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La toponimia histórica y vicisitudes del nombre de La Aldea de San Nicolás

La toponimia histórica y vicisitudes del nombre de La Aldea de San Nicolás

(Intervención del Cronista Oficial de La Aldea en el acto institucional celebrado el 6 de mayo de 2006)

Para todos es un honor estar esta noche, en este viejo Cine Nuevo, hoy Centro Municipal de Cultura, celebrando la restitución del nombre histórico oficial de nuestro municipio. Como Cronista Oficial tengo el encargo de hacerles un breve balance histórico del origen de la toponimia local (los nombres de lugares) así como el del nombre del municipio y todas sus vicisitudes a lo largo de la historia; trabajo difícil que es sintetizar tantos contenidos en una breve exposición introductoria como ésta.

SABIDO QUE es una parte de la toponimia insular, que suma decenas de miles de palabras, de las que 12.800 ya están registradas en el libro La Toponimia de Gran Canaria, son de origen canario, antiguo lenguaje isleño, quizás sean unos 800 términos; otras proceden del portugués hablado por los primeros colonizadores maderienses, del castellano antiguo, del árabe y, la mayor parte ellas son del castellano actual hablado en Canarias.

En La Aldea de San Nicolás tenemos los nombres con clara reminiscencia aborigen como Furel, Amurgar, Tocodomán, Tibicena, Tasarte, Linagua, Guguy, Gambueza-Gambuecilla, Artejévez, etc. Pero el gran interrogante histórico es el nombre canario del valle principal o del cantón aldeano dependiente del guanartermato de Gáldar hasta el siglo XV.

Las variantes de Artevirgo-Artejévez parecen acercarse al supuesto núcleo principal del interior de nuestro valle principal. Son dos términos de clara raíz bereber, lengua originaria de los primeros canarios, que tienen un mismo sentido semántico y significado: “aldea”, “lugar de casas”, “pueblo”, “caserío”... Y lo debe ser porque, curiosamente en Artejévez está la llamada Montañeta del Puebloy el caserío que aquí se localiza a principios del siglo XVIII, según la Sindodal del Obispo Dávila se denominaba El Pueblo Canario, aunque luego se mantuvo en nombre de Artejévez hasta la actualidad. El término Artevirgo, hasta el siglo XVII, se localizaba por Artenara, quizás abarcara la actual zona de Lugarejos, según estudios del Cronista Oficial de Artenara don José Luján.

Lo cierto es que actualmente todos los municipios vecinos llevan nombre aborigen: Agaete, Artenara, Tejeda y Mogán, pero no La Aldea de San Nicolás, que desde un primer momento de la Conquista y en los primeros años de la Colonización, hace 400 años, ya se llamaba así.

Lo de “aldea” quizá se impuso por la insignificancia de la población o quizá, por qué no, por la traducción del aborigen Artejévez-Artevirgo, al castellano “aldea, pequeño caserío” y lo de “San Nicolás” por la ermita que desde un siglo atrás de la Conquista, a mediados del siglo XIV, establecieron unos frailes franciscanos mallorquines, con lo que podemos estar hablando de un topónimo castellanizado, La Aldea de Niculás o La Aldea de San Nicolás, de lo más antiguo que hay en Canarias.

El origen de la toponimia de cualquier lugar es de lo más interesante como bien patrimonial, para cuyo estudio debemos tirar mano de varias disciplinas como la Historia, la Etnohistoria, la Etnología, la Botánica, la Zoología, la Geomorfología... Con respecto a nuestro municipio exponemos sólo algunas curiosidades:

Guguy, extraordinario espacio natural, cuando se pretende transcribir, en el siglo XVIII, se ponen las diéresis sobre la “u” y en la relectura sale del pretendido Guguy sale el Güi güi. Este es un término canario relacionado con precipicios como Taguy, que se encuentra en el barranco de Siberio, en Los Galgares o los dos barrancos deGuguy y Guguillo, en El Risco de Agaete o el Guro que se halla en la cabecera de Furel.  

Tasarte, con variantes con “s”, “z”, “x” y “f”, se asemeja mucho en su traducción tomando al bereber antiguo, Tassart (molino de piedra). Al respecto es significativo que en ese valle se sitúa la montaña de Los Molinos, donde seguramente se extraía material lítico para los molinillos de mano. Tiene su variante castellanizada en el disminutivo Tasartico, su valle anexo.


