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Microrrelato: "Hasta el fin de los días"

Josefa MolinaSabía que algo raro iba a pasar. Lo presentía. Desde que abrí la puerta de la casa, lo supe. Era una sensación, un no sé qué extraño que de pronto me asaltó nada más cruzar el umbral. Esa sensación de que algo no iba bien. Si nos hubiéramos quedado en la plaza como te dije...pero tú no, tú querías regresar temprano a casa a pesar de que era una soleada tarde de julio y de estar en fiestas en el pueblo. No me hiciste caso y no lo entendí pero no me apetecía discutir contigo. Llevábamos ya unos días en los que todo eran puras discusiones. El bebé no dejaba de llorar, yo estaba agotada y no quería seguir discutiendo, así que me callé. Y justo instantes antes de cruzar el umbral de la puerta, lo supe. Fue como si una voz me susurrara al oído, no entres, no cruces. Yo tampoco hice caso.

Fue en la calle Santiago, ¡la maldita calle Santiago! ¿Por qué te empeñaste en vivir en pleno centro del pueblo? Sabías de sobra que yo detestaba el ruido de los coches, el trajín del mercadillo de cada jueves... También tiene sus ventajas, argumentaste, todo queda cerca, la iglesia, el parque para pasear al niño, los bancos, el colegio... Sí, todo eran ventajas, todo excepto las eternas reformas que no finalizaban, la insistente idea tuya de comprar una casa antigua y reformarla a nuestro gusto. ¿Quién iba a pensar que el techo cedería?, ¿quién iba a saber que todo se vendría abajo justo encima de mí?...

¿Cómo está el niño? ¿Por qué nunca me visita? No quiero que se olvide de mí, ¿me escuchas? No quiero morir para él. ¿Me estás escuchando? ¿Oyes mi voz? Nunca me miras cuando te hablo... Dime, ¿por qué todo aquí es tan frío, tan silencioso, tan gris?...

¿Qué haces? No hagas eso, por favor. No soporto verte llorar.... No te preocupes por mí. Aquí estoy bien. Solo que, a veces, me siento tan profundamente sola... Aunque, ¿sabes?, adoro el olor a flores. Tú sabes cuánto me gustan las flores, especialmente las rosas blancas, por eso agradezco tanto tus visitas porque nunca olvidas traerme rosas blancas.

Pero, ¿ya te vas? Ah, el niño. Entiendo. Cuida de él. Y mírame, por favor, mírame a los ojos antes de irte. Estoy aquí. Te esperaré. No tardes en volver.

Con lágrimas en los ojos, el joven posó su mano sobre la foto de la muchacha y acarició aquel rostro tan joven y tan lleno de vida que lo miraba desde el plateado marco encastrado en la blanca lápida. Al rozar la imagen con sus dedos sintió un extraño escalofrío que le subió por la espalda y casi le pareció escuchar la voz de su joven esposa llamándolo desde detrás del bloque de granito. Sobre él unas palabras esculpidas rezaban Claudia R. A. 1976-2002. Tu esposo e hijo te querremos siempre, hasta el fin de nuestros días.

El joven miró una vez más el rostro de la foto antes de abrocharse la chaqueta para resguardarse del viento gélido que comenzaba a soplar en el cementerio de San Isidro. Luego, se dió la vuelta en dirección a la salida justo en el momento en que una lágrima solitaria descendía por la foto y caía triste sobre el suelo de cemento gris del camposanto.

Junto al hombre, otros visitantes caminaban hacia la puerta de salida mientras que, poco a poco, un sepulcral silencio se apoderaba de los viejos jarrones de cristal cubiertos de flores mustias y recorría las solitarias hileras de nichos donde miles de almas aguardaban la llegada de otro nuevo día de visita con paciencia eterna, hasta el fin de los días.

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