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Microrrelato. "Cuando ves llegar a las musas"

Fernando Tocino Viedma2016Fue desde los primeros instantes de la noche cuando apareció el momento creativo, ese momento donde a cualquiera de los mortales le gustaría estar presente como espectador del estallido cósmico del Big Bang. Sobre el atril, emulando las patas de un corcel se posaba plácidamente el rectángulo mágico por el que las musas dejarían sus huellas y algunas manchas negras de nuestras bien amadas y amantes moscas que nos recuerdan lo putrefacto de nuestras vidas y que ensombrecen cualquier tarde de siesta. Blanco perfecto tirando a blanco roto. La primera mirada que le dediqué reflejaba la insipidez del desierto, todo se encontraba escondido y apartado, tan solo se palpaba las imperfecciones de la manufactura del lienzo realizada en los países de miradas rasgadas y aplastadas. La tela no mostraba signos de vida ni de emociones o fantasías. Era la viva imagen de la negación vital. La diferencia entre el mármol inerte de Miguel Angel y el paralepípedo se abrazaban pendiente de que el fuego los tallaran.

Ya dentro del cubículum ocupaba un espacio desapercibido, no resaltaba lo más mínimo y diría que era un espantoso mueble que los caseros suelen poner a sus inquilinos con el fin de quitarse de encima aquel furniture. Probablemente si no llega a ser por la inspiración de aquella noche, acabaría en el altillo o tronera de los muebles viejos con el objetivo de pudrirse o ver pasar el resto de varias generaciones e incluso, la historia de la Humanidad. Lo que estaba claro es que de esa forma nunca estaría presente en los catálogos de cualquier museo o libro de texto de la ESO.

No era un espejo luminoso e infinito, era opaco y poco translúcido, pétreo e impenetrable; tan insignificante que no vale la pena siquiera seguir dando detalles por su desapego con el medio.
Era realmente odioso y difícil de mirar. Era un lienzo en blanco a secas.

Cogió su butaca de piel de alabastro y la acercó a los límites de su marco. Mi rubia vestía una tremenda rebeca bordada a ganchillo que pesaba seis veces más que su diminuto cuerpo. Se la ponía sólo en los momentos en los que ella consideraba que las musas la abordarían cual reclamo de los cornetines de los ciervos a la llamada de sus cazadores. Su madre, Lara Yoyens se la había tejido durante décadas sin dormir para mostrarle de esa forma, su afecto y pasión por las cosas bien hechas. Sin embargo, nunca le dio otro uso que aquel para el cual estaba predestinado. En aquella casa sólo habrían musas si había rebeca, así de radical se mostraba mi teñida en las largas discusiones que teníamos sobre la naturaleza de la inspiración.

Al principio adoptó una posición incómoda ya que la patas del atril no le dejaban estirar sus piernas y su artrosis no le permitía aguantar tantas horas en aquella posición de caracol enredado. Tal postura no le agradaba, por lo que le fue imposible acercar su mirada y focalizar el objetivo que buscaba aquella noche sobre el follable lienzo. Minutos después se encontraba con la cara a dos centímetros del lienzo como buscando con su olfato la pieza que quería representar. Cualquiera pensaría que provenía de una familia de rasteadores Yanomamis del Orinoco, si bien , lo contrario, sus raíces se anclaban en lo más profundo de la cuidad real de San Lorenzo de la Enredina, villa famosa por proporcionar mujeres bellas y cultas a la sociedad isleña.

Sus primeros trazos lineales y artísticos se remontaban a las primeras viñetas que realizaba en el periódico escolar de su querido colegio anarquista. Institución muy venerada dentro de aquella real pedanía que llamaban El Ebro- la Culata, cuna de decenas de personajes ilustres e influyentes que daban prestigio a la comarca y ,por ende, a nuestro archipiélago.

Ya desde antaño contaba con seguidores fieles y acérrimos de sus lienzos y tiras. La salida del periódico escolar generaba multitud de colas de niños y niñas en baby deseosos, no de leer, sino de ver las groseras e irreverentes formas de sus dibujos que delataban a una mujer comprometida con su futuro y con el de los demás. Ya apuntaba maneras de que sería la empresaria más culta y más linda de todas las medianías de Gran Canaria. Y así resultó.

