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Microrrelato. "Advertencia"

Josefa MolinaEsta es la última vez que te lo digo, viejo. Es una advertencia. El viejo le miró de soslayo. No se atrevió a sostenerle la mirada. Al fin y al cabo, no era más que un mandado, un recadero, un correveidile. No era su problema. Su trabajo consistía en cerrar la boca y hacer bien la labor que le encomendaban, sin más. Y sin embargo, en su fuero interno, sabía que aquel tipejo le tocaba mucho el hígado, le molestaba su sola presencia, le repelía en lo más profundo de su ser con ese aire de superioridad, como si fuera el rey del mambo, el jefe de la manada, cuando, en realidad, no era más que otro pringado como él.

Cogió el sobre con desgana y, cuando se dispuso a dar la vuelta y a seguir su camino, el otro le gritó. Y dile a ese jefe tuyo de pacotilla que si vuelve a retrasarse en el pago, la próxima vez será el doble. ¿Me oíste, viejo? Me llamo Esteban, le respondió furioso al instante, movido por uno de esos resortes que todos sabemos que pueden resultar peligrosos, definitivos. Esteban, continuó, pensando que ya puestos a hablar, mejor era no callarse, y podría ser tu abuelo.

Ah sí, claro, claro, pero no lo eres, ¿verdad, viejo?, dijo levantándose y situándose frente a él, brazos en jarra. Si tuviera 40 años menos... continuó el viejo. Pero no los tienes, ¿verdad que no?, respondió el otro con tono fanfarrón. No. No los tengo, afirmó bajando la cabeza mientras se giraba y buscaba con la vista la puerta por la que había entrado tan solo quince minutos antes.

Y es que, en el fondo, sabía que debía de callar y desaparecer. Demasiado viejo para trabajar legalmente. Demasiado joven para morir. Maldita vejez, callada llegaste para avasallarme, escupió enfurecido por su boca mientras se confundía con el sucio tráfico de la ciudad, dejando tras de sí su dignidad pisoteada y el alma herida.

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