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Microrrelato. "Batalla de flores"

Josefa MolinaLa bola comenzó a caer rápidamente y fue a impactar directamente en su ojo izquierdo. La chica se llevó la mano al lugar con un gesto de dolor y se inclinó hacia adelante, con el fin de refugiarse del bombardeo de bolas de confetis que volaban de un lado a otro de la calle. En ese mismo instante, se arrepintió. La verdad es que había tirado la bola con todas sus ganas pero no era su objetivo darle con tanta fuerza. Lo cierto es que su intención era bastante más simple: tan solo quería llamar su atención.

La había visto por vez primera en el concierto de la noche anterior en la plaza de Santiago. Cuando llegó, lo que menos esperaba era encontrar algo interesante. Pensaba en irse a dormir justo cuando la descubrió acompañada de un grupo de chicas del instituto. No la conocía del pueblo, lo que le resultaba extraño ya que aquel lugar del norte de la isla no era precisamente grande. Se trataba más bien uno de esos pueblos en el que ir por la calle era casi como si caminaras por el pasillo de tu casa. Por eso no pudo evitar fijarse en ella. Esa forma de moverse al compás de la música captó su atención. Cuando quiso darse cuenta, ya estaba situado a su lado y Ana, una de sus compañeras del instituto, se la presentaba. Es Dunia, mi prima, vive en Las Palmas, le anunció.

Al día siguiente la buscó en el entorno a la plaza donde la figura de Santiago paseaba en procesión escoltada por la tradicional banda de música y las autoridades locales. Lo cierto es que a él no le interesaba en lo más mínimo aquella liturgia religiosa pero su madre se empeñaba en asistir en familia a cumplir con aquel ritual, aunque fuera declaradamente atea, aspecto que él no entendía en absoluto. Es una tradición familiar, le explicaba como si con ello se resolviera el misterio de aquella flagrante contradicción materna. Así que un año más estaba allí formando parte de la tradición familiar en un día en que el pueblo se convertía en una fiesta llena de ventorillos de comida ambulante, carrusel de coches infantiles y puestos de turrones La Moyera. Era el día grande de las fiestas, el día en el que los galdenses se engalanaban con sus mejores vestimentas para ir a la procesión.

La localizó justo al lado de la fuente. Estaba tan guapa con aquel vestido blanco... Aprovechó el momento charlar un rato. Los dos protestaban por estar perdiendo el tiempo allí pero la familia es la familia. Cuando al despedirse se dijeron 'nos vemos esta tarde en la batalla de flores', sintió que la promesa de un reencuentro se encerraba en aquellas palabras. Por la tarde, la divisó camino al ayuntamiento como cientos de chiquillos y jóvenes, en busca de las codiciadas bolas de confetis, preparados para una batalla épica en la que la Guayarmina y el Bentejuí, acompañados de sus respectivos séquitos, no iban a salir muy bien parados.

Cuando las carrozas culminaron la segunda vuelta alrededor de la plaza, comenzó la guerra. En un segundo, cientos de bolas de confetis empezaron a volar de un lado a otro de la calle. Los pequeños disfrazados buscaban refugio tras cojines y cartones mientras los adultos se preparaban resignados a ser objetivo de los numerosos impactos. Nubes de papelillos de colores sobrevolaban las carrozas y cientos de personas se entregaban a la fiesta al ritmo de las charangas.

Entonces la vio en el otro lado de la calle. Levantó la mano y, con fuerza, le lanzó una bola. La chica se llevó la mano al ojo en un gesto de dolor y él sintió que la había fastidiado. Forzando una sonrisa, esquivó la carroza que a punto estuvo de atropellarle y le ofreció un poco de agua para limpiarse la cara. Ella aceptó y él la cogió de la mano, sacándola del bullicio, hacia la calle Santiago. Fui yo, perdona, reconoció. ¿Tú? Ya te vale, le dijo ella. Sí, pero no quería darte tan fuerte, en serio, insistió él. Bueno, está bien, vamos que ya se va la banda de música y aún nos quedan muchas bolas por tirar, le dijo mientras le mostraba con una sonrisa la bolsa de plástico repleta de bolas de confetis. Sí, vamos, !esta batalla va a ser inolvidable! afirmó él aliviado.

Desde ese día, cada 25 de julio, no faltan a la batalla de flores de Gáldar. A David, su primer hijo, le explicaron que era una tradición familiar. La primera de su familia.

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