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Microrrelatos. "La muchacha del cabello rojo"

arantxamujicacolor7El velo de la noche se dejaba caer sobre la ciudad portuaria de Honfleur. Allí sus calles adoquinadas y húmedas eran iluminadas por los faroleros, que prendían parsimoniosamente una a una las velas de grasa ayudándose de una escalera o de una vara. Las casas adosadas de Le Vieux Bassin observaban atentas y silenciosas como poco a poco el muelle iba llenándose de seres noctámbulos que con pesados andares brotaban desde lugares recónditos en busca de algo que solo ellos conocían. Llevaban consigo sus secretos bien ocultos, protegidos bajo el grueso manto de las vestiduras y cargaban con unas reflexiones lo suficientemente pesadas como para curvar ligeramente sus figuras.

Los barcos se dejaban mecer suavemente sobre las aguas del Sena. Un marinero silbaba una tonadilla desde su decrépita embarcación y tenía la mirada perdida en algún punto lejano. De vez en cuando cesaba su tarareo para llevarse a los labios la botella de alcohol, pero acto seguido continuaba. Era un hombre bastante viejo, o quizá solo lo parecía. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas que se perdían bajo una barba encrespada y gris.

Una hilera de carruajes se alineaba frente a La Lieutenance. Allí los cocheros aguardaban pacientes su turno. Algunos charlaban animadamente y otros dormitaban en el asiento bien arrebujados en sus abrigos.

Las floristas paseaban de acá para allá con sus cestos repletos de violetas, amapolas y azucenas desprendiéndose a su paso un aroma dulce que se mezclaba con el olor acre de sus vestimentas. Se acercaban a los viandantes con jaraneros andares mostrando un ramillete de flores prensadas y una sonrisa cargada de esperanza. Y aunque la noche no propiciaba el negocio de las flores, siempre aguardaban unas horas más antes de retirarse a descansar.

Sin embargo la brisa nocturna sí favorecía la aparición de otras especies de flores. Flores hermosas de diversos colores y aromas exóticos que se amontonaban en las calles en espera de ser compradas a cambio de su belleza. Ellas adornaban el muelle con sus cabellos brillantes recogidos en descuidados tocados de los que se desprendían rebeldes mechones. En cada rincón podían escucharse sus voces musicales que de manera atrevida invitaban al placer y lentamente eran arrancadas por alguna mano masculina. Si. Eran las flores de un jardín que solo mostraba su belleza durante las horas nocturnas, abriéndose en todo su esplendor, mostrando los pétalos brillantes de lujuria, de pasiones realizables y fantasías jamás concebidas por ningún hombre.

Los ojos de Julien observaban inquietos, hambrientos como cada noche que salía en busca de alguna imagen que le proporcionara sensaciones nuevas. Era un observador que exploraba minuciosamente cada rincón de las calles, los bares y las terrazas. Caminaba sin prisa, las manos hundidas en los bolsillos de su viejo abrigo, fotografiando con la mirada cada escena callejera que encontraba a su paso y atesorándola en su cabeza para más tarde poder liberarla sobre el lienzo. Así pasaba las horas nocturnas, como un cazador de imágenes solitario y taciturno, entregado a la aventura de poseer todo aquello que no le pertenecía pero que sin embargo necesitaba desesperadamente para expresar ese universo fascinante formado por las miserias humanas.

De nuevo se había detenido frente al comercio de verduras cerrado, para deleitarse unos instantes en la joven del cabello rojo. Hacía semanas que la observaba en silencio, colocado a una distancia lo suficientemente corta como para escuchar el débil tono de una voz temblorosa que vendía momentos de lujuria. Julien la había retratado en incontables ocasiones sin que ella lo supiese, en la soledad de su fría buhardilla ataviada con su eterno vestido color verde. Era muy joven. Tal vez dieciséis años. En sus ojos almendrados se reflejaba el miedo a lo desconocido, y más que vender su cuerpo daba la impresión de suplicar limosna.

A Julien le fascinaba aquella muchacha. Era como una gota de pureza en el centro de una enorme charca de lodo pestilente. La inocencia virginal de la joven se materializaba a través de su expresión temerosa, su voz apagada y unos gestos carentes de sensualidad. Aún se conservaba intacta, de eso estaba seguro.

Un hombre se detuvo ante la joven. Llevaba un abrigo impecable, de color negro y sostenía un elegante bastón en cuyo extremo brillaba una empuñadura de plata. Ella cruzó los brazos, forzando una sonrisa mientras el hombre le susurraba algo al oído y deslizaba un dedo por sus pálidas mejillas.

Sin saber bien por que, aquella imagen hizo que Julien sintiera una repentina punzada en el estómago. Se quedó unos instantes intentando comprender la razón de aquella intensa repugnancia que de repente había nacido en su interior, mientras veía como se alejaban perdiéndose por una de las oscuras calles que se desviaban del muelle. Entonces sus piernas decidieron moverse en la misma dirección, sin darle oportunidad a decidir lo contrario.

