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Fuegos de artificio

leonilojulio2017No sé a qué se debe, si existe o no algún motivo, sin embargo suele asociarse lo festivo al ruido. No me refiero, ni mucho menos, a ese ruido generado por la aglomeración humana en los momentos más álgidos de la fiesta. Quizá ese sea un elemento bien motivado, pues la generación de ruido habrá de mantener una proporcionalidad directa al número de personas que se incorporan al referido evento. Tratándose de tal circunstancia todo queda cabalmente explicado. Lo que no está tan claro, al menos en determinados lugares, es el modo de asociar lo festivo al ruido que genera la pólvora al explosionar.

Cualquier actividad festiva que se precie, hace de la pólvora – de sus explosiones – el referente de su programa. Ya se trate de las festividades patronales, ya sea otro tipo de celebración, es común sentir las reiteradas explosiones y comprobar cómo, durante un tiempo proporcional al interés de notoriedad de la corporación, si observamos el cielo de la ciudad podemos ser testigos de un espectáculo de cromatismos diversos. Me refiero a la proporcionalidad del tiempo de la susodicha actividad pues, dado el costo de tal sucesión de explosiones, las mismas durarán más o menos dependiendo de las disponibilidades económicas del lugar. Salvo, claro está, que logre a alguien con disponibilidad para sufragar tal dispendio de pólvora.

Para no alejarnos demasiado, pondré como referente las recientes celebraciones. En concreto, el fin de año. Festividad, donde las haya, digna de poner en marcha un mecanismo pirotécnico que irrumpa en mitad de la noche, tras las consabidas campanadas, para romper – si lo hubiese en esas fechas – el frágil silencio nocturno. Me llama poderosamente la atención cómo, tras esos reiterados anuncios de final de la crisis, la orgía de fuegos de artificio de este cambio de año fue bastante sonora y duradera. Quizá, quién lo puede saber, utilizan la sonoridad de las explosiones como eficaz anuncio de la finalización de esa crisis económica que, durante casi una década nos ha sumido en una suerte de depresión. Ya saben, para mantener a la población contenta y sin que dedique su pensamiento a cuestiones trascendentes, lo mejor es fomentar el consumo.

A propósito de la década, fue hace ese tiempo, cuando pude contemplar como ardía la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Cuando el 2007 daba paso al 2008, aún a expensas de los brotes verdes del segundo gobierno de Rodríguez Zapatero, pude sentirme un Nerón cualquiera que desde las colinas de Roma contemplaba como ardía la ciudad. En mi caso, el lugar de privilegio para la observación del derroche de los fuegos de artificio fue otra colina. Desde Los Giles se puede contemplar el norte y el este de la ciudad, incluso la zona sur de esta. En ese momento, desde tan privilegiada atalaya, pude descubrir cómo la ciudad toda se transformaba en una especie de campo de batalla, donde las explosiones en las distintas zonas de aquella competían entre sí, para comprobar cuál de ellas provocaba un mayor ruido. Casualmente, la crisis se hizo realidad, finalizando con ella los despilfarros pirotécnicos.

En esta ocasión, cuando quienes saben de ello, nos advierten de la finalización de la crisis, se reanuda el descontrol con los fuegos de artificio. Este tipo de actividad debe ser al final de la crisis lo que el sonido de la pianola es a la llegada del afilador. Profesión, que por mor de la tan cacareada crisis ha ido incorporándose de nuevo a las calles de las ciudades. Claro, quizá también se nos vaya con aquella o quizás no, pues si hemos logrado un poco de cordura, habrá de continuar animándonos con sus reclamos musicales, preferibles a los ruidos ensordecedores de las explosiones de la pólvora.

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