 

En nuestro municipio abundan los fitotopónimos, los relacionados con las plantas, que nos hablan de paisajes verdes de siglos atrás: La Montaña de los Cedros, La Cardonera, Los Espinos, La Gamona, El Lentisco, El Sabinar, La Montaña de los Juagarzos u Ograzos y muchísimos más. También encontramos muchos zootopónimos, lugares que toman el nombre de animales, como La Cañada de las Vacas; de creencias paranaturales, como El Llano de las Brujas, de formaciones del terreno, la variada geomorfología local: Las Tabladas, La Hoya, El Ribanzo, La Punta, El Roque, El Arco y en otros tantos más, como las decenas de “degolladas” y “degolladitas”, “lomos”, “lomas” y “lomitos”.

Los antropónimos del paisaje son muchísimos, desde gentilicios a nombres de oficios y de las más diversas actividades económicas que humanizan nuestro paisaje. Son los más curiosos y quizás los que más evolucionan con el discurrir de los años. Los encontramos desde orígenes tan antiguos y perdidos en la memoria como, por ejemplo, El Roque de El Herrero, El Barranquillo de La Miel, La Cañada de Bartolo, La Cruz de la Cañavera, El Lomo de Platero… hasta los más recientes como la Subida de Juan Segura, en La Cardonera o La Milagrosa, en El Albercón. Son toponimos nacidos por pasos de propiedad; por muertes in situ,como el Andén de Cho Cabral en el pinar; por actividades diversas como las rozas (limpieza y corte de matorrales para generar campo de cultivo) de lo que tenemos El Morro de La Rosilla, Las Rosas, La Rosilla, La Roseta (claro todos un “s” teniendo que haber sido con “z”. E incluso tenemos topónimos derivados de la visualización del paisaje como El Lomo del Viso o La Vistilla o de espacios de siembra como el Lomo del Trigo.

Hasta las trayectorias de los tiempos de lluvias se relaciona con topónimos tan curiosos como el tiempo de lluvia de Chalijandra, de trayectoria suroeste, que nos llega desde Cormeja donde vivía Leandra, la abuela de Dominguita y Feliciano. Cormeja: vean como evoluciona a lo largo de los siglos desde Cuevas Bermejas y Cuermeja.

Pero, estimados vecinos, codificar, analizar y exponer un tema como éste nos llevaría no horas sino todo un trabajo de tesis. Lo cierto es que con este pequeño esbozo adivinarán que nuestra toponimia y la de cualquier municipio insular, constituye una extraordinaria riqueza patrimonial, enraizada a lo largo de centenares de años y quizás milenios en parte de la misma.

Pero el centro de atención hoy es el nombre municipal de La Aldea de San Nicolás, sus vicisitudes a partir de finales de la década de 1950, cuando se propuso sustituirlo por el de Villa de San Nicolás de Tolentino. Tal propuesta municipal se enmarca en un momento de expansión económica y demográfica del pueblo, tras la consolidación de cultivos de tomates, después de los años del aislamiento y la autarquía. La población había crecido, en diez años, en valores absolutos, 3.106 habitantes, con lo que llegaba a 8.546 habitantes, con una tasa media de crecimiento anual del 4%, la más alta, hasta ahora, de toda la historia local.

Entonces, el secretario municipal, don Juan de Zugazada y Goyarrola, consideraba que el nombre de La Aldea no estaba de acorde con el desarrollo demográfico y económico y convence a la corporación municipal de que el nombre más adecuado a su realidad sería “Villa de San Nicolás de Tolentino”. A tal efecto, en la sesión plenaria de 7 de septiembre de 1957, se acuerda iniciar los trámites del cambio de nombre con la justificación de tener informe favorable del “Sr. Cura Párroco, Maestros Nacionales, Guardia Civil, Sr. Juez de Paz y otras asociaciones” (no hemos encontrado ninguno de estos informes y de algunos de ellos dudamos como es el caso de la parroquia con un cura como don Juan Quintero enfrentado de forma muy dura con el primer edil).