Los siguió por laberínticas callejuelas desiertas manteniendo una distancia prudencial, procurando que no se advirtiera su presencia. El hombre del abrigo negro hacía muchas preguntas, a las que la joven respondía de forma escueta y a Julien se le encogía el corazón al escuchar su voz temblorosa. Estaba asustada, y él había decidido inconscientemente velar por su seguridad durante esa noche.

Llegaron a un callejón iluminado tan solo por la luz plateada de la luna llena. Era una calleja solitaria, cubierta de lodo del que se desprendían olores mezclados de orín y estiércol, delimitada por unas vallas de madera podrida tras las que se levantaba un barrio de chabolas derruidas. Julien se detuvo a la entrada del callejón, y sintió como se le aceleraba el pulso mientras distinguía a las dos figuras que ahora permanecían en silencio. Pensaba en la joven del cabello rojo. En su cabeza podía ver claramente como se estremecía de terror, y sus ojos asombrados examinaban inquietos el rostro de su acompañante intentando encontrar algún gesto que le inspirara confianza. Procuró aguzar el oído, buscando el sonido de un gemido de dolor, de un llanto contenido o de cualquier signo que le incitara a correr hacia ella y apartar a aquel extraño de un puñetazo si era preciso. Sin embargo no escuchaba más que el leve sonido del roce de las ropas o un suspiro aislado que se perdía después en el silencio.

Se acercó un poco más, escondiéndose tras una pila de desperdicios y maderas mohosas. Desde su nueva posición podía distinguirlos mucho mejor.

El hombre del abrigo negro tenía aprisionada a la muchacha contra la pared de tablones. Parte de su melena rojiza brillaba a la luz de la luna y su mirada se clavaba en algún punto fijo en el vacío, mientras unos labios húmedos descendían por su cuello hasta llegar al escote . Julien escuchó el sonido de una respiración cada vez más ansiosa, que acompañó el desgarro repentino en las costuras del corsé. Se retorcía las manos, nervioso, forzando una mente que no acostumbraba a tomar decisiones rápidas. Mientras, el extraño se frotaba contra aquel cuerpo estático y ya había logrado introducir una mano bajo la falda, que se elevaba afanosamente mostrando unos muslos delgados y níveos.

Ella no se movía. Sus ojos desorbitados seguían perdidos en algún lugar lejano y Julien sintió que su deber era poner fin a aquella situación cuanto antes. Por eso buscó entre las maderas podridas y agarrando un tablón astillado se dirigió con paso firme hasta donde se encontraban.

De repente distinguió algo. En medio de la semioscuridad un objeto metálico centelleó por encima de las dos figuras y tras un ronco gemido, el hombre del abrigo negro se desplomó en el suelo. Ante la atónita mirada de Julien, la joven saltó sobre el cuerpo tendido como si de un animal salvaje se tratara, descargando una puñalada tras otra en su pecho. El tablón cayó sobre el lodo, a los pies de Julien que horrorizado contemplaba aquella escena sin poder mover ni un solo músculo de su cuerpo. Ella reía. Con cada puñalada dejaba escapar unas exiguas risillas que resonaban en el silencioso callejón y se elevaban perdiéndose en la oscuridad de la noche.

La luz plateada de la luna llena iluminó a la joven del cabello rojo. El puñal ensangrentado yacía sobre el barro, junto al cadáver. Ella, aún a horcajadas sobre el cuerpo inerte se miró las manos temblorosas manchadas de escarlata. Ya no reía. Lentamente se arrastró por el suelo y se acercó hasta la valla de madera donde se acurrucó como un animalillo asustado, meciéndose sobre su cuerpo con la mirada nuevamente perdida en el infinito. Con unas manos manchadas de sangre se cubrió los oídos sin cesar de balancearse hacia delante y hacia atrás, y de sus labios brotó algo parecido a una cancioncilla, una nana infantil que a Julien le sonó familiar.

...Sobre el puente de Avignon, todos bailan, todos bailan...
...todos bailan, todos en coro, hacen así...
...así las lavanderas, así me gusta a mí...

Julien se acercó hasta la muchacha. Aquella escena patética había alejado todos sus temores y ahora le invadía una infinita compasión. Ella lo miró, con los ojos muy abiertos en un rostro salpicado de escarlata. Se llevó un dedo a los labios.

...Schhh... solo han sido tres... no se lo digas a mamá, por favor...

-Tranquila -susurró Julien cubriéndola con su abrigo- mamá no se enterará de nada. Será nuestro secreto.

La muchacha sonrió y continuó con su canción. Lentamente, se dejó incorporar por Julien, que después de recoger el puñal y esconderlo entre sus ropas salió de aquel pestilente callejón con la joven, que apoyada en su hombro continuaba sumida en su extraña letanía de tonadas infantiles y frases incomprensibles.

Unos minutos más tarde, las casas de Le Vieux Bassin verían una pareja de jóvenes paseando en silencio por los muelles, mezclándose entre las gentes de curvadas figuras y pesados andares, donde las flores nocturnas se abren buscando la luz de falsos amores, para después desaparecer tras los portones de una vieja residencia.

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