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Microrrelato. "Aquel día de Reyes"

eulalionuevaPor Navidad regresa a mi memoria aquel tiempo pretérito. Un episodio lejano de mi infancia, que hoy traigo a colación. No contaba todavía los siete años y la hepatitis se apodero de mi, con todos sus síntomas: arcadas ahogantes, ardientes fiebres y siempre desganado. La ictericia me achinó la piel, como si el rey Midas me hubiese tocado. Guardé reposo, encamado por meses.

Fue por entonces cuando mi padre sufrió el fatídico accidente laboral. En la caída se quebró las muñecas. No estaba afiliado a la Seguridad Social, trabajaba por cuenta propia y el trabajo era escaso. Pronto los minúsculos ahorros se sumieron por el desagüe. Carecíamos de casi todo, excepto de una infinita desdicha que crecía paralela a nuestro infortunio, a pesar de mi piel aurífera.

La caridad de la vecindad surtía: viandas, ultramarinos y grano envuelto en papel de estraza. Pepe Luis, hizo una colecta con donantes anónimos y llegaron unos billetes y un menudo estridente. El médico, un filántropo, se negó a cobrar sus asiduas visitas. Escribió sendas cartas al analista y al practicante solicitando su colaboración altruista. De la botica se encargo el párroco, un curilla nuevo y valiente.

Ajeno a todo, pasaba yo el rato contemplado la aguja hipodérmica, la caja metálica con hornillo para la asepsia de la jeringuilla y la llama azulada oscilante. Cuando no, miraba a Belén, al este geográfico, en una esquina del cuarto: Con su sacro bestiario, María, José y un niño rubio envuelto en blancos paños y mullidas gavillas de trigo.

La Navidad dio paso a la mañana de Reyes. Mi padre salió temprano con las manos inservibles, hinchadas y recubiertas de vendas. Hizo cola en aquella improvisada juguetería del pueblo mendigando un presente para mí. Las horas se eternizaron. De repente, unos pasos, ya había vuelto con dos juguetes algo escacharrados entre las manos escacharradas. Como si un niño rico los hubiese abandonado en el parque y él, al pasar, los tomase por olvidados de su dueño. El corazón me dio un vuelco y todo fueron sonrisas, menos mi madre que nos abrazaba sollozante.

Humildemente, a todos los niños, especialmente a los que viven bajo la artillería, el éxodo y la diáspora. También a los del orfanato y las clínicas. A los sin techo y descamisados de por vida. No quiero ser un hombre avaro e impío como Mr. Scrooge el personaje de Dickens. ¿Y ustedes?, señora y caballero.

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