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Microrrelato. "La pequeña lavandera"

Aranzazu Mujica AlonsoA la ribera del río, allí donde las mujeres se reúnen a cualquier hora del día, llevando bajo el brazo o sobre la cabeza sus canastas de mimbre, sus palanganas y sus atadijos de paño. Allí donde arrodilladas sobre la hierba fresca hunden con diestra mano las prendas de ropa bajo las frías aguas, las frotan contra la piedra y las enjabonan una y otra vez. Se escuchan voces femeninas, cánticos, risas que se mezclan elevándose hasta el cielo azul celeste coronado por un sol brillante. Se murmuran cotilleos, se confiesan amores, se comparten problemas de salud, se lanzan embustes, se empañan reputaciones, se critican virtudes, se canturrean sones...todo esto sin dejar de apilar piezas y más piezas de ropa empapada de aromas a jabón.

Sin embargo, entre toda esa revolución de voces que trabajan sin descanso, hay alguien que parece no hacer nada, rompiendo así la cadena de manos que se sumergen en las aguas, restriegan con fuerza, sacuden y sumergen de nuevo.

La niña tiene nueve años. Llega cada día a la hora en la que el sol calienta con más fuerza. Es muy delgada y parece débil, sin embargo lleva sobre su cabeza el abultado atadijo de ropa que sostiene con la mano derecha y una palangana en la mano izquierda. Se acerca hasta la orilla y tras desatar el nudo del hatillo saca el libro que minutos antes ha escondido cuidadosamente entre las ropas sucias. Con delicadeza lo posa sobre la hierba y después llena de agua la palangana y sumerge en ella la pastilla de jabón y algunas piezas de ropa. Seguidamente la pequeña recoge su libro y se tumba bajo la sombra de un árbol cercano.

-¡Mírala! -Exclama una mujer que sacude sin piedad unos calzones blancos- ¡Anda que no es avispada la criatura!

-Más que avispada, yo diría que es una vaga sin remedio -le responde otra que frota un camisón.

-Si fuese yo su madre verías la paliza que le daba -dice una tercera, realmente indignada- en buena pieza se va a convertir ésta... ¡Pobre de su madre, que es una santa!

La niña no escucha nada de lo que se habla en la ribera del río. Está completamente ausente, sumergida en las historias que se cuentan en su libro. No le gusta trabajar, ni lavar la ropa, ni barrer los pisos, ni ayudar a mamá a secar los platos. Ella solo desea leer durante el día, y cuando cae la noche y todos duermen en casa, enciende una vela y escribe sencillos cuentos que se le ocurren adornándolos luego con hermosos dibujos. En su cabeza no está el río, ni las lavanderas, ni los olores a jabón, ni las voces que se elevan. No. En su cabeza ella recorre la inmensidad de los bosques encantados, en busca de castillos bañados en oro y plata, donde el sol parece sonreír y la luna cuida sus pasos. Allí los animales salvajes cuentan sus experiencias, le hablan, la toman de la mano y le enseñan las maravillas de un mundo aun sin descubrir. Las princesas rescatan príncipes, hay dragones de escamas brillantes que surcan los cielos y guardan tesoros, hadas que nacen de las flores e iluminan el camino en noches oscuras, laberintos inmensos en los que habitan pequeños seres jamás vistos, árboles milenarios que hablan en un idioma que solo ellos conocen: el idioma de las hojas; hay también arlequines que lloran de alegría, gigantes y enanos que conviven en paz, caballeros que buscan la paz...

La pequeña lavandera pasa las horas tumbada bajo la fresca sombra de un árbol, mientras la ropa sucia espera tostándose al sol y las mujeres hunden sus manos bajo las frías aguas del río.

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