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Microrrelato. "El Cristo de mi niñez"

eulalionuevaLa Plaza del Cristo está enclavada en la travesía que pasa por Gáldar, con dirección al Puente de los Tres Ojos. Es un recinto pequeño y rectangular, con los ángulos fronteros en chaflán. Forma el primero una escalinata, con apenas media docena de peldaños; el segundo muere manso contra la acera. La piel de las baldosas es rugosa y sus llagas están rellenas de mudos guijarros marinos. En su centro mismo, sobre un pedestal ajardinado y acotado por un enrejado de lanzas, se encuentra la cruz de cantería azul. Adosada a ella se erige un Cristo de tamaño casi natural, según la distancia y la focalización. Su cuerpo está moldeado de un bronce oscuro. La pátina ha manchado la chapa con pardas y negruzcas tonalidades y cromáticos ocres carnosos. En estío, su cuerpo de latón incorrupto, se calcina bajo el sol. En invierno, desnudo y aterido, reposa su eterna crucifixión.

Ayer por la tarde pasé bordeando el perímetro de bonita baranda. Lo vi, como de costumbre, clavado en silencio y sin queja. Su corona de espinas, por efecto de la oxidación cuprosa, ha tomado un verdoso claro, como si quisiera reverdecer. Detuve mi paso lento y recordé años atrás cuando frecuentaba, con mi madre, la vera de sus pies. Por aquel entonces era yo un niño flaco y canijo, casi siempre enfermizo, casi siempre en el despacho del doctor. Mi madre, la buena mujer, le ofrendaba unas flores caseras, cosechadas en los tiestos de la azotea: gladiolos, dalias o algún jacinto. Al ramito humilde acompañaba unas oraciones de rodillas, en una postura de respeto y reverencia, implorando mi mejoría. A veces en compañía de otras mujeres y tantas veces en soledad. Aquellos tiempos han pasado, cuando las mujeres se acercaban a pedir públicamente milagros, curaciones casi imposibles y a atemperar sus aflicciones domesticas.

Ayer, al pasar, pregunte por el niño aquel. Me dijeron que murió..., y he seguido viviendo yo, sin él. Se llevó en su ataúd la niñez; la inocencia, la ingenuidad, también la gorda peonza y las canicas cristalinas. Ahora voy por el camino, jugando a manchar papelitos con tinta estilográfica.

Cayó la noche como un borrón renegrido en la cuartilla. El Cristo de mi niñez es custodiado ahora por cuatro farolitos, compañeros fieles al oscurecer, que refulgen argentos resplandores como sus hermanas celestes. No deje flores, pero si que en silencio susurré al pasar:

“Gracias, Nazareno”

Y por no ser primavera, no anduve yo pidiendo escaleras, como el poeta, para desenclavarlo de la cruz. Lo abandoné a su suerte en el Gólgota para que pagara todas las culpas de la humanidad. ¿Y pagando acaso también mis culpas? Sin duda.

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