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Microrrelato. "La Bohème"

Aranzazu Mujica AlonsoEra un bar donde se reunían cada noche los personajes más pintorescos de aquel viejo pueblo perdido entre montañas. Se llamaba La Bohème, y abría sus puertas en el mismo instante en que el sol se apagaba. Justo en el centro de la plaza adoquinada, recibía La Bohème a las solitarias almas que vagaban inquietas durante la noche, acogiéndolas entre sus cálidas y gastadas paredes forradas de papel envejecido. Iluminado su interior por unos farolillos que colgaban de la pared y el techo y que Isabelle, la propietaria prendía uno a uno minutos antes de que anocheciera, daba como resultado una luz tenue que regalaba intimidad a aquellos que allí se reunían.

La barra estaba formada por gruesos tablones de madera que reposaban sobre un muro de piedra, que Isabelle no se cansaba de frotar con un paño húmedo mientras dirigía una mirada apagada hacia las puertas acristaladas, en espera siempre de que alguna noche se abriesen mostrando a aquel que aguardaba desde hacía tantos años. Recordaba aún aquella despedida, en la que eran los dos aún muy jóvenes. Habían llorado juntos, desnudos sobre el ruidoso camastro del sótano, temiendo que se aproximara el alba. Isabelle se juró esperarlo, y los años fueron dejando huella en su rostro y la triste espera en su alma. ¿Es que existía un veneno más letal para el espíritu que el negarse a aceptar la realidad? Sí. La realidad era que él había sido abatido en el frente, hacía ya más de veinte años. Sin embargo el corazón de Isabelle nunca quiso escuchar lo que su cabeza sabía tan bien. Por eso frotaba sin cesar la superficie impoluta de la barra sin dejar de clavar sus ojos en las puertas acristaladas cada vez que éstas se abrían para recibir a un nuevo cliente.

La noche en La Bohème reunía en su mayoría a los mineros que encontraban una excusa para lavarse concienzudamente en barreños de agua helada colocados en el exterior de sus chozas. Así mientras se frotaban el hollín pegado a la piel, bromeaban entre ellos sobre quien llegaría más borracho a su casa esa noche. Luego acudían en grupos y se acomodaban en la barra o en los viejos sillones del fondo, embriagando sus pensamientos de pobreza, hambre, miseria. Acallando con cada copa los llantos de sus hijos, los desprecios de sus esposas, la oscuridad y el aire viciado en la profundidad de las minas y el temor a la muerte que acechaba en silencio entre las sinuosas grutas de piedra. Luego poco a poco desaparecían los pensamientos grises para dejar fluir libremente el buen humor y las risas. Juntos cantaban viejos sones cargados de picardía, bromeaban sobre mujeres o discutían sobre política.

David iba siempre solo. Su lugar favorito era junto a una de las ventanas, bajo un farolillo tras los arcos, donde una mesa y una butaca le conferían una vista absoluta de todo el local. Desde aquel lugar privilegiado, el joven pasaba horas observando en silencio con ávidos ojos que se movían inquietos tras los cristales de sus anteojos. Luego colocaba sobre la mesa un pequeño block de papel y sobre sus hojas plasmaba cuidadosamente al carboncillo algunas de las imágenes que captaba con su mirada.

La chica del vestido morado, volvía a subirse sobre una de las mesas y danzaba al ritmo de las palmas de los mineros, como cada noche. La llamaban Lola, Eva, Sofía o Gilda, pero nadie sabía cual era su nombre real. Algunos pensaban que ni ella misma lo recordaba. Solía beber más de lo que su memoria podía soportar. Ella era actriz, o al menos eso quería creer. Y cada noche acudía a La Bohème para hacer gala de sus aptitudes artísticas mostrando sus habilidades en el baile, la interpretación y el canto. Los hombres la coreaban y la invitaban a una copa, sabiendo que finalmente alguno de ellos descubriría el amanecer junto a su cuerpo desnudo.

