Menu

Microrrelato. "Piedras en los bolsillos"

piedrasenlosbolsillosquicoMe sentía triste cuando me sacaron esta foto. Ya me había puesto la ropa de los domingos para ir al cine, a la función de las tres, y estaba ilusionado con la película que iban a echar, “101 dálmatas”, una de mis historias preferidas. Pero mi gozo de niño de nueve años cayó pronto en un pozo. Con cara de pena, mi madre me dijo que no me podía dar la peseta y media que valía la entrada, que sólo disponía de una peseta, ya que, “como tú sabes, mi hijo, estamos a fin de mes, y las perras no dan para más”.

-¡Ay, mi amor! Lo siento de veras. Mira a ver si tu padre te da lo que falta.

-¡Qué va! Seguro que me va a decir lo mismo de siempre, que no se oye nada por culpa del viento –contesté, desconsolado, y así sucedió efectivamente cuando fui a pedirle la media peseta. Ni siquiera desvió la mirada de la novela de Silver Kane, de indios y pistoleros, que leía con atención, para repetir la socorrida frase. Dichoso viento, pensé mientras salía de mi casa, con las lágrimas a punto de saltárseme, y fui golpeado por el vendaval que soplaba aquella tarde. A veces, mi madre me metía piedras en los bolsillos “para que no te eches a volar, mi amor, que pareces un alfeñique”.

-¿Vas a ir al cine? –me preguntó, hurgando en la herida, un vecino aficionado a la fotografía, que aseguraba que yo era fotogénico–. Sonríe un poco, mi niño, que si no vas a dar una triste imagen –añadió, pero yo no pude satisfacerle porque estaba haciendo un gran esfuerzo para tragarme las lágrimas, sobre todo cuando vi pasar por la calle, rumbo al cine Universal,  a algunos de mis amigos.

-No, no puedo ir. Estoy castigado –mentí, simulando que me reponía, pues no tenía ganas de contarle el verdadero motivo de mis tribulaciones. Era tanta la tristeza que sentía por no poder ver las aventuras de los dálmatas que me encabrité y, protestando contra el mundo, decidí volver a casa y  romper con rabia las revistas del Capitán Trueno y del Jabato que quería llevar al cine para “descambiarlas” por otras que no había leído, que es lo que hacíamos los niños a las puertas del local antes y después de la función. Y estaba a punto de despedazar los comics de mis grandes héroes cuando se produjo lo que a mí me pareció un milagro: mi padre me llamó y, ante mi asombro, después de decirme malandrín y piratilla, me dio media peseta para la entrada y un real para comprar caramelos.

-Gracias, papá –le dije varias veces mientras lo abrazaba efusivamente. Después cogí las revistas y salí “escopetiado” hacia el cine.

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento