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Microrrelato. "Un árbol un tanto...peculiar"

Aquel árbol se empezó a construir desde principios de año. Parecía chiquito pero lo agrandaban cada día un poco más. Todo aquel -que no eran tantos, a decir verdad- que pasaba por allí comentaba sobre aquella mole gigantesca. ¿Para qué un árbol tan grande? -se preguntaban algunos-. Otros criticaban sus dimensiones, ya no tanto el tamaño que iba adquiriendo sobre la superficie, sino las dimensiones económicas. ¡Ya podían destinar ese dinero para ayudar a los pobres! -exclamaban enfadados-.

mujeres unidas por una trenza

El caso es, que el árbol crecía y crecía. La gente ya aburrida ni lo miraba. Solo algún turista curioso pero sin hacer ademán siquiera de fotografiar aquel mamotreto soso, que casi aseguraba, feo.

Para el mes de noviembre el árbol lucía ya terminado. ¡Trescientos metros de altura! ¡Madre mía! Pero a nadie interesaba ni siquiera para adornarlo por navidad. ¡Era demasiado grande!

Encima no estaba ni en el centro de la ciudad donde el tránsito de gente por fechas navideñas se acrecentaba y ni siquiera tenía algo interesante a los alrededores. Tan solo un descampado donde no llegaba ni la electricidad.

A principios de diciembre, Casandra, que solía ir a correr por la zona se percató de que el árbol tenía algo nuevo sobre la copa. Por mucho que hizo memoria no recordaba que aquella cosa allá arriba fuera puesta en días o meses anteriores. ¿Qué será? -se preguntó-. Encima es enorme, parece un círculo -le comentó más tarde a su amiga Carla-.

-¿No lo fotografiaste con tu teléfono?

-No, ni me pasó por la cabeza, la verdad.

-Mañana voy contigo y llevo mi cámara de fotos. Aunque lo más probable sea que lo vayan a adornar para la navidad.

-¡No lo creo! Leí en el periódico que por votación popular nadie quiere ese árbol; encima está muy alejado del centro de la ciudad.

-Sea como sea, mañana voy contigo. Me has dejado intrigadísima.

A la tarde siguiente, antes de que oscureciera Casandra y Carla emprendieron el trote desde sus casas. A lo lejos se divisaba aquel árbol enorme, abandonado.

Conforme se acercaban, Casandra se frotó los ojos.

-¡No puede ser! Debe ser que estan trabajando en él por las noches. Hoy tiene algo más.

-¡No sé, yo lo veo igual! De todas maneras vamos a acercarnos más. Estoy exhausta pero necesito acercarme un poquito para fotografiar la copa.

-Mira -dijo Casandra mientras paraba-. ¿Ves como una especie de espumillón que le cae por las ramas?

-Acerquémonos, que no tengo tan buena vista como tu.

Efectivamente era una especie de guirnalda que caía por sus ramas. En cuanto se acercaron pudieron tocarlo. No era ese adorno tan típico navideño de colores brillantes. Estaba hecho con miles de hebras de hilo fino trenzado, brillante y perfumado.

-¡Qué suave es y qué bien huele! -dijo Carla mientras lo acercaba a su nariz-.

-Es raro este espumillón, Carla -dijo Casandra al acariciarlo con suavidad-.Son trencitas muy finas y no parece hilo, parece hecho con cabello ¿Te fijas?

-¡Es verdad! ¡Es curioso! Pero no puede ser cabello porque hay varias guirnaldas que le caen desde la copa. ¡Cuanto pelo, madre mía!

-Bueno, si juntamos todo el cabello que se nos cae en cada lavado de cabeza yo creo que haríamos trenzas hasta abrazar el mundo entero ¡ja ja ja!

-¡Qué exagerada eres! ¡Anda! ¡Está oscureciendo y no he fotografiado la copa del árbol!

-Tendremos que venir mañana de nuevo pero un poco más temprano.

-¡Hecho!

Al día siguiente salieron, más temprano, por supuesto.

-Desde aquí pillo bien y completa la copa del árbol ¡Clic!.-disparó Carla-.

-¡A ver, déjame ver la foto! - se impacienta Casandra-. ¡Ahí va! ¿Es un círculo rodeado de trenzas?

