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El alfar de los recuerdos III: a propósito de una vendimia en Amagro.

El alfar de los recuerdos III: a propósito de una vendimia en Amagro.

Muchos años atrás, por motivos profesionales, nos vimos obligado a residir ocasionalmente en la hermosa y siempre recordada localidad gaditana de El Bosque, andadura primera del pequeño Majaceite e integrante con Villamartín, Bornos, Prado del Rey y Villaluenga del Rosario, de la comarca serrana de las Cinco Villas, feudo de olivares y cercana a la feraz campiña jerezana.

ven_01Desde allí, incansable viajero, supimos de Zahara de la Sierra, Olvera, Algodonales, San Fernando, Puerto Real, Chiclana, Sanlúcar de Barrameda, Puerto Real, Ubrique y Puerto de Santa María, amén de tantos otros pueblos. Y desde entonces guarda nuestra memoria las imborrables estampas de los extensos y verdes viñedos, la grandiosidad de las bodegas de Jerez de la Frontera y el deleite de sus exquisitos vinos.

Después, por las mismas circunstancias, convivimos dos inolvidables años con la buena gente de Santiago del Teide. Emigrada a Venezuela la mayor parte de la población, con la excepción de los habitantes de Puerto Santiago, entonces ajenos todavía a la eclosión turística de los Gigantes y Playa de la Arena, afluyó al cumbrero municipio tinerfeño un rico caudal de bolívares que corrió generoso sobre la negra lava del Chinyero, fascinante inmensidad de almendros en flor, transformando la aridez y la desolación en un edén de bienestar. Y junto al boom platanero y del tomate, creció por doquier la vid en huertas roturadas y en los parrales caseros. Desde la franja costera hasta el Valle de Arriba, pasando por Tamaimo, El Molledo, Arguayo, Las Manchas y el reducido casco urbano, no hay una sola casa que no comparta su estructura con la modesta bodega, venerada estancia de la reunión familiar y del agasajo al oportuno visitante con el vino tan amorosamente elaborado.

Era ya el tiempo en que los niños vuelven un año más a la escuela. Y tiempo también de la vendimia al modo tradicional y hecha con la alborozada participación de todos, grandes y pequeños. Lozanas me reviven las imágenes de la pisada de la uva en los patios o en el viejo y enorme lagar de las afueras del pueblo, con toda su alegría y cientos de anécdotas. Entrañable regocijo crecido con la llegada de Noviembre, pues como dice el viejo refrán, “ por San Andrés el mosto vino es “. Era la festividad de dicho santo el día escogido para catar el nuevo caldo y suponemos que tal coincidencia guardaba relación con el tiempo de elaboración transcurrido desde la vendimia y pisado de la uva y no porque el bendito apóstol empinara el codo más de la cuenta. Con tal motivo no faltaban las celebraciones familiares durante todo el día, en las que el oloroso líquido, tinto o blanco, era escanciado con generosidad al tiempo que se daba buena cuenta del infeliz cochino, cuidadosamente cebado para la acostumbrada matanza, imprescindible en tan aguardado como gozoso acontecimiento.

Media vida se nos ha ido desde entonces. Sin embargo, caprichos del destino, hemos tenido la suerte de vivir las alegres faenas de una nueva vendimia. Y esta vez, en la misma Gáldar de nuestra nacencia, en tierras de El Cerrillal, ladera roja de la mítica y sagrada Amagro. cita ancestral de pastores y carboneros. En este conocido paraje del antiguo terrazgo realengo, inmejorable mirador de un amplio paisaje de lomas entrecruzadas sobre el que destaca la blancura inmaculada de la pequeña ermita que en honor a San Isidro mandara hacer en 1642 nuestro preclaro canónigo don Marcos Verde de Aguilar y Trejo, Antonio Quesada Hernández, el tenaz empresario de Bodegas Viejo Antón, ha hecho el milagro de hacer florecer sobre el milenario erial sueños y cepas. La amplitud del cultivo, sobre el que la climatología parece garantizar salud y calidad y la impresionante espaciosidad de la nave que alberga cuanto es preciso en la enografía, auguran para sus vinos el más esperanzador futuro, cual si fuera un Tuscany canario al que solo faltaría la televisiva mansión de Falcon Crest.