Nuestra casa poseía la calidez de las casas del amor. Colores terracotas, fuego en las paredes y en los fogones de la cocina. Alfombras persas hechas en Valleseco y jarrones chinos de ascendencia Cebollera. La distribución del chabolo coincidía con la alineación de los planetas. Nuestro Sol-salón irradiaba todos los caminos hacia las diferentes estancias de la casa. Tan sólo no llegaba con sus rayos a la zona de Plutón-retrete que como es obvio, era la zona de nuestra escombrera, si bien, zona de placentero aseo y estancias en soledad para acicalarnos y dedicarnos algunos minutos a los baños romanos de antaño. Los muebles presentaban formas poco rectilíneas y muy abombados pero no por deseos propios sino por causas de la humedad de la zona que los había ido modelando en ese sentido. Recuerdo que los primeros enseres los compramos a un comerciante francés que estuvo de paso por nuestras islas y que nos dejó a precio de baratija armarios, estantes y varias mesas de maderas nobles. Con el tiempo nos dimos cuenta que a veces lo barato no es siempre la mejor de las opciones. Sin embargo, cumplieron a la perfección su misión decorativa. Nuestra habitación era el segundo Sol de la casa. Nuestra morada tenía muchos soles. Limpia, ordenada y llena de miles de libros y cuadros que deambulaban mensualmente por las diferentes posiciones que encontraban a lo largo de un mes. Podría afirmar que cada cuadro había ocupado todos los espacios posibles e imaginables en aquel pedazo de horno que era nuestra habitación. No teníamos lámparas ni apliques. Tan sólo las velas que periódicamente birlabamos en la iglesia-catedral que teníamos a cientos de metros de nuestro home y que aportaban el olor a almizcle e incienso que tanto nos gustaba. Cama-polvera en la proporciones adecuadas a nuestro amor y un cabezal hecho de latón que presentaba las diferentes muescas de las batallas ganadas y perdidas, y algún que otro testarazo. Todas ellas siempre entre la rubia y yo. En medio...¡nadie!.

Después del rastreo casi furioso sobre la tela blanca, se detuvo con el rabo tieso y la mirada fija en un punto del marco. Tenía delante de mí a un Setter irlandés señalando el camino de la presa. ¡Ese era el momento! Con la rapidez y la sinuosidad de un guepardo cogió rápidamente su caja de rotuladores y rotrings y, se decidió por coger el 0.2 inicialmente. Quitó la tapa con violencia y clavó por primera vez la estaca en ese mar blanco en calma chicha. Furia y torbellinos se desataron allí durante algunas minutos, trazos suaves y trazos gordos, rellenos pausados y miradas perdidas. Sus garabatos se movían y adoptaban la forma de sus pelos enredados y curvados. Reconozco que no entendía nada de lo que estaba viendo en ese momento. Parecía estar presente en un acto de posesión demoníaca. Desde mi perspectiva sentado en un sillón de la habitación tan sólo veía su espalda y su matojo de pelo y por supuesto, su gorda rebeca de lana virgen tallada. La viva estampa de las mujeres de Botello y la voluptuosidad de las féminas del siglo del sol. No podía ver nadita de lo que estaba produciendo en aquel lienzo. Era imposible poder ver ese diálogo que se estaba dando entre el demonio y su poseída. A momentos, se paraba con el rotring metido en su oreja izquierda y miraba a su derecha desviando la atención de su pensamiento y guiñaba un ojo a las moscas que se comían aquel trozo de empanada que su amor le había preparado semanas atrás y que no se la terminó, no porque no le gustara sino porque aquel día tenía gases y las flatulencias típica que le habían acompañado desde muy niña.

Tan sólo se giró hacia mí una sola vez. Fue como ver la imagen del autorretrato de Courbet en la cara de mi amada. La locura había invadido su rostro sin avisar. Creo que me miró y no me reconoció.

Después de varios minutos de creatividad desenfrenada, el cielo de la habitación se tornó espeso y lleno de bombillas con miles de imágenes y retratos que apuntaban directamente a la cabeza de my love. Hasta que llegó el momento del desfallecimiento y la caída en picado sobre el colchón de su cama, extenuada y saliendo del trance por el que había pasado esta última hora.

Fue en ese justo instante donde pude ver el lienzo tallado y abarrotado de miles de formas y dibujos. En el centro, una encina andaluza con dos mujeres vestidas de luto a modo de plañideras sentadas en la copa del árbol. En su base, el cuerpo sin vida de un hombre joven con atuendos de bandolero de la serranía de Cádiz. De su cuerpo brotaban lirios de sangre y corría la sangre a modo de serpientes reptando por el suelo en busca de las raíces de la encina. A lo lejos se intuía la soledad de los pueblos de montaña de la sierra Bética y su cerrazón. Y por último, dos musas aladas proporcionaban las imágenes del dolor y los motivos de la muerte.

Rápidamente me vino algo familiar a mi cabeza que reconocí casi al instante de ver esas imágenes. Se trataba de una representación en imágenes del poema “La Reyerta” de Federico García Lorca.

Fue la primera vez que pude comprender su pasión por Lorca y su vinculación a sus sentires.

Años más tarde ya me codeaba en medio de aquella habitación con la presencia de El Bosco, Bukoski, Giocconda Belli, Alfonsina Storni, Bruce Springteen, Frida Kahlo con sus coetáneos, Johnny Depp, Miguel el ferretero de Firgas, La Cabra Mecánica y un manojo de diversos personajes que movían los hilos de la vida de mi doncella. Hasta que un día aparecí yo......y nos dedicamos palabras y arrumacos.

Todavía sigo sentado en mi sillón a la espera de tener tal variedad de amig@s...........................

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