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Microrrelato. "Cuento de Navidad"

quicoespino2016-¡Hola! ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luna, y ya tengo seis años. ¿Quieres una peladilla?

Arsenio Castro, el hombre más odiado y solitario del lugar, miró a la niña, que iba a hombros de su padre, desde la ventana a la que se había asomado para ver, a disgusto, el belén viviente que se representaba en la plaza del pueblo, ante un gran número de espectadores. Apodado don Arsénico, tenía cogidos por los huevos a muchos de los habitantes, a los que había prestado dinero. Corrían los terribles años de la posguerra. Las calamidades y el hambre campaban por sus fueros y la gente, aparte de elevar sus plegarias al Altísimo, se vio obligada a pedir préstamos al único que podía ofrecerlos. Los intereses eran abusivos. El usurero hacía que los solicitantes firmaran un pagaré, con bolígrafo o con el dedo, en los que se comprometían a pagar la deuda, y, en caso de no hacerlo, él se quedaría con sus pertenencias, casas, fincas, aljibes...

-Me caes muy bien. Me gustaría mucho jugar contigo –añadió Luna, con una candorosa sonrisa, alargando la mano izquierda para ofrecer peladillas a Arsenio Castro, el cual, asombrándose a sí mismo, se sintió inesperadamente conmovido y dirigió a la niña una mirada que era nueva en él, antes de decirle su nombre y coger la golosina que le ofrecía.

-¿Te gustan las muñecas? –preguntó, cada vez más sorprendido, sin dar crédito a sus palabras y a sus actos, deseando que el padre de Luna se mantuviera apostado en el mismo lugar, contemplando el belén, mientras él se adentraba con premura en la sala y cogía una pepona que guardaba en un arcón. Cuando se la dio a la niña y vio la expresión de júbilo y admiración en su cara, el apodado don Arsénico percibió una extraña sensación, una desconocida calma que le hizo emitir un suspiro de alivio. Por primera vez en su vida sintió la satisfacción que produce ser generoso, y, también por vez primera, se dio cuenta de que ser querido por los demás era infinitamente mejor que amontonar dinero. Estoy harto de que todo el mundo me odie, se dijo y, de inmediato, como atacado por un rayo revelador, entró de nuevo en el salón, abrió la caja fuerte y, después de coger casi todo su dinero, lo tiró por la ventana. Jamás pensó que se podía ser tan feliz como él sentía en ese momento.

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