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Microrrelato. "La tragedia griega"

eulalionuevaAquel lugar no era un anfiteatro de la antigüedad, medio derruido, en el extrarradio de una ciudad. No tenía el diseño de un semiembudo ascendiendo por la pina colina, conformando los sillares pétreos de las cáveas. Carecía de orchestra circular, con la tierra apelmazada, como una plaza de toros, y no contaba con una columnata rematada por el arquitrabe. Pero yo estaba allí, como un ateniense al raso, dispuesto a ver la tragedia, escrita por no sé que autor y dictada por algún dios estigmatizador del Olimpo.

El escenario, nada suntuoso, era vulgar y cotidiano, más, de este nuestro tiempo. Dos aceras contrapuestas y una lengua de asfalto en medio. La actriz principal, una veinteañera. Ella, no oteaba el horizonte desde el acantilado del puerto de El Pireo, en busca de la vela del navío del amado, ni el retorno del padre, mercader, de regreso de Biblos. La joven miraba a través de la vidriera del escaparate, los maniquís bañados con luces de neón, luciendo conjuntos femeninos de seda cruda, colores impolutos, drapeando de cintura para abajo y formando bullones ha modo de peplos griegos. Todo acompañado de un amplio surtido de complementos metálicos y de peletería.

Yo conocía, de vista, a la chica. Vivía en una obra ha medio edificar, ahora, interrumpida por la crisis económica. Dormía sobre un colchón de sacos vacios de cemento, bajo la axila de una escalera. La observé repetidas veces, husmeando en los contenedores en busca de alimentos y no sé que otras cosas. También la vi llenando botellas de agua, de una batea, en una fuente cercana. Y obteniendo dinero de forma funesta en las peores esquinas del barrio. Para comprar sustancias psicotrópicas más venenosas, si cabe, que la misma cicuta.

Un coro de jóvenes, que suman cuatro, de diversas edades, pasan a su lado riendo felices y olorosas, como un ramillete de jazmines. Van a una discoteca o terraza, a conocer a sus futuros maridos, a hablar del trabajo y la universidad, de proyectos de futuro. Por el contrario mi anti heroína continúa adherida a la vidriera del escaparate. Para ella apenas queda tiempo.

Fue espigada, como el centeno maduro en verano, con el cuello de ánfora. Los cabellos de la frente ensortijados. La melena revuelta le caía hasta los hombros, como greñas de esparto de color melaza. La tez blanca y los rasgos faciales pulidos por el mismo Praxíteles. Pero ahora solo es una sombra espectral. Pobre chiquilla que jugó en el brocal del pozo y resbaló, en caída libre, en el vacio insondable de las drogas. Para ella ya no hay futuro. Se siente el aullido del cancerbero desde el vientre del inframundo.

Un día la encontraran bajo la axila de la escalera, o dormida en el jardín de una plaza, como una gatita muerta, con el hociquillo abierto y enseñando los dientes.

No quise ver más y deje dos monedas, en el suelo, para Caronte el barquero.

¡Oh!, terrible tragedia griega, que presente estás. ¿No conocen ustedes, estimados lectores, digo mejor, espectadores, alguna tragedia griega del siglo XXI?

1 comentario

  • Josefa Molina
    Josefa Molina Lunes, 27 Noviembre 2017 10:43 Enlace al Comentario

    Guau, estupenda metáfora de la actualidad, incluida la de nuestras calles galdenses, algunas jóvenes así conozco yo también. Felicidades, Eulalio, me ha gustado mucho este texto, compañero.

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