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Microrrelatos. "Cogiendo caracoles"

cogiendocaracolesquicoTodas las fotos encierran recuerdos que la memoria reaviva. Ésta, en la que mi madre y mi hermana posan para mí, guarda una de tantas historias cotidianas de familia que ahora evoco con cierta nostalgia. A las dos les encantaba ir a coger caracoles después de que la lluvia dejara el cielo abierto al sol, que era justamente lo que había pasado aquel día.

-¡Vámonos al barranco de Guayadeque, que ahora debe haber un montón! Y mi hija tiene un antojo –dijo mi madre, con cierto tono de mimo en la voz, pero con mirada de “quiero ir”. Sobre la marcha, mi hermana, seducida por la idea, se terminó de echar el café y, a pesar de su estado avanzado, se levantó ligera de la mesa y se fue a su habitación diciendo “me voy a cambiar”. Y yo no pude negarme. Estaba recién almorzado, había comido y bebido por dos, y tiraba más por echarme una siesta que por ponerme a conducir en aquel estado, pero me sacudí la modorra y las llevé a Guayadeque.

Cuando llegamos, antes de comenzar la faena, les pedí que posaran para una foto y mi madre refunfuñó, alegando que no había tiempo para retratos, que a lo mejor empezaba a llover otra vez. Luego cedió y esbozó una sonrisa, aunque el brazo en jarra denotaba la prisa que tenía por ponerse a buscar caracoles. A mi hermana no se le borraba la cara de felicidad que suelen lucir la mujeres que van a ser madres, la mirada dulce, tierna, la entrañable sonrisa, la expresión en calma.

-Aquí hay chuchangos para un batallón –dije, risueño, mirando el saco donde se encontraban apelotonados. A mi madre no le gustaba meterlos en bolsas de plástico, que, según ella, les daba un sabor raro parecido al petróleo.

-Sí, mi niño –replicó –. Esta misma tarde, después de ponerlos a purgar en gofio, llamo a tus hermanos para que vengan a comer el sábado a Ingenio.

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