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Microrrelato. "La decisión"

taidefleitas navarroLa escogí porque, tras haberlas visto a todas, me pareció la más bonita. Y a mí, con el amor, de siempre me ha pasado como con la comida, que me entra por los ojos. La elegí joven y enérgica, porque quería asegurarme de que me acompañaría un largo tramo del camino. Pero luego recordé lo que me habían dicho otros más aventajados que yo, los que habían emprendido el viaje tiempo antes y ya estaban de vuelta, que el envoltorio de las personas no era lo más importante, que había otras cualidades que me serían más valiosas a lo largo del viaje. Entonces comencé a fijarme en otros detalles que consideré vitales para todo lo que quería hacer. Y, sin dudarlo, la volví a escoger. La escogí por su imaginación, para que me entendiera; la elegí otra vez más por su sabiduría y su inteligencia, así aprendería muchas cosas; y otra vez, por su sentido del humor. Me fijé en que tuviera un gran corazón y en que fuera humilde, aquella sí que me pareció una razón de peso para sentirme orgullosa de ella. Me decanté, en otras tantas ocasiones, por su simpatía, por su dulce sonrisa y por su valentía. Me cercioré de que sus dedos encajaran a la perfección con los míos, de que fueran suaves y firmes. Quería que fueran ellos los que me llevaran de la mano y me acariciaran, pero también los que me empujaran a hacer grandes cosas.

Cuando estuve segura de mi decisión, se lo hice saber. Recuerdo que fue una calurosa tarde de finales de septiembre. Al enterarse, no paró de llorar durante días que se alargaron en semanas. Yo creí entonces que lloraba de emoción, al igual que yo cuando la vi por primera vez. Más tarde supe que por aquellas lágrimas de emoción resbalaba también mucho miedo. Desde entonces, empecé a crecer y a crecer. Mejor dicho, crecíamos las dos. Yo me fui enamorando también de su dulce voz, de las canciones que me cantaba y de las palabras que me decía. Ella, mientras tanto, empezaba a impacientarse por mi llegada. Por fin, tras nueve interminables meses, un 23 de mayo a las 7:15 de la mañana nos vimos las caras por primera vez. Y lloramos y lloramos, al comprobar que ninguna de las dos se había equivocado en su decisión.

 

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