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Microrrelato. "Sucesos en la Villa del Agua"

aranzazumujica2017Pocos minutos faltaban para el ocaso. Los vecinos de Firgas aguardaban en la avenida principal, en las azoteas de sus casas o apoyados en los balcones y ventanas. Todos guardando el respetuoso silencio que se espera de aquellos que han sido educados en las tradiciones mas ancestrales.

La luz natural se extinguía y desde un extremo de la calle ya se divisaba el negro manto de la noche, transportado por Don Galván, el Párroco.

Los anocheceres en Firgas estaban a cargo de Don Galván, que sobre su bicicleta blanca de gigantescas ruedas brillantes como el sol, recorría solemne la calle principal cubriendo el cielo con la vaporosa túnica salpicada de estrellas, atada con una fina soga kilométrica a su brazo derecho como si de una monumental carpa se tratara. El sacerdote, orgulloso de tan importante cometido diario, había incorporado un altavoz a su flamante vehículo de dos ruedas, desde el cual se derramaba música sacra a medida que avanzaba por la avenida, haciendo que el espectáculo ofrecido en cada ocaso tuviese su propia banda sonora celestial, extasiando aún más los sentidos de los allí presentes.

A través de aquel altavoz la melodía se tornaba líquida. En la mente de los que se dejaban llevar por sus inmaculadas notas, de repente los cánticos eran fuentes de agua cristalina, cascadas que acariciaban los sentidos o manantiales límpidos y apacibles en medio de la nada silenciosamente dulce de sus cabezas. De este modo perdían las gentes la noción de la realidad por unos instantes, extraviados entre sus propias fantasías, perdidos en el incesante fluir del agua que brotaba desde lo más profundo del altavoz.

Siguiendo a Don Galván, como si de una procesión se tratara, iba siempre Don Cirilo, que hacía las veces de monaguillo en horario nocturno, y concejal del ayuntamiento durante el día. Cirilo, ataviado con una elegante indumentaria negra rociada de minúsculas estrellas titilantes, iba recogiendo del asfalto empedrado las monedas de oro que los exaltados feligreses dejaban caer en las fuentes y manantiales de su arrebatada imaginación. Luego las introducía en el saco de las voluntades, un pequeño bolso de esparto que más tarde era vaciado en algún lugar que solo él y Don Galván conocían.

Los niños, que por su corta edad no podían ser abducidos por el continuo fluir del altavoz, clavaban sus asombrados ojos en la gigantesca manta oscura que flotaba sobre sus cabezas engullendo la claridad del día a su paso, sin dejar de sentir cierto temor secreto ante la magnificencia de Don Galván y el inmenso poder que esgrimía subido sobre su bicicleta luminosa.

Sin embargo entre la embelesada multitud se concentraban como cada anochecer, aquellos adultos que se resistían a la imposición de la noche, la música líquida y las consecuencias de dejarse llevar por el éxtasis. Ubicados estratégicamente en varios puntos de la avenida, aguardaron hasta que uno de ellos dio la señal de aviso para actuar.

Un ligero movimiento de cabeza bastó para que todos a una, sacasen de sus bolsillos las cachimbas de cristal y soplaran por sus boquillas. Un enjambre de burbujas de colores vivos emergieron de aquellos extraños instrumentos de vidrio. Burbujas de tamaños variados y colores diversos, transparentes y brillantes, elevándose sobre los allí presentes e impregnando el aire de aromas dulces. Fragancias florales que se colaban por las fosas nasales de los asistentes, los alejaba de sus visiones, despertándoles de su líquida ensoñación. Poco a poco volvían en si, y se maravillaban contemplando el lento vuelo de las burbujas, ascendiendo hasta mezclarse con el negro manto y salpicándolo de colores. Los niños reían y saltaban en un intento de atrapar aquellas hermosas burbujas con sus pequeñas manos.

Don Galván, bastante molesto pero sin dejar de pedalear soltó un gruñido al comprobar que su altavoz había sido desconectado. Tal vez mientras él mismo admiraba la belleza de aquellas burbujas flotantes, alguno de aquellos irreverentes había aprovechado para cortar el conector del aparato. Y ahora los vecinos se agachaban a recoger las monedas que quedaban sobre el suelo empedrado, charlando animadamente mientras regresaban a sus casas.

-Otra noche más que nos jodieron la recaudación, Don Galván –Susurró Cirilo acercándose al sacerdote a paso ligero.

-A partir de mañana pipa que veas, pipa que confiscas...me oyes? –exclamó el cura, visiblemente irritado- Y ahora llama al alcalde y dile que necesitamos otro altavoz más grande y potente para el próximo ocaso. ¿Queda claro?.

-Como el agua, señor...Nos pondremos a ello!

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