Algunas parejas de enamorados se acomodaban en los lugares más oscuros, y poco a poco se envolvían en caricias y besos. Las manos reptaban bajo los vestidos rozando la cálida piel de los muslos y se colaban entre los escotes en busca de la suavidad de unos senos. Los labios se entreabrían húmedos, dejando escapar tenues gemidos. Pocos reparaban en aquellas figuras que se ocultaban al fondo de la sala, y que se dejaban llevar avivando la pasión hasta el límite para desaparecer poco después en busca de algún callejón oscuro donde poder consumar sus deseos.

Luis apuraba uno tras otro los vasos de whisky. Sentado en la barra le daba vueltas a dos de sus preocupaciones más habituales. La primera eran sus ovejas. Esa noche no estaba seguro de haber sujetado bien la portezuela del redil y temía que su ganado pudiera escapar en cualquier momento. El caso es que a pesar de no estar seguro de si lo había hecho o no, dudaba también de si debía volver hasta su casa para comprobarlo. La intranquilidad le atenazaba el estómago que recibía no demasiado gustoso generosas cantidades de alcohol. La otra duda la tenía frente a sus ojos, tras la barra, frotando enérgicamente sobre la madera y mostrando un generoso escote que dejaba entrever un universo tan desconocido como deseado para él, desde hacía muchos años. Se preguntaba cada noche cuantos vasos de whisky necesitaría un hombre para poder decirle a Isabelle lo mucho que le gustaría poder besarla. Sin embargo nunca llegaba a averiguar la respuesta a su interrogante. Y allí seguía ella bajo su enmarañada mata de cabellos grises, dirigiéndole una mirada indiferente de vez en cuando y sirviéndole una copa tras otra sin mostrar mayor interés que cobrar la cuenta al final de la velada. Así que Luis cargaba con varias dudas esa noche, y dudaba además de si tendría el valor suficiente para desvelarlas antes de regresar borracho a casa.

La chica del vestido morado se había entregado a recitar en voz alta unos versos de Unamuno, ante la atenta mirada de su grupo de admiradores. Más allá dos ancianos se enfrascaban en una apasionada discusión sobre política. Una pareja de hombres se besaban en una esquina oscura, y cuatro muchachas que olían a canela los observaban con curiosidad dejando escapar alguna risilla nerviosa.

David vio como las puertas abrían paso a una joven desconocida. Era una chica de estatura más bien baja, envuelta en un abrigo marrón de punto que parecía bastante gastado. Llevaba el cabello muy corto, a la moda, de color azabache como sus gigantescos ojos que resaltaban en una tez blanca y sedosa. Se acercó a la barra tímidamente, y pidió un vaso de vino que pagó al instante. Lentamente fue penetrando en la sala y se detuvo, dudosa, buscando con sus enormes ojos un lugar apartado donde poder tomar asiento. David observaba atentamente todos sus movimientos, y se sirvió del carboncillo inmediatamente después de que la muchacha se sentara justo delante de su mesa. Ella parecía absorta, calibrando el entorno con la mirada brillante, bebiendo del vaso a sorbos cortos y saboreando con deleite. Cruzó las piernas y David descubrió un agujero en sus medias color beige oscuro.

Unos instantes más tarde, la chica vería sobre su mesa una hoja con su imagen dibujada al carboncillo, y una dedicatoria en la parte inferior. Ella buscaría a su alrededor al autor de aquel hermoso retrato, sin percatarse de que el asiento junto a la ventana ya estaba vacío.

Otra noche más veía pasar La Bohème, a través de los ojos de aquellas almas solitarias. Poco a poco iban abandonando el local, arrastrando los pies algunos, abrazados otros, cantando, riendo, hablando o dando tumbos. Pronto amanecería.

Isabelle apagaba una a una las luces de los farolillos, La Bohème debía dormir.

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