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Microrrelato: "Let it be"

taidefleitas navarroLulú había nacido con el don de la inoportunidad. Llegó al mundo poco después de la disolución de los Beatles, mientras que el descubrimiento de la lentilla que impide la progresión de la miopía la había cogido ya más bien cerca de la presbicia. Solía enfermar justamente los días festivos o aquellos en los que en la puerta de la oficina colgaba un cartel que rezaba: "Cerrado por fumigación". Había llegado demasiado tarde a la vida de los pocos hombres que le interesaban y demasiado temprano a la de los mosquitos y demás seres invertebrados que la pululaban. Precisamente, las pocas noches de viernes en las que decidía quedarse en casa solían ser las que más daban de que hablar al día siguiente en Facebook. Si se decantaba por el helado de chocolate, casi siempre acababa derritiéndose ante la pinta que tenía el de vainilla que, además, según se enteraba luego, estaba en oferta. Los libros de autoayuda la instaban a no perder la sonrisa y a esperar con paciencia el momento oportuno en que los astros se alinearan a su favor, a que el viento dejara de soplarle en contra y la llevara a algún lugar donde las cosas, casi como por arte de magia, cobraran sentido. Aquel momento mágico, le aseguraban las páginas de todos aquellos libros que tanto parecían saber sobre el karma y la justicia divina, le llegaría tarde o temprano, como le había llegado ya a millones de lectores que habían sido pacientes y optimistas. Pero Lulú, en el fondo de su ser, no podía evitar sentir piedad por aquel pobre momento que estaba abocado a cargar con el peso y la responsabilidad de toda su mísera vida y de sus aleatorias decisiones. Lo imaginaba tan chiquitito, insignificante y fugaz que, sin más, se apiadó de él y le dejó ser. En un momento cualquiera de cualquier noche, decidió que dejaría de soñarlo y le dejaría ser imperfecto, inesperado, inoportuno y todo lo in que quisiera; porque allí estaría ella, aun con la mirada apuntando a las estrellas, pero con los pies firmemente anclados sobre la tierra, para acogerle con los brazos abiertos, amortiguándole la caída y evitando así que se estampara con la realidad.

Aquella noche, volvió a escuchar Let it be, esta vez sin lamentaciones, más bien agradecida porque el Ipod había sido uno de esos inventos que sí habían llegado en el momento oportuno a su vida y, porque para utilizarlo, afortunadamente, le bastaba con ver bien de cerca.

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