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Microrrelato: "Cuando la edad no importa"

Quico EspinoA ella le gustó nada más verlo, joven y atractivo, el día que empezó el curso. Un tocinito de cielo digno de ser degustado, pensó, mirándolo contemplativamente mientras él se presentaba como flamante profesor de Música. Ella era la jefe de ese departamento y, como tal, le correspondía enseñarle las dependencias donde guardaban el material, momento que aprovechó para empezar a desplegar sus artes de seducción. Le parecía un sueño poderlo conquistar, pero quería intentarlo. Sutilmente, con estilo, con la elegancia y simpatía que la caracterizaban, se ofreció a ayudarle; le dijo que contara con ella en todo momento y, de vuelta por los pasillos, lo invitó a un café en la Sala de Profesores.

Él se sorprendió del trato de aquella mujer tan agradable. No era muy guapa, y debía andar por los cuarenta , pensó, pero estaba de buen ver y era garbosa al vestir. Su sorpresa fue en aumento, día tras día, cuando, en el instituto, la oyó cantar, tocar el piano, contar anécdotas a sus compañeros, siempre de buen humor. Transmitía buenas vibraciones, le hacía reír, y una mañana, ya en confianza, le preguntó que cómo una mujer tan bien dotada como ella permanecía soltera.

-Nunca he querido emparejarme. El dúo rompe la unidad, y se pierde la independencia. No me importaría tener una relación sentimental con alguien, pero cada cual en su casa. Tampoco me atrae la idea de ser madre. Me encantan los niños, pero tener hijos sería una esclavitud para mí.

Ella había estado aguardando a que fuera él quien rompiera el hielo que cubría las intimidades para dar un paso que consideraba decisivo.

-¿Qué te parece un almuerzo en la playa?

-¡Me encanta el mar! –contestó él, sonriente, pensando que una relación sentimental como la que ella planteaba podría ser más interesante que la tradicional, puesto que sería mayor el grado de libertad de la pareja.

Sorpresa tras sorpresa, la situación se le hizo más sugestiva al ver que su amiga no lo llevaba a un restaurante, sino a su casa, frente al mar, con una pequeña terraza que flotaba sobre el acantilado.

Embelesado de entrada por las olas rompiendo contra el risco, se volvió luego hacia su anfitriona y la contempló. La energía que desplegaba, la naturalidad con la que actuaba, cantando mientras preparaba el almuerzo, lo sedujeron irremisiblemente y, por primera vez, la miró sin pensar en la diferencia de edad que había entre ellos. Sólo vio a una mujer encantadora que merecía ser amada.

Y ella, advirtiendo la hermosa mirada que él le dirigía, dio gracias a los cielos y a la vida por permitir que se cumpliera su sueño.

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