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De cuando fuimos ricos Imprimir Correo electrónico
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Nicolás Guerra Aguiar   
Miércoles 05 de Septiembre de 2012 00:00

nicolasguerraguiar2011La reproducción fotográfica que acompaña a este artículo, estimado lector, está formada por tres trozos de cartón, rectangulares. Fueron la caja protectora de una lata de sardinas en aceite de oliva. Como bien se lee, es una foto de Óscar Domínguez (por cierto, se les escapó la tilde), pintor surrealista tinerfeño que murió en París, 1957. En la capital francesa había hecho amistad con los surrealistas franceses, con Picasso…

scar_DomnguezDe fondo, a la derecha, bajo el escudo del Gobierno de Canarias (<<una tierra mítica>>) solo se ve una pequeña parte de la lata, abierta, y un abrelatas de esos que se agarran a la solapa y no la suelta, no como muchos de hoy que se quedan a la mitad del camino y nos obligan a usar cuchillos, palancas, limas, destornilladores, invocaciones a Satán, llaves inglesas y otros artilugios. (Bien es cierto que al final abrimos la lata, pero camisa, barba, cristales de las gafas, piso y poyo de la cocina quedan bañados de sus interiores, todo una delicia.)

Que un cuarto de lata aparezca en la reproducción no es casualidad, capricho, veleidad gastronómica, recuerdo de factorías enlatadoras en Las Palmas y Arrecife (Lloret y Llinares, Garavilla), Sardina del Norte, Valle Gran Rey, Tenerife… Tampoco es elemento decorativo, símbolo de una actividad insular, o regional. Óscar Domínguez lleva a sus cuadros figuras y objetos de la vida cotidiana (las nombradas latas, abiertas o a punto de, máquinas de coser, violines, relojes…), pero casi siempre como elementos simbólicos a los que son tan proclives los surrealistas. Así, por ejemplo, la psique, la interioridad, se identifican a través de la propia lata; y la llave, el abrelatas, es el instrumento que permite mostrar aquella interioridad del subconsciente (algo así como el psicoanálisis en Freud) en el cual lo que se busca muchas veces (pansexualismo freudiano) es el conocimiento sexual.

Pero dejemos a un lado Surrealismos (voz que se impuso en España), Suprarrealismos, Sobrerrealismos, Superrealismos (nunca Subrrealismos), la revolución en el Arte (aunque quiso serlo en todo) que convulsionó al mundo occidental y pretende la <<liberación de los impulsos reprimidos en el subconsciente>> (Freud). Y aunque es una extraordinaria etapa que afectó incluso a la manera de ver la vida, y que transformó vidas, volvamos a lo material, a la lata de sardinas en aceite (peso escurrido, 85 gramos; caducidad, finales de este año) en cuya caja aparece la foto de Óscar Domínguez. Dice <<Centenario del nacimiento>>: en efecto, el genio tinerfeño-parisino nació en enero de 1906. Por tanto, la lata que tengo en mi poder almacena ya seis añitos, un sexenio. Y aunque algún día aparecerá hinchada, inflada por la descomposición de las sardinas que guarda en su interior, por ahora sigue como elemento peculiar en la estantería libresca, zona reservada a la literatura canaria del siglo XX. Está junto a Crimen, novela de Agustín Espinosa (otro genio surrealista tinerfeño) y cuya impactante portada se debe al pintor (Espìnosa opositó a la cátedra de Literatura en la Universidad lagunera frente a Valbuena Prat).

Pero hete aquí que tal perecedero producto sardinil fue regalo del Gobierno de Canarias, quien coloca también en el borde de la lata un precinto en el cual se repiten textos de la caja protectora. O lo que es lo mismo, en 2006 alguna dirección general de alguna consejería del Gobierno de Canarias (o la propia Presidencia, a fin de cuentas Domínguez es tinerfeño) dispone de un presupuesto –estimo que bastante elevado- para adquirir fuera algunas miles de latas de sardinas en aceite con empaquetado y precintado especiales por el primer centenario del pintor. Pero, qué cosas, obvia ciertas características presentes en cuadros de Óscar Domínguez como, por ejemplo, el abrelatas, que destaca en varios. En la lata gubernamental, aquel fue sustituido por una anilla en la que se engarza un dedo para su fácil abertura, aunque impide que la tapa se enrolle a través de los giros, como en la foto. Es decir, homenaje a Domínguez pero de técnica más sofisticada, menos rústica que en los cuadros. Irrespetuosa.

Y a mí se me ocurre que aquello debió de haber sido un gasto rumboso, de esplendidez, de nuevos ricos, tal como nos llegamos a creer. No sé cuántos canarios habrán analizado los subconscientes de aquellas sardinas enlatadas, tristes cadáveres de lo que un día fueron vida, actividad, aunque estimo que de poco impacto emocional, aunque tal vez su mayor gloria haya sido dar su vida para que el Gobierno de Canarias regalara a miles el homenaje al pintor surrealista. Bien es cierto que, incluso, hasta cuando sirvieron de enyesque con algunas perras de vino o unas roniadas tal vez sublimaron culturalmente a quienes participaron de tal oscarizado festín. Y es que, supongo, tambi hubo en los momentos sublimes de las aperturas latiles un maestro de ceremonia, un sabio, un docto especialista que iba explicando -a medida que abría la lata- lo que fueron el Surréalisme de Apollinaire, Gaceta de Arte, e invocaron a los dioses por los también universales tinerfeños Domingo Pérez Minik, Eduardo Westerdahl, Agustín Espinosa, Emeterio Gutiérrez Albelo… y la I Exposición [española] de Arte Surrealista en Santa Cruz de Tenerife (1935).

Y como nunca llueve a gusto de todos, recuerdo que en 2006 fui a Cultura (Gobierno de Canarias) para buscar material no solo del pintor, sino del Surrealismo en Canarias (aunque más preciso sería decir en Tenerife), manifestación de esplendor cultural que universalizó aquella Isla gracias a que sus intelectuales rompieron esquemas ya no insularistas sino, incluso, regionalistas, aunque casi todos fueron víctimas de la represión franquista (condenas a muerte, cárceles, expulsiones de cátedras…). Mis alumnos de 2º de Bachillerato querían hacer una exposición por el Centenario. Lo único que conseguí –y que aun no he abierto- es la lata de sardinas en aceite. ¡Ah!, y la foto de Óscar Domínguez en el precinto. Lata que, por supuesto, no abrí en el aula, no fuera a ser que me acusaran de intromisiones en las interioridades del erótico subconsciente sardinil, a fin de cuentas, surrealismo. Además, ¡ocho sardinas para treintaitantos!...

 

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