El expediente del cambio conllevó un amplio informe histórico del Comisario Provincial de Excavaciones Arqueológicas y miembro de la Academia de Historia don Sebastián Jiménez Sánchez, que luego es publicado en el periódico de La Falange con el título de Tablas Históricas de San Nicolás de Tolentino, los primeros días de septiembre de 1959. En el mismo no se hacía ninguna referencia toponímica sino a la evolución histórica municipal. Fue este informe de la Academia de Historia el que influyó para que el Consejo de Ministro aprobara el cambio a pesar de la oposición de instituciones y personas influyentes a tal cambio. Escuchen bien: la propuesta municipal pasó, a principios de 1958, al Gobierno Civil de Las Palmas quien a su vez la remite a la consideración del Cabildo. El entonces Presidente de la institución insular, el hombre fuerte del régimen en Gran Canaria, don Matías Vega Guerra, asesorado por la Comisión creada a tal efecto, acuerda, en la sesión de 26 de febrero de 1958, un sorpresivo informe desfavorable. Hemos consultado en la documentación custodiada en los archivos del Cabildo el expediente. Y es interesantísimo y de plena vigencia actual la filosofía con que se impregna la justificación del informe desfavorable del señor Vega Guerra, a quien se le había dado el nombre de una calle en este pueblo. Les leo algunos de sus párrafos:

La Presidencia hace uso de la palabra para informar a la Corporación del deseo del Ayuntamiento de La Aldea San Nicolás, en sustituir el nombre del municipio por el de Villa de San Nicolás de Tolentino”. La Presidencia sigue diciendo que, su criterio personal es el que el nombre de Aldea de San Nicolás es de venerable antigüedad y de gran belleza toponímica, con destacada y arraigada personalidad pues sin duda alguna esta denominación responde a tiempos anteriores a la conquista de Canarias (…) Más adelante continua diciendo el Presidente del Cabildo que la denominación Aldea no puede significar empequeñecimiento ni ser depresivo, pues es todo lo contrario, es la historia del pueblo. Además, hace saber que existe la orientación nacional –derivada de recomendaciones de los Congresos Toponímicos- de que la conservación de los lugares tradicionales es una obligación moral de carácter internacional, a las que deben atemperarse las conductas de los pueblos, no acordándose alteraciones de nombres, donde razones científicas, históricas, linguísticas y hasta folklóricas aconsejan, casi siempre, el mantenerlos integramente.

También reconocía en aquella sesión el presidente del Cabildo que los nombres de lugar son un tesoro, cuya conservación y vigilancia nos corresponde, defendiendo esa noble pátina que el tiempo, a través de sucesivas generaciones nos lega con su historia y sus recuerdos. Aunque finaliza su intervención, siguiendo al pie de la letra el informe previo de su comisión con que el informe de mayor autoridad será el que emita la Real Academia de Historia a quien por entonces correspondía por imperativo del Reglamento de Población de 17 de mayo de 1952.

Y queda algo más que decir, lo que el señor Guerra Vega no consideró poner en el acto del acuerdo del Cabildo, pero que se dijo o se leyó del informe de la Comisión. Es la intrahistoria de la Historia, como decía Unamuno: Creemos que resulta ingenuo, por no decir infantil, que la denominación Aldea pueda ser malsonante o depresiva, cuando a juicio de cualquier opinante desapasionado resulta todo lo contrario: personal y enaltecedora, si se compara lo con aquella rica, populosa y progresiva localidad es en el día, con lo que fue y significó en un principio. Tanto valdría quitar a Madrid su título, tan celosamente defendido, de Villa, para convertirla en flamante y advenediza ciudad.


Y cualquier opinante neutral podía ser, por ejemplo, un historiador de gran prestigio en aquel momento en Canarias, como lo era el recordado catedrático de Historia de la Universidad de La Laguna el señor Elías Serra Ràfols, quien toma partido en el asunto al publicar en el periódico El Diario de Las Palmas, el 22 de enero de aquel mes, pocos días después del pronunciamiento del Cabildo, en un extenso artículo. En el mismo, a modo de resumen diremos que el profesor lagunero critica la manía de los cambios de nombres municipales tan de moda en aquel momento, empezando por Puerto de Cabras y terminando por La Aldea. Lo hace con mucho sarcasmo a niveles generales, habla de pedantería en quienes hacían estas profesiones de fe sobre los cambios toponímicos municipales en Canarias y en el Estado. De nuestro caso en concreto dice, entre otras cuestiones, que aunque La Aldea de San Nicolás se convirtiera en una populosa urbe y seguiría siendo La Aldea, o que a la gente de nuestro pueblo le ha entrado agujetas de cambio de cara y dicen, -comenta más adelante- que se sienten abochornados de que les llamen aldeanos. No sé en fin como se bautizaran a si mismos pero lo que sí me consta es que serán aldeanos más que nunca y no ya de nombre como ahora sino de hechos y de mentalidad. Al respecto titula el artículo con el nombre de “aldeanismos”. Repito que este artículo está publicado en el Diario de Las Palmas de 22 de enero de 1958, que se puede bajar de la red de Internet en la página de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. (Tambien lo puedes descargar pinchando aquí)

