflejo de una sociedad dialogante, relajada y respetuosa. Bien es cierto que el orden público –también en la dictadura franquista existieron los Tribunales de Orden Público- debe imperar en nuestras relaciones. Pero entre mantenerlo y usar la fuerza desmesurada e irracional hay siempre un espacio para las palabras. La gente no sale en masa a la calle para alterar, desordenar, desequilibrar o quemar la armonía social, no, en absoluto. Y mucho menos esta sociedad nuestra, tan paciente frente a los embates que desde arriba se le imponen con dureza y restricciones mientras observa, perpleja, a muchos políticos que usan el servicio a la ciudadanía como excusa para enriquecerse ilícitamente.
No, señora delegada del Gobierno en Valencia, no es «una anécdota», como usted la llama: es una definición. Los estudiantes, como ciudadanos, no son el enemigo. Muy al contrario: sufren y padecen porque ven a sus padres en el paro, en las angustias económicas, en los estertores de un mañana peor que el momento actual. Si aquel señor jefe superior quiere luchar contra enemigos, que los busque –haylos a miles- en otros espacios sociales, y ustedes lo saben, vaya si lo saben.
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Salu2