-Espera que la agrando un poco más. Es un circulo, pero lo forma otros círculos más pequeños y de cada tres sale una trenza de este cabello perfumado y cae por las ramas hasta el suelo.

-Esta preciosidad debe medir, por lo menos y sin exagerar, alrededor de unos veinticinco metros de altura.

-Pero para poner eso haría falta el trabajo de uno o varios helicópteros sin contar que tuvieron que ponerlo de noche porque durante el día no se ha oído ni se ha visto nada.

-Es raro, sí. Bueno, sea como sea, es señal de que lo estan adornando para las fiestas.

-Oigo gente.-Casandra miró hacia atrás viendo varias chicas trotar por la zona-. ¡Jo! ¡Esto si que es raro! Cinco años llevo corriendo por aquí y nunca me he tropezado con nadie haciendo deporte. Parece que este descampado le está gustando a la gente ¡Así, de repente!

-Eso es bueno, Casi. Debe ser el árbol que las atrae.

-No, no, no. ¡Qué dices! El árbol ha espantado aún más a la gente, Carla. ¡Ja, ja, ja, ja!

-A ti nunca te ha espantado. Y yo, que nunca he venido por la zona ¡Mírame! quiero venir a correr contigo cada día y quizás aquellas otras -señalando otro grupo de mujeres justo detrás de Casandra- también ya se han animado.

-¡Vaya tráfico hay hoy por aquí! -exclamó Casandra asombrada-.

Los días se sucedieron y el cambio más significativo en el árbol no fue el árbol en sí sino la gente; en su mayoría eran mujeres que se acercaban para ver, tocar y oler aquel espumillón de cabello trenzado tan sedoso y perfumado en colores plata, negro, dorado, cobrizo, gris ceniza...

Cada día brillaba más aquel círculo que adornaba la copa del árbol pero lo más sorprendente fue cuando descubrieron algo tan curioso como diminutas gotas de agua que poblaban todas las ramas y cada palmo de ellas. Gotas que no se evaporaban, ni caían al suelo, ni se congelaban. Eran gotas límpidas que brillaban bajo la luz del sol y más aún si cabe bajo la luz de la luna conjugando de la manera más pura con el titilar de las estrellas.

En el correr de los días, Carla y Casandra se fueron dando cuenta de que el lugar cada día se llenaba de mujeres, muchas mujeres. Por algún extraño motivo ese árbol las llamaba, las reunía a todas. Se empezaron a formar pequeños grupos y luego los propios grupos formaban otro mayor y otro. Charlaban, reían, se aconsejaban, lloraban por alguna compañera y jubilosas celebraban los méritos de otras. Parecía un lugar mágico, sin duda.

Y lo era.

De manera espontánea toda aquella multitud de mujeres fueron llegando hasta el pie del árbol en Nochebuena. Ninguna sentía la necesidad de explicar ni de buscar explicación a ese deseo de querer estar allí, tan solo fueron llegando en silencio para observar durante la noche aquellas gotas de agua que relucían de una manera mágica sobre las ramas. Todas y cada una de ellas miraban con atención aquel espectáculo de luz. Cada gota de agua era idéntica y a cada gota de agua le llegaba el suave y perfumado roce del espumillón trenzado. Y es que cada gota de agua era la historia de una mujer que estuvo y que se fue pero que perdurará en el tiempo. Cada gota de agua transmitía a las mujeres con sus destellos, todo sufrimiento, toda alegría, toda lucha, todo fracaso de un ser femenino que habitó en la tierra y que perdurará en el tiempo.

Mas arriba, en la copa del árbol, de pronto, se encendió aquel círculo del cual manaba cabellos trenzados de todos los colores y formas; brillantes, sedosos, perfumados...

Brillaba con todo su esplendor. Pero no relucía porque estuviera encendido -ya os dije antes que a ese descampado no llegaba la electricidad- sino porque la sororidad reinante entre las mujeres lo hacía refulgir de una manera espectacular.

En ese preciso momento cada una de ellas fue iluminada y desde entonces cuando una mujer fue asesinada, violada, maltratada...todas al completo sufrieron y sintieron el mismo agravio.

 

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