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Microrrelato. "¿Quieres bailar?"

quieresbailarquicoEstán esperando que las saquen a bailar. Poco antes han brindado por la felicidad de la recién desposada, una amiga del grupo, y han visto a los novios abriendo el baile con el vals inicial. Las dos de la izquierda parecen haberle echado el ojo a algunos de los posibles pretendientes que deambulan por la sala donde se celebra la boda, los cuales, a su vez, hacen un recorrido visual por la estancia en busca de una chica de su agrado. Las dos de la derecha, muy risueñas ellas, acaban de tener una conversación que les ha provocado la risa:

-¿Te acuerdas del majadero aquel que se ha sentado varias veces junto a mí, en el cine, y que me puso la mano en el muslo en dos ocasiones?

-Claro que me acuerdo del machango ese.

-Pues ya escarmentó.

-¡No me digas! ¿Qué le hiciste?

-Le clavé un alfiler en la mano. Y, para su bochorno, coincidió con el momento en que se encendieron las luces del intermedio. Pegó tal grito que todo el mundo se le quedó mirando. Se puso rojo de vergüenza y se fue del cine a toda mecha.

-¡Qué buena estuviste!

La que aparece sentada en el centro, tan joven como bonita, preciosa para mis ojos, es mi hermana Marisa; tiene dieciocho años en esa foto de 1962, y se está haciendo la interesante porque se ha percatado de que un chico con fama de don Juan se ha fijado en ella. Ni lo mira cuando él se acerca.

-¿Quieres bailar?

Un tanto despectiva, con ganas de contestarle que no se había hecho la miel para la boca del burro, estaba a punto de decir que no, cuando, de repente, empezó a sonar una música que siempre la había fascinado: “Aquellos ojos verdes”, interpretada por su orquesta preferida, Ray Coniff, cuya letra se sabía al dedillo. La cantaba a menudo, pero nunca la había bailado con nadie y le fue imposible negarse a la petición. No por el solicitante, que, sin embargo, resultó ser un bailarín excelente, sino por la música. Por ella se dejó llevar, ligera, encantada, soñadora, y, ante los ojos asombrados de sus cuatro amigas, que ya vislumbraban un romance a la vista, encandiló a su acompañante cuando, transportada por el baile, dejándose llevar, miró a su acompañante con simpatía y se puso a cantar:

Aquellos ojos verdes,
serenos como un lago,
en cuyas aguas quietas
un día me miré.

 

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