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Microrrelato. "El deseo"

Aranzazu Mujica AlonsoEl auditorio ha cerrado sus puertas. La sala esta iluminada tan solo por la luz de las velas, y yo, tu única admiradora del momento, sentada en un palco vacío, escucho atentamente dejándome invadir por el suave sonido de tu voz. Aquí estamos tú y yo solas, aisladas del mundo exterior, protegidas por la grata complicidad de éstos silenciosos muros. Tu canto brota de unos labios húmedos y carnosos para elevarse luego por encima de nuestras cabezas y acercarse hasta mí, acariciando mi piel para a continuación susurrarme delicias al oído. Cierro los ojos, para verte mejor, pues solo tu voz colmándome de sensaciones basta para ver tu imagen en mi cabeza. Tan hermosa.

Unas finas estolas doradas envuelven tu cuerpo cubriendo únicamente los senos y el sexo. La tela te atrapa, sinuosa, trazando imposibles nudos, creando maravillosos trenzados, adhiriéndose a tu piel como si de una colosal serpiente se tratara. Pareces una diosa, una escultura radiante de voluptuosas formas, de movimientos casi imperceptibles, de cuyo interior emerge un cántico celestial.

Te deslizas sobre el escenario y tu inmensa melena azabache se agita a cada paso. Lentamente tus felinos ojos me encuentran y me pierdo en ellos, dejándome consumir por el vórtice de esa mirada. De tal forma me he perdido en ti, que no he reparado en la consumación de tu aria. Desciendes por la escalinata del estrado y llegas hasta donde me hallo. Recordé la primera vez que te vi, dos meses atrás. En aquella ocasión el teatro estaba lleno, y yo no pasaba de ser una más entre el público. Ahora me siento privilegiada, pues has cantado solo para mí.

A medida que te acercas me dejo invadir por el aroma a flores y aceites que se desprende de tu cuerpo. Estás aquí, frente a mí y no puedo evitar extender una mano para tocar tu piel. No dices una palabra, no hace falta, tus ojos me descubren que me deseas tanto como yo a ti.

Lentamente acaricio tu rostro y viajo por tus formas liberando los redondos senos del aprisionamiento de la dorada serpiente que los envuelve. Son perfectos, como es de esperar en una diosa, firmes, tibios, los pezones rosados que atraen mis labios hacia ellos y los recorro con mi lengua saboreándolos. Siento tu respiración agitada, tus brazos se dejan caer y a medida que te recorro con mi lengua vas rindiéndote a mí, estás en mi poder. Eres mía al fin. Escucho, degusto, huelo, mis manos se pierden entre la calidez de tus muslos, que se abren sin ofrecer resistencia. Encuentro tu sexo que me aguarda con ansia, y dejas escapar un gemido. Sin embargo, no hago nada, solo te vuelvo a mirar y tus labios mojados y entreabiertos me hablan sin voz, me piden que no cese. Mi deseo no es otro que satisfacerte, quiero verte gozar, quiero que agonices de placer en mis brazos. Lo deseo... lo deseo con todas mis fuerzas...

Suenan las campanas. Son las cuatro de la madrugada, y la hermana Isabel despierta sobresaltada en medio de la oscuridad de su celda. Es la hora del desagravio, y debe ir a la capilla cuanto antes. Se incorpora en su estera. La humedad de su entrepierna la inquieta. Piensa que ha sido el sueño más hermoso que ha tenido en toda su vida, y decide que ésta vez no se confesará ante la priora, y no la obligarán de nuevo a lamer durante horas la tierra del jardín como castigo.

Minutos después, arrodillada frente al Santísimo Sacramento, la hermana Isabel comienza sus oraciones, que la mantendrán ocupada durante doce horas postrada sobre la fría piedra. A lo lejos, desde alguna solitaria celda, emerge un cántico que se acerca hasta ella... es su regalo, y es solo para ella.

La hermana Isabel está rezando por los pecados que se derraman en la tierra. La hermana Isabel reza por sus propios pecados...sin embargo es dichosa, pues ama, desea, y es correspondida.

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