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Microrrelato: "Del rosa al amarillo"

quicoespino2016Javier presenció el nacimiento de su primer hijo el mismo día que vio morir a su padre.

-Nada perdura. El mundo seguirá girando igual sin mí. Yo no he sido mas que una mota de polvo. Polvo agradecido, hijo mío, porque la vida es un don maravilloso. Y lo que más agradezco es tenerte aquí conmigo –fueron las últimas palabras del padre, apagada la voz, y luego sus ojos se quedaron quietos, mirando dulcemente a su hijo.

Horas más tarde, en el duelo, la mujer de Javier, que aún no estaba cumplida, empezó a sentir fuertes contracciones y, ante el asombro de los presentes, rompió aguas mientras, entre jadeos, decía tener la impresión de que iba a parir allí mismo.

Desconcertado, Javier llamó a una ambulancia; acto seguido, ante la inminencia del acontecimiento, pidió ayuda a los allegados para atender a su esposa. Mujeres y hombres se despojaron de sus abrigos y los tendieron en el suelo, improvisando una cama con almohadas, y, nada más acomodarla en la posición adecuada, a la parturienta se le acentuaron las convulsiones; después suspiró profundamente y, casi sin esfuerzos, ni gritos, dio a luz a un hermoso niño que cogió resuello en las manos de su padre.

La madre era atendida por varias mujeres cuando llegó la ambulancia. Con el recién nacido en brazos, poco antes de partir hacia el Materno, Javier dirigió la mirada hacia la sala donde descansaba el cadáver de su padre. Se acercó y abrió la mirilla para verle la cara: el amarillo cetrino de la piel no le restaba dulzura a la expresión que se le había fijado. Luego miró al bebé, una criatura preciosa de tez rosada, y un choque de sensaciones hizo que se le saltaran las lágrimas: la amarga tristeza por la pérdida de su querido progenitor, cuya sonrisa de despedida se le quedaría grabada para siempre, y la dicha inmensa que le producía sentir junto a su pecho los latidos del corazón de su hijo, que acababa de saludar al mundo.

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