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Microrrelato. "2+2=?" (Quinta y última parte)

GQB2015El doctor dejó sus reflexiones a un lado y se concentró en la "piadosa" mujer. Decidió apaciguar sus miedos una vez más.

—Señora Rodríguez, que no cunda el pánico. Contamos con los mejores psicólogos, psiquiatras y educadores en el caso de que los peores presagios se cumpliesen. Su hijo comenzaría una re-educación conductual con el fin de evitar la puesta en práctica de sus impulsos más primarios. Ahora mismo, para el caso de la pedofilia y la pederastia, contamos con una tasa de éxito del ochenta y siete por ciento. No es descabellado pensar que en quince años la hayamos aumentado por encima del noventa.

—Pero, sea como sea, esa información constará en su chip subcutáneo, ¿verdad? —Preguntó el señor Rodríguez.

—Por supuesto. Y ambos saben que no es negociable. Tanto MegaCorp como sus equivalentes en América y Asia establecieron la obligatoriedad del chip hace ya tiempo. "Nuestra información es su información, nuestro bienestar, su bienestar" —parafraseó Huxley—. No podemos ocultarles nada.

—Cierto, cierto... Pero no me agrada la idea de que mi hijo pueda ser señalado o excluido por algo así. Merece lo mejor.

—Y lo tendrá —concluyó Huxley poniéndose en pie. Aquella conversación comenzaba a aburrirle—. Todo su esfuerzo (y más importante, su fortuna) estará orientado a ese fin, por lo que no tienen que preocuparse. Los tres serán muy felices. Están prácticamente destinados a serlo.

La pareja sonrío ante esta perspectiva de futuro, levantándose también de sus asientos y dándole la mano al doctor, agradeciéndole sus palabras.

—La enfermera García les acompañará a la salida. No duden en ponerse en contacto con el hospital ante cualquier duda, del tipo que sea. Muy buenas tardes.

La puerta del despacho se abrió y la enfermera (alta, morena, delgada, hermosa) hizo un ademán al señor y la señora Rodríguez para que la siguieran. Los jóvenes abandonaron el despacho de la mano, aún sonrientes.

Huxley se giró y observó la ciudad que se extendía a sus pies, treinta y cuatro pisos más abajo, hasta perderse en el horizonte. Un organismo de cemento, hormigón, asfalto, cables y electricidad que cobijaba a millones de personas y funcionaba como un engranaje perfecto... salvo por algunos desajustes. Allí a lo lejos, donde apenas alcanzaba la vista, se distinguía una pequeña nube de humo. Disturbios. Cada vez más frecuentes pero aún despreciables y fáciles de sofocar. Proles... ¿cuánto tardarían en hacerse con todo si se lo propusiesen? ¿Un día? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año? Pensó en la pareja que acababa de abandonar su despacho y se dio cuenta de que serían incapaces de defenderse, de que eran unos pusilánimes protegidos únicamente por una cantidad ingente de dinero. O, más bien, por una cantidad de dinero que se protegía a sí misma, lo cual proporcionaba mayor sensación de seguridad. La riqueza, incluso como entidad sin consciencia propia, quería seguir siendo, su único fin era perpetuarse y crecer y crecer. Los proles jamás romperían ese círculo, jamás se levantarían en masa. Aun cuando se los pisoteara, serían incapaces de luchar por un bien común o una causa elevada. Eran demasiados, eran indisciplinados y, lo más importante de todo: eran fáciles de corromper. La codicia y el ansia de poder estaban fuertemente arraigadas en ellos, al igual que en los élite, con la salvedad de que estos últimos sabían cómo usar esa debilidad en beneficio propio, sabían trocarla en virtud para aplastar al enemigo.

A ratos Huxley detestaba ese orden de las cosas, era consciente de la maldad intrínseca que hacía girar el mundo y deseaba en secreto que aquella humareda se extendiera por la ciudad hasta arrasarlo todo. Fantaseaba con la posibilidad de enrolarse en un grupo rebelde de proles, contarles lo que sabía y ellos ignoraban; tal vez convertirse en un topo y dinamitar el sistema desde dentro. Pero estos sentimientos no le duraban más de unos minutos. Pensaba en las consecuencias que podían tener sus acciones a pequeña y gran escala, a corto y largo plazo: arresto, pérdida de empleo, represalias, muerte de inocentes... e incluso su propia muerte. Entonces el ímpetu pasaba y volvía a sentar la cabeza, a sentirse bien por ser quien era y estar donde estaba. Al fin y al cabo, esa era su tara: "Trastorno negativista desafiante", le habían diagnosticado al nacer. Una trastorno menor, fácil de encauzar. Todo estaba bajo control y lo seguiría estando, se dijo. Los de abajo seguirían abajo y los de arriba seguirían, bueno, en el piso treinta y cuatro. Por los siglos de los siglos.

—Amén —dijo en voz alta y burlona mientras se santiguaba y observaba el humo que, allá en el horizonte, desaparecía como si nunca hubiese existido.

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