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Microrrelato. "Eva se marchó"

Josefa MolinaEva tenía el cuerpo dolorido. Movió el brazo, la muñeca le dolía sobremanera. No tenía conocimientos médicos para afirmarlo pero era muy posible que la tuviera rota. Poco a poco, se incorporó del suelo del salón donde la dejó tirada. Sintió que ya estaba harta de tener miedo. Despacio se asomó al espejo del baño. Temía encontrarse con una imagen distorsionada de su rostro. Pero se equivocó. No estaba distorsionado. Estaba golpeado. De la ceja derecha colgaba un hilillo de sangre seca, el pómulo comenzaba a tomar un color rojizo y su labio estaba hinchado. Le dolía el costado. Se levantó la camiseta que utilizaba para irse a la cama a intentar dormir, eso que no hacía desde hacía años. La piel estaba adquiriendo una tonalidad morada cubriendo con el nuevo color las huellas de un anterior golpe.

Eva decidió que ya no más. Buscó las maletas, las llenó de ropa, recobró de la caja del altillo su título universitario, licenciada en Derecho. Se hizo con la documentación necesaria y las tarjetas de crédito. No tocó las fotografías de las estanterías del salón. Ni las miró. Conservaba veinte años de malos recuerdos en la mente. No quería imágenes de ninguno de ellos.

Esperó a la hora del almuerzo. Los gemelos llegaron del instituto. Uno de los ellos no quería irse. Eva le suplicó, le rogó, incluso pensó amenazarlo y llevárselo por la fuerza. Pero Caín no cedió. Que su hijo no quisiera formar parte de su nueva vida le hería más el alma que los años de cardenales en el cuerpo. No puedes luchar contra la genética de la maldad, le dijo Abel, y ella cerró la puerta sintiendo la traición de la sangre en sus entrañas.

Eva se marchó y no miró atrás. El futuro hay que inventarlo, se recordó a sí misma cuando experimentó el doloroso desgarro de toda una existencia que se diluye a medida que se iba alejando de su pasado. Ahora trabaja en un centro de acogida y arrastra miles de heridas tan oscuras como los más profundos abismos marinos. Poco a poco, ha aprendido a sonreír y, a veces, incluso siente que algo parecido a la felicidad le acaricia el rostro.

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