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Microrrelato. "2+2=?" (Segunda parte)

GQB2015Mientras estos seguían con sus carantoñas, Huxley continuó observando el informe, pasando páginas a golpe de pestañeo (el concepto de pasar páginas se había convertido en una forma de hablar; hacía más de cincuenta años que no se editaba un libro y tanto estos como las imprentas habían pasado a ser piezas de museo para coleccionistas y nostálgicos), comprobando que todo estaba en orden. Al llegar a los marcadores psicológicos se detuvo. Si había alguna parte que realmente detestaba, era aquella.

—Respecto a su salud psicocognitiva...

—¿Nuestro hijo va a perder el juicio? —preguntó la madre con un brillo de preocupación en los ojos.

—No, por favor —dijo Huxley esbozando una sonrisa tranquilizadora y negando con las manos—. Como ya sabrán —aunque estaba seguro de que no lo sabían— los marcadores referentes a la psique son menos certeros, nada que ver con los físicos. El cerebro, en ciertos aspectos, continúa siendo un misterio para nosotros, una cuenta pendiente. Tan maleable, tan condicionado por el aprendizaje, el ambiente y las experiencias. No podemos predecir con tanta exactitud.

—¿Entonces?

—Entonces lo que tenemos son indicios. Cada vez más fiables, cierto, pero indicios al fin y al cabo.

—¿Y qué dicen esos indicios respecto a nuestro hijo?

Huxley dudó un instante, incómodo. A pesar de su dilatada experiencia, nunca había manejado bien estas situaciones. Finalmente decidió ir al grano. No tenía ningún sentido andarse por las ramas.

—Pedofilia.

—¿¡Cómo!? —exclamaron padre y madre a la vez.

—No se alarmen, por favor.

Demasiado tarde. La señora Rodríguez enterró la cabeza entre las manos, mientras su marido le pasaba un brazo por encima tratando de tranquilizarla. El hombre parecía más sereno, aunque no salía de su asombro. Huxley pensó que igual se había equivocado al enfocar el asunto

—No se alarmen, por favor —repitió—. Como les he dicho son conjeturas que...

—¿Que no me alarme? —Interrumpió la madre levantando la voz—. Me está diciendo que mi hijo se convertirá en un pervertido, ¿y quiere que no me alarme?

—Cariño, deja hablar al doctor, por favor.

—Haga caso a su marido, señora Rodríguez —dijo Huxley endureciendo el tono. No podía permitir que la situación se le fuera de las manos y que aquella mocosa se le subiera a las barbas. Se levantó de la silla y apoyo las manos sobre la mesa; su metro noventa y cinco y casi cien kilos se hicieron patentes de pronto. Posó sus ojos sobre los de la mujer y le habló vocalizando cada sílaba. —Cálmese.

El efecto fue inmediato. La mujer pareció menguar repentinamente y sus sollozos empezaron a espaciarse. Cuando por fin se hubo tranquilizado, Huxley se sentó y retomó su discurso exactamente donde lo había dejado, con un tono de voz nuevamente instructivo, casi amable.

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