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Microrrelato. "Sembrando vientos"

quicoespino2016Aurora estaba sentada en un banco de la plaza, azocado por varios árboles, cuando oyó las voces de dos amigas suyas que acababan de salir de la iglesia. Sólo las separaban los troncos macizos de las araucarias, que no impedían que se escuchara la conversación.

-... Y no me gusta lo descarada que es vistiendo. Me parece vulgar.

-¡Por favor, Teresa! Yo creo que es un estilo moderno.

-Mira, Eulalia, a mí esas modernidades no me van, y me parece cosa de mujeres ruines, como es el caso de Aurora.

Se quedó de piedra. Su amiga, la que ella consideraba como tal hasta ahora, la había llamado mujer ruin, que era lo mismo que decirle puta. ¡Qué falsa!

Recuperándose del estupor, Aurora, que era muy temperamental, suspiró profundamente y sintió el impulso repentino de encararse con aquella hipócrita: "¿Puta yo? ¡Puta tú! ¡Puta tu madre! ¡Puta tu abuela y tu tía! ¿Qué más quieres que te diga, si eres de la putería?" Pero se contuvo. Consideró que proceder de esa manera sería como rebajarse a la altura de la otra.

No obstante algo tengo que hacer, pensó, y rebuscó en su mente hasta que recordó la letra de otra copla que venía que ni pintada para la ocasión. Decidida, se levantó, y, simulando que andaba de paseo, salió de detrás de los árboles.

-¡Hola, Aurora! ¡Qué casualidad! Precisamente hablábamos de ti. Le estaba diciendo a Eulalia lo bien que vistes, tan moderna siempre.

-Gracias, Teresa. Eres muy amable. Tanto que, para compensarte, me gustaría dedicarte una especie de piropo poético que seguro que te va a gustar.

-¡Ay, sí! ¡Con lo que me encanta a mí una poesía!

-Pues ahí te va: "Con la P, eres pureza. Con la U, eres urbana. Con la T, eres Teresa, y con la A, artesana".

La expresión de aparente alegría que había en el rostro de la piropeada se tornó en otra en la que asomó la vergüenza. Los efluvios se le subieron a la cara.

-¿Te gustó? –le preguntó Aurora, con marcada ironía, mirándola fijamente a la cara–. ¡Pues guárdatelo en la memoria, que es un retrato tuyo! –añadió, antes de dar la vuelta para irse, no sin antes decir adiós a Eulalia. Ésta, complacida, la contempló mientras se alejaba; luego se volvió hacia su abochornada acompañante y le dijo:

-Amiga mía, ya se sabe que quien siembra viento recoge tempestades.

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