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Microrrelatos. La metamorfosis

taidefleitas navarroAnte sí tenía el rostro más hermoso y perfecto con el que jamás había soñado: la mirada almendrada se veía acentuada por el tono azulado del lápiz Elizabeth Arden nº 5, de última temporada, y unas pestañas interminables a las que había contribuido la máscara de Bobi Brown resistente al agua, de reciente adquisición. Un poco más abajo, una nariz perfectamente afilada entre unos pómulos pronunciados de mujer. Polvos de color rosa suave de Lancôme que otorgaban a su rostro un tenue bronceado. Se detuvo unos segundos en sus labios, carnosos, de color rojo granate. Rouge nº 12 de Mac, para ser exactos. La mirada se le escapaba, caprichosa, hacia su talón de Aquiles: un canalillo de profundidad insospechada que se hundía entre aquellas dos magníficas erupciones volcánicas a punto de explotar a través de la gasa del vestido, por encima de las cuales caía con gracia la suave melena rubia. Cortesía de don Octavio Méndez, cirujano del Negrín. Sintió la tentación de palparlas, una vez más, mientras luchaba contra la evidencia de su miembro viril.

Se había saltado, aposta, aquel cuello en el que lucía un discreto colgante Swarowsky con forma de trébol. Quería evitar, por encima de todas las cosas, cruzarse con aquella nuez extraviada y sin sentido. Terminó de calzarse unos Manolos de vértigo para volver a recrearse, una vez más, en aquella imagen. Se llevó entonces la mano derecha a los labios, a los pómulos, al cabello, al lóbulo de los orejas, a los pechos de Aquiles... Mientras, la izquierda, la posó sobre el espejo, como queriéndose cerciorar de que aquel reflejo le pertenecía.

Escuchó entonces que la llamaban por su nombre artístico desde el backstage, -¿Kafka?-

Despegó la mano izquierda del espejo para llevarla hasta la cuchilla que yacía, en un segundo plano, sobre el tocador. La acercó lentamente al cuello, justo por encima del fruto de Adán. Un único corte serviría para completar la metamorfosis, aunque solo pudiera disfrutar de ella durante los efímeros segundos que tardara la vida en esfumársele de las manos.

- ¡Kafka!- insistió la voz, mientras el ligero taconeo de los Manolos avanzaba hacia el escenario. Una espontánea ovación rompió el silencio, justo antes de que los gritos horrorizados sobrecogieran la sala.

1 comentario

  • Josefa Molina
    Josefa Molina Lunes, 28 Septiembre 2015 08:22 Enlace al Comentario

    Muy bien escrito¡¡ Un relato corto pero con mucho contenido. Felicidades a la autora¡

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