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Microrrelato. "Puente de Silva"

Josefa MolinaHacía años que no la había vuelto a ver. De hecho, recordaba que la última vez que la vio fue en una romería en la que compartió carro con un grupo de amigos en las fiestas de su pueblo. El tiempo transcurrido no impidió que la reconociera a la perfección cuando la vio sentada en la parada de la guagua. Sí, era cierto que tenía la piel más pálida y una mirada bastante más fría, pero sin duda ella era. Por eso paró el coche y se ofreció a llevarla. Al fin y al cabo se conocían de casi toda la vida. Ella le agradeció el gesto y se subió al coche murmurando desconocer lo que tardaría la próxima guagua en llegar. Él le contestó con un gesto que hacía tiempo que no sabía nada del transporte público. Durante el trayecto, se mostraron correctos. Ella le contó un poco de su vida, sus proyectos, sus idas y venidas por aquella carretera del norte siempre tan cargada de tráfico, y él le relató que trabajaba en el Edificio de Usos Múltiples en la capital desde hacía dos años, después de haber estado diez fuera del pueblo, por eso se alegró tanto de reconocerla en la parada de la guagua. Hacía mucho que no sabía nada del grupo de amigos de aquella última romería. La vida, sentenció ella mientras le observaba con atención. El sintió frío cuando sus miradas se cruzaron.

A la altura del puente de Silva ella le pidió que parara el coche, se encontraba mareada, necesitaba salir de inmediato, coger un poco de aire. El detuvo el vehículo no fuera a dejarle un bonito vómito de regalo en su flamante y recién comprado coche. Al bajarse, comenzó a caminar de un lado para otro por la orilla de la carretera mientras él le indicaba que tuviera cuidado, porque aunque fueran cerca de las seis de la mañana había ya mucho tráfico en la vía.

Se hacía tarde y tenía que llegar puntual al trabajo ese día más que nunca, una reunión importante, se excusó él mientras ella asentía comprensiva y le indicaba que se marchara, que ya pasaría la guagua y la cogería cuando se sintiera menos mareada. A él no le gustó dejarla allí, en aquella oscuridad y con aquella humedad, pero ella insistió y le despidió con una sonrisa y una hasta luego, ya nos veremos por el pueblo. La última vez que la vio a través del espejo retrovisor del coche le pareció que comenzaba a caminar hacia el centro del puente de Silva. Él pensó que paseaba buscando algo de fresco en la cara.

Al llegar a casa, le preguntó a su madre por la familia de la chica, quien le contó que qué desgracia la muerte de la muchacha, tan joven, tan vital, con tanto futuro por delante....un accidente de tráfico, malditos coches, a la altura del puente de Silva hacía ahora, ¿cuánto?, ah, sí, cinco años. La mujer enmudeció al ver en los ojos de su hijo el terror reflejado. Nunca supo el motivo. Y él comenzó a ir en guagua al trabajo.

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