Sobre la duda del señor Serra Rafols sobre cómo se bautizarían los aldeanos si cambiaban el nombre de La Aldea, tengo una graciosa experiencia personal, la nota de humor que damos. En aquel entonces yo contaba con sólo diez años, viajaba en el coche de hora hacia Las Palmas. Cuando se llegaba a Agaete, después de casi hora y media de carretera polvorienta aquellos Daimler amarillos se paraban un cuarto de hora en el vecino pueblo para que los viajeros descansaran, y siempre se acercaban gentes de allí. En aquella ocasión y con la sonoridad del hablar que tenían los queridos “culetos”, siempre muy dichosos en las bromas de la rivalidad local, de lo que se puede escribir un libro; uno de ellos, a mi parecer era la Perica, dijo jocosamente alrededor del coche de hora, mas o menos así: Eh, los aldeanos no quieren ser aldeanos, ahora el pueblo será San Nicolás de Tolentino, Tolentino y ¿cómo les llamaremos? ¡Eh.. deTolentino serán ahora toleetees…!

 

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Y fue, en definitiva, como antes les dije, la influencia decisiva y final para la aprobación del cambio debió ser la brecha abierta que dejó el Cabildo con que el informe de mayor autoridad sería el que diera de la Academia de Historia, como así fue para que el Consejo de Ministros, oído el informe final aquel del máximo organismo asesor y a propuesta del entonces Ministerio de la Gobernación, acordó el 23 de enero de 1959, cambiar el nombre de La Aldea de San Nicolás por el de San Nicolás de Tolentino y no “Villa de San Nicolás de Tolentino” como proponía el Ayuntamiento. De todas formas, creemos que jugaron bien las cartas autoridades aldeanas para atraer a su causa a don Sebastián Jiménez Sánchez y quizá no presionó lo necesario el señor Vega Guerra a favor de su postura al NO, con todo el poder que tenía en aquel entonces o no quiso ser determinante contra el deseo de las autoridades aldeanas.

Queridos paisanos y paisanas, ilustres visitantes e invitados: los años no se detuvieron. A lo largo de casi medio siglo La Aldea, como auguró el profesor Serra Ràfols siguió llamándose La Aldea y nosotros, según pasaban los decenios, nos considerábamos más aldeanos que nunca, sin trauma social alguna.

Ya en los años ochenta se creó una opinión favorable en torno a la restitución del topónimo histórico. E incluso se lamentaba la perdida del mismo de la cartografía y en los organismos oficiales aunque en nuestro documento nacional de identidad, no sé por qué, empezaron a considerarnos, en los noventa, como nacidos en Aldea de San Nicolás.

 En la sesión plenaria de 29 de enero de 1991 el concejal don José Miguel Rodríguez (UNI) presenta una moción con su correspondiente argumentación histórica para restituir el histórico topónimo. Entonces yo cubría la información para el periódico Canarias7 y presencié aquella, para muchos, emocionante sesión. Recuerdo que Rodríguez una vez expuesto su propuesta ofreció retirarla a cambio de que, luego, todos los grupos la asumieran por unanimidad. Se generó un tenso debate con intervenciones emotivas a favor de los restantes concejales de la oposición (PP y PSOE). El grupo mayoritario AMATT, tras la tendencia favorable al SI de algunos miembros pide un receso para tomar una postura unánime. Tras la vuelta al pleno, el alcalde Celestino Suárez, comunica el sí de su grupo a la moción consensuada. El pleno rompió en aplausos.

Pero transcurrieron tres legislaturas más, en un espacio de 13 años, sin llevarse a efecto dicho acuerdo, hasta que en la sesión plenaria de 29 de septiembre de 2004, en que por impulso del nuevo gobierno municipal se reconsidera la propuesta de 1991, nuevamente por unanimidad de todos los grupos (PSOE, AMATT, ICAN, PP y CCN).

El final de esta crónica oficial, en este emotivo día de seis de mayo de 2006, lo estamos protagonizando hoy todos y todas, a partes iguales, en la proporción 1: 9.000, porque ya hemos alcanzado los 9.000 habitantes por el efecto inmigratorio.

Muchas gracias.

Puedes descargar el artículo completo en formato PDF aquí


Francisco Suárez Moreno.

Actualizado el Lunes, 01 Noviembre 2010 14:38

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