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Microrrelato. "Como el agua que llena la alberca"

eulalionuevaNo siempre escribimos para los vivos, avanzado abril, acudo a LA PROVINCIA/DLP para que de favor en la sección de decesos y obituarios me publiquen unas líneas para mi queridísimo padre.

Las noticias de hoy pasaran mañana a alfombrar la jaula del pájaro, otras veces limpian las lunetas del automóvil y cuando no serán juguetes del viento, cual chiquillo travieso e irreverente. Por todo ello he querido salvar este obituario y reeditarlo en un medio digital.

En abril corro al buró impaciente a escribir unas líneas. Los nervios acumulados buscan un resuello como el vapor la válvula y la espita de la cafetera. Y todo en mí es un clamor silencioso, una profunda batahola de sentimientos que van del ánodo al cátodo del corazón y no vivo hasta que se publique:

Esta primavera está resultando un poco seca, la ausencia de lluvias, es preocupante y me he visto obligado a regar a menudo nuestro jardincillo, ese que tú fuiste conformando con aspecto desordenado y selvático. El otro día con ropa deslucida y zapatos astrosos, propios para la faena, tomé la manguera y comencé por los parterres. La manga brotaba de mis manos con fuerza y el agua cana se perdía por entre las hojas de los variados helechos que alfombran el albero. Los rosales de magnolias fueron los primeros en beber; les siguió los macizos de calas, continúe con los gladiolos salvajes y las silvestres lágrimas de la Virgen. Los mimos con sus inaudibles campanillas no se inmutaron a mi roce y he tenido especial cuidado con las pendulares flores de cera. Se ha formado un pelotón invernal y sin floración: las hortensias, las dalias y el agapanto. El alto níspero está rociado de pepitas de oro amarillo y el naranjo tiene un velo blanco y oloroso que rivaliza con el aromático heliotropo. Al lado de la strelitzia, nidal de pájaros del paraíso, crecen cardos en vilanos y un puñado de ortigas. Estas hierbas dolorosas me han hecho rememorar la resiente Semana Santa.

Los redobles de tambor y el traqueteo de la matraca, anuncian la Magna Procesión a las autoridades, patricios y al populacho. El portón del frontispicio del templo de Gáldar se abre, cual telón teatral. Los tronos desfilan isócronos, con gran majestad. Jesús flagelado en la columna. Cristo arrastrando la pesada cruz. Ora clavado a los maderos y por ultimo yacente en el féretro. La Virgen agónica cierra el cortejo, escupiendo la hiel.

Los pasos están construidos con finas maderas, plata repujada y nobles mantones bordados. El suelo de las peanas es un vergel de arreglos florales: anturios, gladiolos altivos, azucenas, nardos y costillas de Adán. Pero no he visto los cardos ni un manojillo de ortigas.

Y ahora pienso, en mi venidero futuro, cuando llegue mí último aliento. El ataúd en lo alto del catafalco, en un cuarto solitario. El cuerpo, tiritando asustadizo, ya solo le resta estercolar el nicho que lo aguardaba con su infinita oscuridad y el tétrico silencio de cavernas.

¿Habrán acompañantes? ¿Una oración? Tal vez. En andas, al sepulcro, me han de llevar. Y estará libre para entonces mi alma. Correré a trompicones, si hace falta, a tu encuentro papá. Y se me empañaran los ojillos del alma al verte, como lo hacen ahora estos carnales y verdosos como el agua que llena la alberca.

 

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