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Microrrelato: "De la muerte a la vida"

quicoespino2016Ella pensaba que le habían echado una maldición al nacer, y que de ahí radicaban todos sus males. Para empezar, irónicamente, le habían puesto un nombre que se contradecía por completo con la infame vida que llevaba. Benedicta la bautizaron, Bene le decían y, si cabe más recochineo, sus hermanos la mortificaban llamándola "Peneadicta" o Pene.

-¡Hijos de puta, cabrones! –protestaba ella, tirándoles tomates o pepinos, la comida del ganado que cuidaban–. ¡Pene adicta yo, cuando aún no sé lo que es un hombre!

-¡Difícil lo tienes, hermana! –le soltaban ellos -palabras como lanzas- con el tacto del que carecían–. Tú te quedas para vestir santos.

Terminó creyéndose los vaticinios de sus hermanos. Ya había asumido otras muchas sentencias, resultantes de los juicios de su familia: su padre le prohibía ordeñar las cabras porque sus manos aguaban la leche; su madre la obligaba a alejarse de ella mientras hacía quesos porque malograba el cuajo; sus tías, cuando estaban embarazadas, eludían su presencia, ¡no querían ni que las mirara!, porque le hacía mal de ojo al feto...

Y, por supuesto, los hombres ni se acercaban. A nadie le atraía una mujer como aquella, una potranca, bruta como un arado, y encima con la suerte en contra.

-Eres tan gafe que si te sientas en un pajar, seguro que te clavas la aguja –le dijo uno de sus hermanos, haciéndose el gracioso ante el resto de la familia. Y a todos les resultó muy divertido que ella se afligiera y se marchara del comedor.

Harta de su vida, incapaz de seguir soportando aquella execrable existencia, Benedicta decidió acabar con todo y tiró sus treinta años al mar desde el risco más alto del acantilado.

Por azar, desde la popa de un velero que navegaba cercano a la costa, a través de un catalejo, el capitán vio caer el cuerpo al agua. Sin dudarlo dirigió el barco hacia allí, y mientras se aproximaba, como un relámpago que le vino al sentido, recordó el sueño que había tenido la noche anterior: él salvaba de ahogarse a una mujer de la cual se enamoraba a primera vista.

Pocos minutos después, milagrosamente, Benedicta recobró el sentido y se encontró, cara a cara, frente a un hombre grande y fuerte, una especie de vikingo, que le estaba dando besos y que la miró con ternura cuando sus ojos se encontraron. Esto debe ser el cielo, pensó.

-¿Te encuentras bien? –le preguntó aquel dios escandinavo, cogiéndola en brazos con delicadeza y llevándola al camarote.– Espero que no te moleste que te haya hecho el boca a boca.

Una sonrisa nueva surgió en su mirada cuando se dio cuenta de la realidad. Le dolía todo el cuerpo y tenía mucho frío, pero estaba encantada.

-Me encuentro en la gloria –contestó, embriagada por el calor del único hombre que la había abrazado, antes de que él la depositara en una cama y la arropara con mimo, mirándola como nunca nadie la había mirado. Luego, sin terminar de creerse lo que estaba sucediendo, riéndose por primera vez de sí misma y de todo su pasado, añadió : "Quise entregarme al abrazo de la muerte y, gracias a ti, he nacido por fin a la vida. ¡Curiosa la suerte mía!"

Y, como colofón a sus palabras, una hermosa expresión de felicidad, también nueva, se reflejó en su cara, embelleciéndola, y conquistando por completo al ya prendado capitán, el cual, inducido por un amor insospechado, la abrazó y la besó como los novios que ella había visto en las películas.

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