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Microrrelato. "Foto rota"

fotorotaEn medio de una rabieta de enamorados, mi hermano Pepe, el primogénito, y Marisa, su novia, cortaron en dos la única foto que tenían juntos, que se miraban como dos tortolitos, y, a cual más orgulloso, obcecados, decidieron también romper la relación. Cada uno se llevó su parte del retrato cuando se separaron, diciéndose que no querían volver a verse jamás. Para más inri, el episodio ocurrió el mismo día que él llegaba de Mauritania, a donde se había ido a trabajar seis meses antes, nada más cumplir los dieciocho, con el fin de reunir dinero para casarse con su prometida.

Al día siguiente, un cálido domingo de verano, mi padre organizó una excursión a la playa de Gando, todos en su camioneta, para salir de Ingenio y echar el día junto al mar, y le dijo a mi hermano Pepe que invitara a su futura mujer. Hasta yo, que contaba siete años entonces, noté, por la expresión de su cara, que algo no iba bien.

-¿Qué pasa, mi hijo? –preguntó mi madre, con gesto de preocupación.

-Que anoche nos enfadamos –respondió él, agachando la cabeza, a punto de saltársele las lágrimas.

Tanto yo como mis padres, mis otros hermanos y mi hermana nos quedamos mirándolo con caras tristes, porque le habíamos cogido cariño a su novia, la veíamos como parte de la familia y dábamos por seguro que se iban a casar.  Sin poderlo remediar, se me llenaron los ojos de lágrimas y, en un arranque, me abracé a mi hermano, al cual quería un montón (y más aún cuando, al año siguiente, me trajo un camaleón), y le dije que yo adoraba a mi cuñada Marisa, porque ella siempre jugaba conmigo, me hacía reír, y me traía cuentos y caramelos de coco.

-Eso lo arreglas tú ahora mismo –saltó mi padre, con decisión, esgrimiendo su autoridad. Yo te alcanzo de inmediato al Carrizal y no me muevo de allí hasta que salgas del brazo de tu novia.

-¡Pero, papá...!

-¡No hay pero que valga! Media hora te doy para solucionar el asunto.

No hizo falta ni un minuto. Ni palabras. Ambos se habían pasado la noche en vela, pensando en las estupideces cometidas, peleándose por boberías, y, nada más verse, se abrazaron, se pidieron perdón, y en la tierra paz y en el cielo gloria.

Poco después del mediodía nos encontrábamos todos en la playa de Gando,  frente al mar, bajo un toldo de lona que mi padre había tendido desde la carrocería de la camioneta hasta dos palos clavados en la arena. Luego, luciendo sus dotes de anfitrión, echándose sus rones, hizo un fuego con leña, y allí andaba él esperando que se formaran las brasas para asar potas, pulpos, sardinas y papas, junto a mi tío Paco, que había venido con su mujer y que, como ya era habitual, estaba tocando la guitarra y cantando con desparpajo. A su voz se sumaron más tarde, junto al rumor de las olas, la de mi madre, que se echó un par de coplas, la de mi padre, con sus clásicos tangos, y la de mi hermano Pepe que cantó el bolero María Dolores, cuyo nombre cambió por “Marisa de mis amores” para dedicárselo a su novia: “Dios te ha dado la gracia del cielo, y en tus ojos, en vez de miradas hay rayos de sol”. Entonces, en medio de un ambiente tan placentero como apacible, yo, encantado, vi que los novios, felices y alegres, se dedicaban sonrisas y miradas similares a las que lucían en la foto que habían roto, la cual volvieron a pegar aquel mismo día.

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