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Microrrelato. "2+2=?" (Cuarta parte)

GQB2015—¿Y de qué medidas estaríamos hablando?

—Preventivas, anticipatorias. Al llegar a la pubertad su hijo tendrá que someterse a una serie de pruebas. Todas indoloras e inofensivas, por supuesto. En una de ellas le mostraremos una serie de imágenes y monitorizaremos sus respuestas mediante escáneres cerebrales para saber lo que ocurre ahí dentro.

—Imágenes... ¿qué imágenes? —la inflexión de voz al entonar la pregunta revelaba cierta inquietud en el señor Rodríguez.

—Observará cuerpos desnudos de niños mucho más pequeños que él, chicos de su edad y también imágenes de adultos, estos últimos en plena actividad sexual. Todas en formato de realidad 3D. —Huxley observó cómo la pareja tragaba saliva al unísono—. Entonces veremos cómo reacciona, analizaremos los datos y sacaremos conclusiones sobre la posibilidad de que esa predisposición se materialice en algo más... desagradable.

—Pero usted acaba de decir que el cerebro sigue siendo un misterio, doctor. ¿Son fiables esas pruebas?

—Lo suficiente. Cuando hablaba de la dificultad de predecir, me refería a hacerlo ahora, en el minuto uno. A medida que avanza el partido —a Huxley le gustó el símil deportivo y decidió continuar con él— podemos aventurar con más seguridad cuál será el resultado y quiénes serán los jugadores estrella. En estas edades muchos aspectos de la personalidad están casi —remarcó esta palabra a propósito— afianzados y los escáneres nos permiten observar el cerebro con lupa. Si descubriésemos que su hijo siente atracción sexual hacia los niños...

—Virgen santísima, se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo... —dijo la señora Rodríguez haciendo el signo de la cruz sobre su pecho.

El doctor tuvo que hace un esfuerzo titánico por no reírse. Aquella broma sí tenía gracia, y mucha. Vírgenes y santos... Aunque dios había sido barrido del imaginario colectivo de los élite hacía casi cien años, algunos tics y expresiones permanecían latentes aun cuando quien las realizaba no tenía ni idea de qué significaban realmente.

Sin embargo, el todopoderoso había logrado un último golpe de efecto antes de desaparecer, aliándose para ello con la ética, la moral y todas las corrientes filosóficas que tanto habían denostado sus feligreses siglos atrás. La modificación genética estaba absolutamente prohibida. El hombre no podía ocupar el lugar del dios desterrado y mejorar la especie, eliminando taras o añadiendo ventajas a voluntad. Eso correspondía al destino, a la sacrosanta evolución natural de las cosas. El razonamiento chocaba frontalmente con el estilo de vida que llevaban los élite una vez abandonaban el vientre materno, ya que el trato que estos dispensaban al mundo se podía considerar de todo menos natural. El consumo exacerbado de materias primeras y recursos naturales había continuado su escalada, y si en el siglo XXI se calculaba que harían falta los recursos de cuatro planetas Tierra para que los países en vías de desarrollo alcanzaran cotas de bienestar similares a las de los ciudadanos del primer mundo, a finales del siglo XXII el cálculo era de casi el doble... en el caso de que los proles hubiesen tenido esa aspiración.

Ahí había estado la clave de todo, en cercenar aquellas viejas pretensiones. No se había redistribuido la riqueza, se había concentrado aún más. Los proles ya no vivían, sobrevivían, y la mayoría entendía que ese era el orden natural de las cosas y que no se podía cambiar. Su papel en el mundo se reducía a ser mano de obra barata y consumidores en masa de los productos que los élite fabricaban para ellos. Hasta su número estaba controlado de manera subrepticia: a través de incentivos o penalizaciones a la natalidad, se aseguraba una correcta tasa de reposición que evitaba el envejecimiento de la población proleo su drástica disminución por culpa de alguna pandemia inesperada; incluso se rumoreaba que los sectores más liberales de los élite abogarían en breve por purgas selectivas de aquellos individuos "no provechosos" (improductivos y no consumistas), pero que la propuesta aún no se había puesto sobre la mesa por falta de medios. No, aquello no era natural, concluyó Huxley. No obstante, era relativamente fácil vivir con la hipocresía propia mientras las cosas marcharan tan bien.

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