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Microrrelato. "El san Luis engalanado"

Josefa Molina2Volvió a contemplar el bello espectáculo. Un 21 junio más, como cada 21 de ese mismo mes de los últimos veinte años, la imagen del santo aparecía engalanado por decenas de claveles blancos. Una vez más el ritual se había hecho presente. Sin embargo, para ella seguía siendo un completo misterio. No es que fuera especialmente creyente pero, como historiadora que era, le llamaba poderosamente la atención aquella ceremonia de embellecer la pequeña estatua de san Luis coincidiendo con la celebración de su onomástica.

Durante el resto del año, la talla pasaba totalmente desapercibida. Quizá aquel rostro esculpido sin sonrisa no resultara lo suficientemente atractivo para atraer la devoción de los creyentes. Los devotos lo eran más de la figura que estaba ubicada justo a la derecha del olvidado san Luis. Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, pero una vez al año te lo arrebatan en belleza. ¡Mira a tu vecino, brillante y hermoso como la aurora!, susurró mientras contemplaba de reojo la femenina imagen de capa negra. Lo cierto era que, entre aquellas decenas de flores blancas repartidas en nueve ramos, la estatua adquiría una nueva dimensión. Pareciera como si las flores que adornaban la figura del santo fueran inmarcesibles. Sin duda, alguien se encargaba de ello.

Se acercó despacio. Quería contemplar la figura de cerca, como si con aquella contemplación pudiera acceder al misterio que se ocultaba tras la anónima persona que llevaba flores en el señalado día del mes de junio. Aquella fecha era, sin duda, de lo más importante. Si no en la vida religiosa del municipio, desde luego sí en la existencia de algún vecino del pueblo.

Se sentó en uno de los bancos de la iglesia y dejó que su mente elucubrara a su antojo en torno al origen de aquella ofrenda. Quizá respondiera a la súplica de una madre que, a punto de perder a su pequeño hijo, prometió flores blancas por su salvación. O tal vez correspondía al deseo de una mujer que después de muchos intentos, quedó encinta aquel marcado día. O puede que escondiera la historia de un padre que prometió la ofrenda si su joven hijo regresaba ileso de su aventura en las Américas. O pudiera ser un vecino quien con aquella ofrenda agradeciera el paso lento de los años. Aunque lo más probable era que nunca descubriera quién había detrás de aquellos ramos de flores.

Así que, si durante el mes de junio, visitas la iglesia de Gáldar, no te extrañe ver claveles blancos que adornan la estatua. Incluso puede que seas tú, el que lee estas líneas, quien conozca la verdadera historia que se oculta tras los cientos de flores que embellecen cada 21 de junio la pequeña estatua de san Luis. Quizá. Aunque tal vez sea mejor permitir que siga siendo un misterio, ¿no crees?

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