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Microrrelato. «Con permiso de Juan Ramón Jiménez»

LailaLAILA es esbelta, blandita, suave; tan blanca y ligera que se diría volátil como un diente de león, que no tiene peso. Solo los espejos ámbar de sus ojos son duros cual dos soles en un atardecer de enero.

La dejo suelta y corretea por el barranco, husmeando con su hocico cada aulaga, cada verol, cada retama que el viento mece como invitándola a jugar... La llamo con brío: «¡Laila!», y corre hacia mí pateando con fuerza el suelo, como una flecha disparada que me apunta directamente al corazón...

Come cuantas golosinas le doy. Le gusta el jamón, el atún, los huesos que suenan entre sus dientes como el traqueteo de un tren...

Es cariñosa y apasionada como una adolescente...; pero tranquila y mansa, como de agua. Cuando pasea junto a mí, un día cualquiera, por las plazas o los parques, los niños, con las rodillas raspadas y las caras encendidas, se acercan corriendo y la acarician de arriba abajo.

—¡Qué buena es, no hace nada!

No hace nada, nada de nada...
... Salvo dar todo lo que tiene.

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