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Microrrelato. "Nuestro Machu Pichu"

quicoespino2016-¡Qué  maravilla de risco, Julio! ¡Es fenomenal! ¡Grandioso!

-Es nuestro Machu Pichu, Rosa.

-No me digas.

-Sí, desde que éramos pequeños. Tuvimos la suerte de contar con algunos maestros que nos traían caminando, de excursión, desde San Isidro hasta aquí; les encantaba la naturaleza, los barrancos, las montañas, el mar, y nos inculcaron el aprecio que tenían a la tierra. Siempre que veníamos a Hoya de Pineda, había alguno que comparaba el peñón con el Machu Pichu.

-¡Qué bien que me hayas traído, amigo mío! Me ha levantado el ánimo ese imponente risco, macizo como un roque. Me ha transmitido valor y energía. Hoy amanecí embajonada, apática, y, de no haber sido por tu invitación a salir de paseo, ahora estaría encerrada en mi casa creyéndome víctima del destino y auto lastimándome a base de comida basura y botes de helado.

-A mí me da por el tabaco. Generalmente lo controlo, y me paso días y semanas sin fumar; pero cuando me desanimo, por hache o por be, me puedo encasquetar un paquete o más, aún sabiendo que me sienta fatal. Afortunadamente cada vez son menos las recaídas.

nuestromachupichoquico

Rosa y Julio se miraron con ternura. La amistad que los unía duraba ya varias décadas, y cada cual vio en el otro que, a pesar del paso del tiempo, seguían teniendo la mirada despierta. Como vivían solos, ya habían considerado la idea de “enmatrimoniarse” cuando fueran viejos, y seguir siendo los grandes amigos que eran, sin dejar nunca de practicar el senderismo, que tanto les gustaba.

-¿Subimos al Machu Picho, pimpollo? –preguntó ella.

-Por supuesto, melocotón. Y te voy a coger un ramo de flores de lavanda –respondió él, y, poco después, se internaron por los caminos y veredas del peñasco, acariciados por una brisa refrescante, admirando el encanto de las plantas, cautivados por la naturaleza que les circundaba. Y cuando alcanzaron la cima y se asomaron a los paisajes se abrazaron efusivamente; a continuación, después de argumentar que el sentido del humor empieza por uno mismo, se rieron de sus propios problemas, de los sinsabores de la existencia, y, mirando al cielo, con los brazos en alto, dieron gracias a la vida una vez más.

Foto: Ignacio A. Roque Lugo.

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