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Microrrelato. "Elegía a los piojos"

fernandotocinonov2017Su sistema solar ya había pasado dieciocho vueltas al sol y la traslación de Adrián cogía fuerza y tino para seguir avanzando en el futuro devenir de sus años, sin embargo, su rotación pivotaba como los trompos en la aceras de firme irregular, brincando y ajustándose a las nuevas superficies. Eran los años de ser tentetieso y el perrito piloto de la feria. Era el momento de hacer balance de todo este tiempo juntos y, a la vez, revueltos.

Cada vez estaba menos presente en mi vida -me resistía a reconocerlo. Pensar que hacía casi nada que lo tenía en mis brazos chisporroteando babas de pastillas de sal de frutas y emulando a Tarzán en sus guturales sonidos. Ya desde ese momento me despertó la curiosidad al ver sus movimientos de ojos negros sin pupilas de los replicantes de Blade Runner y sus bandeos de manos estilo papahuevo culeto. Carreras varias y alocadas como Harrold Loyd y Buster Keaton tuvimos en el parque y los jardines, simulando personajes sacados de su imaginación ,y otros, de la mía. Que si “Stanley y sus amigos”, que si “Pier No Doy Una y Patán” de los Autos locos, que si “Rollie Pollie Ollie”, que si el “Correcaminos”.

Caídas en cantidades industriales y subidas a los árboles a manojos almibarados con la música de “Yo y la Tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente en su búsqueda de el hábitat del lirón careto o el Santo Grial de Arturo y sus caballeros, según mi hijo. Enterrados bajo la arena de la playa y margullando en la claras aguas de nuestros océanos, descubriendo fulas y panchonas a la vez que inventábamos un nuevo lenguaje bajo el líquido de señas y ruidos de burbujas. Visitando países que ni siquiera sabíamos el nombre pero que intuíamos que no estábamos en casa, por lo raro que hablaban y vestían, por supuesto, por los saltamontes fritos y los ojos de cordero rebozados.

Entrando a museos sin ver cuadros ni esculturas pero sabiendo que algo bueno y espectacular ocurriría allí cual capítulo de las aventuras de los payasos tarareando nuestro “naniana nianaaa”. Duchas a dúo y frotadas de espalda a cuatro manos, descubriendo como el agua salía canelosa sin saber el porqué y que nos arrancaba unas carcajadas del carajo. Lloros y llantos cuando subía la fiebre o el estreñimiento apretaba sus tuercas y las abrazaderas de la muerte.

Su primer amor y sus iniciales contradicciones que necesitaban respuestas que nunca entendió, ni yo. Si primera desilusión de amistad verdadera y la construcción de su mundo alternativo como manera de refugiarse y encontrar su sitio desde donde remontar. Lecturas miles sobre temas variopintos donde el entendimiento se camuflaba detrás de las ganas de leer, sin saber el porqué, pero sabiendo que había que hacerlo. Sus lindas faltas de ortografía que siempre eran las mismas, a pesar de las correcciones que le indicaba, y que nunca les hizo caso, mostrando ya, su propia rebeldía y sus caprichos generacionales.

Descubriendo la música como el líquido elemento de la raza humana, llegando a amarla y sentirla como nadie pueda imaginar formando parte de un nuevo lenguaje en paralelo al suyo. Sus primeros suspensos y sus primeros septiembres que le robaron sus veranos y sus horas de asueto. Nuestras broncas de contenido pero respetando las formas y los modos. Su primera amanecida y mi primera noche detrás de la ventana a la espera de lo que llegaría ahuyentando los miedos del pasado paternal.

Enseñarle a ver, y mirar para aprender porque después de aprender miras diferente. Tantos episodios para rememorar que no encuentro paquetes de folios en la librería para plasmar mis sentires a su lado.

Sin embargo, cada día está más lejos de mi. He pasado a ser el calvo con el lomo plateado que se sienta con la mirada de la bandera en la lejanía. Mis cristalinos brillantes esperando que vuelva cuando le apetezca y junte su frente con la mía y empecemos a quitarnos los piojos a dúo. Felicidad que esperaré hasta la próxima visita para olernos y desparasitarnos.

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