El magnífico día del pasado lunes, 29 de Agosto, sin sol y fresco, congregó a la familia Quesada Medina, amigos y algún que otro espectador camuflado, en las tareas del vendimiar que por tercer año consecutivo han tenido por escenario los viñedos de Bodegas Viejo Antón, en las mismas faldas de Amagro. Y si en tal acontecimiento no hubo matanza del cochino, no faltaron sin embargo las viandas en el refrigerio reparador, el queso de flor, oloroso café, chocolate y churros, mientras Antonio Quesada, satisfecho entre sus hijos y nietos, amigos y el propio personal, recorría una y otra vez la alargada nave. Pienso que desde algún insospechado rincón, felizmente complacida, Paca Medina participaba también de la alegría de los suyos.

De tan inolvidable jornada pudiera deducirse que estamos en la antesala de una nueva experiencia agrícola en este confín de la Isla. Sin embargo, el cultivo de la vid en Gáldar, así como en la comarca, no es nada novedoso. Su existencia se remonta a muchas centurias atrás, cuando venida a menos la plantación de la caña de azúcar ante la competencia americana, el labrador galdense adaptó también las cepas traídas desde la portuguesa isla de la Madeira y las vio crecer en toda La Vega Mayor, en los cercados de El Rincón, en Taya y Anzo, en los pequeños huertos del casco urbano, en las fértiles tierras que suben desde los llanos costeros a las primeras rampas de las medianías. Viñedos y parrales que dieron lugar a la prosperidad del vecindario y que crecieran notablemente los diezmos de la iglesia del Señor Santiago.

ven_03Viñas, lagar y bodega tuvo en su hacienda de Anzo el Canónigo Verde de Aguilar, heredadas luego por su sobrino don Juan Verde de Aguilar. Vinos cosecharon los Pinedas, los Tobar, los Cachazo, los Ruiz de Quesada y muchos otros. En las huertas de San Sebastián se vieron latadas de malvasía y parrales de pie. En su casa de la Calle Santiago construyó el Capitán Quesada un lagar con la bodega y lo mismo hizo en la Calle Sol el presbítero don José Medina.

Asiduo en los viejos escritos es la Latada de la Reina, en los entornos de la Calle del Moral. Alabados, como todos los elaborados en las islas, fueron los vinos de Gáldar, comerciados a través de los puertos de Sardina y las dos Caletas.

Por cuanto llevamos dicho no nos resistimos a silenciar la cláusula testamentaria por la que el Capitán Quesada cede a su hijo José Ruiz de Quesada “media fanegada de tierra plantada de viña muy buena con diferentes árboles frutales y un celemín más que se le podría agregar por tocarme y pertenecerme hacia el barranco, cuya propiedad se halla donde dicen El Rincón, en los barrancos de Gáldar que compró el alférez D. Juan Ruiz de Quesada, mi padre y señor a Juan de Betancor y su hija y dicha cesión la hice con la obligación de satisfacer los censos que sobre sí estaban y se pagaban a los Monasterios del Sr. S. Bernardo y Santa Clara”.

La roturación de nuevas tierras y construcción de estanques por todas partes para los recién introducidos cultivos, primero la cochinilla y luego el plátano y el tomate, precipitaron el fin del que fuera durante siglos el más importante medio de vida de la mayor parte de la población de Gáldar. Sólo y acaso como esporádicos recuerdos quedaron los contados establecimientos que con el nombre de bodegas o bodegones se establecieron en distintos lugares. Recordamos entre ellos a la Casa Betancor y Reyna en su edificio que luego alojara al Hotel Inglés y más tarde a la Congregación de Jesús Sacramentado. Asimismo un bodegón en la Calle del Agua y la conocida bodega que abriera el diligente don Miguel Quesada Saavedra, propietario de la Imprenta El Norte y del antiguo balneario de Los Berrazales, hoy Casa de la Esperanza. Cerrando la lista, el ya mencionado Antonio Quesada Hernández con su Bodega Viejo Antón, instalada en la Calle Audiencia y trasladada a las magníficas instalaciones de El Cerrillal. 
No haríamos justicia si dejáramos de mencionar a nuestro viejo amigo Pepe Moreno. Él es, en mi modesta opinión, el pionero en la elaboración de vino, obtenido de sus propios parrales y guardado en su pequeña bodega familiar de Taya. Durante muchos años hemos sido huésped asiduo de la ya tradicional y anual fiesta con que agasaja en la apertura y cata de su modesta producción.

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Sebastián Monzón Suárez 

Actualizado el Viernes, 29 Octubre 2010 21:52

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