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Microrrelato. "Sol, agua y pájaros"

eulalionuevaEl disco solar parecía un gran melón arrojado al cielo, radiante y pletórico. La mar estaba vitrificada y corría una suave brisilla. El pailebot Adán se alejaba del fondeadero, con la mayor desplegada y el foque comenzando a flamear. Quedaron ancladas las goletas: Bella Lucia, Joven Vicente, Libertad y El Telémaco.

Paco, se descalzó las alpargatas, se desvistió y destocó. Anudó sus pertenecías, sujetando el bulto con una piedra. Ya braceaba ágil, alejándose de la costa con dirección a los navíos, cuando lo rebasó una lancha volátil. El patrón a la caña, los marinos bogando y el pasaje viendo el chapoteo de los remos, creando glóbulos verdosos.

A la media hora, el niño, se secaba al sol sobre los cantos rodados de la playa. Al medio día, abandonó Las Nieves. Atrás quedaba todo: el mar, la arboleda de mástiles, las salinas, el molino y el espigón con sus alisios.

El arriero, conocía a Paco y le ofreció transporte en la zaga de la reata. El chiquillo se sintió feliz, como un explorador en ruta. El camino, jalonado de baches, ofrecía una estampa de chumberas en flor, aulagas rizadas y palmeras presumidas, con doradas diademas. Las mulas acarreaban quintales de sal, tomates y piñas de plátanos. Hombre y niño se despidieron antes del puente y Paco se llevó unos tomates para el camino.

En medio del cañaveral del barranco, corría un hilillo de agua perpetua. Nuestro amigo, hizo cuenco con la mano y bebió. Degustó el primer tomate que le supo a gloria bendita. Un ruidillo le hizo mirar en redondo y vio al mirlo con un ala dañada. El corazón de Paco revoloteó, dentro de la caja del pecho, como una calandria. Lo tomó entre sus manos y lo ocultó con su boina.

En la puerta de la vivienda lo esperaba la abuela materna. Vestia de canelo, hábito a la Virgen del Carmen. Era una mujerota ancha, como una gabarra, que lucia unos rodetes abundosos y de una voz atronadora:

— ¿Ahora llegas?, ¡granuja! ¿Qué horas son estas? Pareces un marinero salitrado y al garete. A tu cuarto y sin almuerzo.

Paco, dejó caer sus once años sobre el cobertor. Sacó del bolsillo el último tomate para el ágape y dio una minúscula porción de pulpa al pajarillo. Echó la vista por el postigo del cuarto, y dijo para sus adentros:

“El Adán, ha de estar a medio camino de Santa Cruz... ¡Buen viento y buena mar!”

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