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Relatos al socaire del alisio (X): El Lector (4)

juanferreraTodos los jueves, a las siete en punto de la tarde, leía con entonación forzada y como si declamara, las obras de teatro elegidas por mi tercer y último lector pasivo: don Israel María de los Juncos de la Vega, actor y director teatral, que había atravesado un mundo donde los cómicos, primero, ensalzados fueron y, posteriormente, en la última dictadura, gozaron del mayor de los desprestigios, sobre todo, por no encarnar los valores patrios ni la moral católica en cuanto a sexualidad. Sin embargo, don Israel María, hombre de fuerte personalidad, nunca se amedrentó: su jovial carácter y natural simpatía eran las armas utilizadas para doblegar a la autoridad más estricta, a la que siempre convencía de la bondad de sus propuestas artísticas.

--- Cuando terminemos con Benavente, continuaremos con Lorca y Shakaespeare, alternativamente, profesor.

Yo sabía que leía bien, con la entonación adecuada y las pausas precisas, pero leer teatro en voz alta se me hacía harto difícil. Además, don Israel María, con una experiencia a prueba de bomba, era perfecto conocedor de mis limitadas impostaciones de voz, pero nunca me dijo nada ni recibí reproche alguno. Sí llegué a pensar que mi torpeza declamatoria le servía de puente para adentrarse en su mundo interior donde volvía revivir el espacio de las tres paredes, dirigiendo a los actores desde el mismo patio de butacas. Era todo un personaje don Israel María: aún lucía un cuidadoso pelo largo, blanco casi en su totalidad, ojos saltones en los que una mirada juvenil aguantaba sus setenta y cinco años, que ni por asomo aparentaba. Flaco, ágil, desinquieto y muy crítico con el comportamiento humano, al que casi siempre le estaba enmendando la plana. Ejerció de actor y participó en Madrid en alguna que otra película muda, pero decía que su verdadera pasión estaba en los escenarios “donde poder sentir la respiración del público y el aplauso final”. Pero un día de diciembre no me dejó leer. Me indicó dónde sentarme: en un gran salón medio vacío de su casa, el mismo lugar en el que había impartido clases de interpretación. Él, sobre una tarima, interpretó el trabajo más personal e íntimo de su vida; al menos así lo creí yo:

El Lector 4

-- Esta historia comienza un jueves, 23 de junio de 1921, en que mi amigo Leandro, en este mismo salón, me planteó el mayor ataque a la sensatez que en mi joven vida entonces había recibido. He de reconocer que sus palabras me impactaron y hasta me dejaron medio traspuesto. Pero no fue un ataque de gestos airados, ni de poses falsas e hipócritas, sino de palabras que surgen del dolor más íntimo. Aún así rechacé la fatal iniciativa de mi amigo, pero su insistencia doblegó mi incipiente vanidad, a la que quería dar rienda suelta: yo también fui uno de los actores. Dirigí plenamente consciente aquella propuesta: había movido la escena y los espacios con los personajes del momento y los figurantes en su sitio. Aquel silencio del viernes, 12 de mayo de 1922, a las ocho y media en punto de la noche, debía salir de la alcoba de Clara Isabel dando ahogados gritos de dolor y ayes que acallaran las palabras no dichas. Y entré rápidamente y sin aliento al salón donde Leandro estaba para rogarle su presencia donde su esposa. Leandro y su suegro corrieron despavoridos y temiéndose lo peor. Yo, en segundo plano, como un perfecto engranaje de reparto, anuncié al servicio lo sucedido al mismo tiempo que me convertía en guardián de la habitación. Solo cuando salieron acongojados marido y padre, entró el doctor que, inesperadamente, llegó antes de la hora acostumbrada, las nueve de la noche, a realizar su chequeo diario; luego, con la confirmación oficial, dejé entrar al servicio para que atendieran a Clara Isabel, cuyo semblante, en la muerte, parecía haber adquirido el tono y expresión anterior a la enfermedad: su belleza había regresado para despedirse definitivamente. Todo transcurrió con normalidad suiza y nada quedó al albur. Nunca hablé con Leandro de estos últimos momentos, donde la representación había llegado al triste clímax final. Hasta que hace unos días me visitó y me entregó este libro, pequeño y viejo, como yo. Y la vida me ha dado otro vuelco de dolor y me ha devuelto los juveniles tiempos aquellos... Clara Isabel ha vuelto a renacer y su natural belleza hace noches que no me deja dormir: vive en mis sueños que, en disposiciones arbitrarias, atormentan mi descanso. Y se lo he dicho a Leandro: la he vuelto a ver como entonces. No me ha dicho nada; se ha despedido con un adiós sincero y envejecido; acaso como también lo estoy yo. Y también mis amigos Leonardo y Leopoldo. Siempre fue especial Leandro: nunca estaba contento del todo ni relajado, ni cuando los negocios le marchaban viento en popa; ni cuando patrocinó una de mis representaciones en el Gabinete Literario. Siempre fue diferente. Y hoy ha regresado para cerrar viejas historias que...

Y con un gesto con su mano derecha acabó la frase. Me entregó “El tiempo aquel” con una disposición plenamente teatral, como el actor que sobrepasa la frontera del escenario y se acerca al público. Lo cogí por educación y porque pensé que era el final de la actuación:

--- Gracias, don Israel ---le dije al tiempo que me dispuse a salir de aquella representación vital y única. Allí lo dejé, respetando el silencio de la casa y el frío de diciembre.


(El próximo viernes, 15 de diciembre:
EL LECTOR (y 5)

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