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Microrrelato: 23.725 días

Josefa MolinaSe sentó en el borde. No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez estaba casi seguro de iba a ser la última. Contempló el paisaje. Siempre le había resultado apabullante la contemplación de sucesivas hileras de montañas y acantilados. Cuando la vida le asfixiaba, le gustaba sentarse allí, dejando sus pies colgando por encima de las rocas mientras observaba el rítmico romper de las olas contra las piedras. Sería hermoso dejarse caer ladera abajo. Tan sólo un instante, apenas unos segundos para pensar y estaría zambullido en el mar, acunado por las olas....

Aquel podría ser un buen día. Era su cumpleaños y como siempre, no tenía con quién celebrarlo. La ocasión perfecta: el fin de un conjunto de días, meses y años que había tenido su inicio sesenta y cinco años atrás y que bien podrían culminar bajo aquel sol de otoño que se ocultaba tras el horizonte.

El ciclo se cerraría sin más, y a nadie le iba a importar. Una persona más o menos sobre la faz de la tierra....¡qué más daría!. Durante sus 23.725 días de existencia no significó nunca mucho para nadie. Al menos con este fin, podría ser una noticia breve en cualquier diario digital. Desde luego que eso ya no le iba a importar al marcharse pero siempre enorgullece saber que eres el protagonista de cinco minutos de gloria.

Y, sin duda, sería hermoso ser mecido por el oleaje, convertirse en comida para los peces y los cangrejos....al menos así su cuerpo tendría utilidad para algún ser vivo.

Cerró los ojos. Se dejó acariciar por un viento que, a medida que se ocultaba el sol, resultaba cada vez más frío y cortante. Ahora. Debe de ser ahora. Este es el día y el lugar.

Esa noche, los cangrejos celebraron su cumpleaños saciados de carne.

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