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Microrrelato: Era navidad

puerta blanca lisaEra navidad. Al menos eso era lo único que recordaba... era navidad. En su mente sólo existía la absoluta sensación de que era navidad pero nada más, ningún otro dato le permitía saber ni tan siquiera quién era él, qué hacía allí y cómo había llegado a aquel extraño dormitorio blanco, limpio y ordenado, que carecía de todo rastro de recuerdo personal. En una esquina del blanco techo, una rejilla de ventilación gemía muda su impávido y gélido aliento de frío artificial. Con una cruel y eterna constancia mantenía en cruel y azarosa danza a una serpentina, también blanca, de celofán de seguridad que esclavizada, bajo el látigo invisible de una energía invisible, se contoneaba como una Sherezade contemporánea al compás de una expiración infinita y ajena a toda inspiración previa. Él sentado en una cama impoluta y recién hecha. En frente suyo una puerta blanca, chapada con una lámina de hierro gruesa, empotrada en su marco como si fuese una caja fuerte. Tras de ella, tan sólo se advertían a reconocer unos rumores extraños vagos e imprecisos, a veces de cuchicheos ininteligibles, otras veces, a ráfagas caprichosas, una especie de chirridos que bien podrían ser de bisagras herrumbrosas o de gemidos de bocas apretadas y atrapadas por un rictus contenido de dolor espasmódico. ¿Cuándo se había mudado a esa casa para que tras la puerta de su dormitorio no pudiese reconocer la voz de su familia? Esa familia que tanto quería haber tenido y de la que ahora no podía recordar cómo eran sus rostros, sus voces, sus olores. A más que rebuscaba entre los cajones desordenados y repletos de cachivaches, obsoletos y absurdos de su memoria, no lograba más que sentir el abatimiento del que se agota tras una búsqueda infructuosa.

Pero nada de eso importaba si era Navidad, y eso no se atrevería a dudarlo, pues, de no serlo quedaría ante el desamparo absoluto de hallarse perdido totalmente y estar en realidad postrado ante un vértigo de desorientación tan inmenso que le anularía con la misma facilidad con la que un escupitajo se estira en espiral, girando vertiginoso sobre un agua limpia ante la potencia absoluta de un desagüe que lo succiona todo con la crueldad ignota de un agujero negro. Por ello, para no caer también en sus famosos ataques de pánico insistía mentalmente en silencio: "No, no, ¡tiene que ser Navidad!". Por alguna razón inescrutable sentía que era Navidad. Podía paladear el regusto brumoso pero familiar que indudablemente impregnaba todo su ser tal como en las épocas de Navidad, como cuando aún niño, la Navidad era sinónimo de vacaciones escolares, de dormir las mañanas sin prisas y de adornos y dulces típicos. Esa tibia seguridad infantil que aún no se había despellejado, caduca y seca, en esa otra sensación, adquirida en la madurez, de una penetrante angustia mezcla de soledad y desazón. Pero ahora era Navidad tal como cuando era niño. Se miró las manos y no vio las de un niño si no una piel arrugada y moteada de manchas marrones oscuras que, vocingleras, lanzaban pistas sobre una edad madura ya sobrepasada. ¿Cuándo habían dejado de ser infantiles? Tan solo ayer parecían serlo y ahora... esas manchas marrones, esas venas surcando como cordilleras el dorso de su mano, ese ligero temblor indomeñable...¿Cuándo sucedió semejante hecatombe en aquel cuerpo que ahora no ya admitía como suyo?, ¿dónde estuvo ausente tanto años de sí mismo para encontrarse, de repente, en aquella gélida e insípida habitación?, ¿quién había insertado en su cabeza semejante paréntesis de vacío absoluto entre su más tierna infancia y esa decrepitud actual tan extraña y exasperante?.

Levantó la vista buscando un calendario, un reloj, un espejo...pero todo elemento cotidiano que permitiera orientarse había sido eliminado con la sutileza del ladrón que sustrae sin mover nada de su sitio original. Porque el presente se nutre, como todo insecto volador, libando el néctar de un pasado que impregna y rezuma en cada uno de los objetos que nos rodea, del mismo modo que la mirada, que no reconoce su entorno, cae abatida e irresuelta ante la evidencia del abismo de una ceguera casi física. Porque si todo nos recuerda nada...todo es nada. Sin flor no hay néctar, sin néctar no hay trompa libadora....sin pasado, no hay presente. El higienismo de aquella estancia había proscrito viajar, huir de allí, bajo el manto tupido de los recuerdos al amparo de la más oscura de las noches: la de los sueños que narcotizan el presente con el abrazo tierno de los anhelos venideros.

Aun así, era Navidad, sabía que lo era y con eso le bastaba. Era quizá 25 de diciembre y en la radio estarían emitiendo aquellos cantos infantiles tan agudos y monótonos con los que siempre se despertaba, en su cama de niño, con las dos únicas certezas preclaras: que no se haría rico y que no tenía que ir al colegio. Y aunque el dormitorio carecía de radio, flotaba en sus oídos la sintonía de la cantinela infantil pronunciando números y la consabida coletilla del premio: ¡¡cien mil pesetas!!. Era Navidad, no podía dejar de serlo y, por tanto, no había de qué preocuparse. Pronto llegaría la familia esparcida por el territorio nacional a concentrarse en un salón atiborrado de calefacción y comida, con la televisión encendida emitiendo para nadie, insistiendo eso sí, en sobrevolar toda conversación y obligando a ésta a convertirse en una agotadora tensión por escuchar y hacerse entender. Sí, era Navidad y pronto habría que ducharse y acicalarse para la ocasión con el traje más formal y elegante pero también más incómodo de soportar y sobre el cual siempre pendía la amenaza de arrastrar la pena de una mancha indeleble. Siempre había sido así, y en esta ocasión también lo sería, porque era Navidad. ¿Acaso no lo era?....de repente abrieron la blanca puerta chapada con una lámina de metal también blanca, y surgió una persona que dijo: "ya es la hora". Él la miró con desconcierto y desasosiego, pero como era Navidad terminó por levantarse de su camastro donde se hallaba sentado divagando, y lo siguió. Si era Navidad nada importaba. Cuando unas manos rudas y fuertes le asieron con violencia a la altura del codo, le dio por pensar... ¿era navidad, verdad?

1 comentario

  • Josefa Molina
    Josefa Molina Jueves, 15 Octubre 2015 08:19 Enlace al Comentario

    Genial relato. Describe a la perfección la angustia y el delirio de una persona. Me encanta¡¡

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