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El alfar de los recuerdos (1) El Carnaval

 

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 Quién será esa mascarita

que anoche bailé con ella,

era la más pura y bella

que bailaba en el salón….

 

 

Largo trecho ha de desandar la memoria para llegar al instante en que por vez primera escuchamos esta preciosa polka de salón en los instrumentos y voces de aquel entrañable grupo que fuera “ Los hijos de la noche.”.. Ella nos trae hoy, con toda frescura, las inolvidables vivencias que en las todavía tempranas horas de la adolescencia, nacieron al calor del más alegre y popular de los divertimientos: el Carnaval.

Nos dice el diccionario que la palabra carnaval es de origen italiano, del verbo carnelevare, quitar la carne y “ es el periodo de tres días que preceden al Miércoles de Ceniza, con fiestas populares consistentes en mascaradas, comparsas, bailes, etc. La palabra carnaval está unida etimológicamente a la idea de abstinencia de carne y precede teóricamente a la Cuaresma, estando relacionada con los innumerables ritos tradicionales del invierno. La explosión de alegría y el uso de las máscaras, que son sus manifestaciones esenciales, tenían en sus orígenes un significado muy distinto al de relajamiento y evasión que hoy se le atribuye, pues la risa y la máscara estaban destinadas, ante todo, a alejar los espíritus malignos. La licencia sexual del carnaval derivaba tal vez de ancestrales ritos de la fecundidad de la tierra, remontándose los elementos del carnaval a creencias muy antiguas que dieron nacimiento a determinadas ceremonias como las fiestas de Dioniso en Grecia o las saturnales y lupercales en Roma, que se celebraban en la misma época del año que el carnaval.”

Añade el diccionario que “ con la llegada del cristianismo se fue perdiendo la significación simbólica y mágica de estas fiestas, pero las prácticas sobrevivieron, amparadas incluso por el clero medieval que dio cobijo en la misma iglesia a fiestas populares groseras, tales como la del Asno, la de los Locos o la del Ciervo, en la que hombres disfrazados con pieles de animales corrían por los campos y penetraban en las casas de los pueblos.” Acaso reminiscencias de estas costumbres paganas sean, dentro del carnaval canario, Los diabletes de Teguise, Los carneros de Frontera, en cierta medida Los buches de Arrecife y los pastores de La Aldea, que usaban como vestimenta pieles de cabras y machos cabríos.

Reseña la Enciclopedia que “ el carnaval urbano ha conservado de sus antecedentes primitivos, sobre todo, la máscara. En España hubo que prohibirlas en diversas ocasiones, sin resultado práctico. Así lo hicieron Carlos I en 1523, Felipe V en 1716-17 y 1745, Carlos IV en 1799 y otros más. Mientras tanto las mascaradas públicas alcanzaban gran difusión y esplendor en toda Europa, especialmente a partir del Renacimiento siendo las más famosas las italianas de Roma y Venecia. Esta última, en cuya celebración intervenían el mismo dux y el senado veneciano, alcanzaba una solemnidad y una riqueza inigualadas, duraderas hasta el siglo XVIII. A comienzos del citado siglo, el carnaval francés introdujo la novedad de los fastuosos bailes de máscaras, costumbre que pasó muy pronto a España y rápidamente prohibida por Felipe V, si bien hay constancia de que a mediados de siglo se celebraban diversos bailes de disfraces con pretextos más o menos benéficos en algunas ciudades españolas, siendo el momento de apogeo de tales bailes en el siglo XIX. Mariano José de Larra dejó espléndidas descripciones de los bailes públicos y privados que se celebraban en Madrid de 1834 a 1836. En Barcelona, los bailes de la Lonja y del Liceo servían de expansión a la sociedad burguesa, mientras las clases populares acudían al famoso Ball de la batacada que se celebraba en unas cuadras de la calle de las Tapias.

Otras manifestaciones populares alcanzaron también gran esplendor. Tal era en Madrid el entierro de la sardina del miércoles de ceniza, pintado por Goya y descrito por Mesonero Romanos en sus Escenas matritenses, que empezaba con una procesión burlesca en la que se parodiaban los cánticos y ceremonias eclesiásticos para concluir con el entierro de una sardina, celebrado en medio de general bullicio.” En Las Palmas, esta simpática ceremonia tenía lugar, a mediados del XIX, en los jardines de don Cayetano Lugo, alcanzando sus mejores épocas bien avanzado el siglo XX con bailes en las más importantes sociedades de entonces y la colaboración artística de destacadas figuras, principalmente el pintor Néstor.

Si bien en algunos lugares se han ido recuperando las primitivas costumbres, es cierto que las fiestas carnavalescas han perdido la espontaneidad popular. Los grandes festejos de las llamadas tradicionales sedes del carnaval, Viareggio, Niza, Munich, Cádiz, Tenerife y ahora Las Palmas, por citar las más renombradas, son meros espectáculos destinados a la captación del turismo. Tan solo el carnaval brasileño ha conseguido conciliar el fausto artificial con las tradiciones típicas, vivas aún, nacidas del folklore local y cultivadas con entusiasmo por los habitantes de los barrios más humildes de Río de Janeiro y de Bahía, al calor de las famosas escuelas de sambra, cuya aportación multitudinaria le dan a la fiesta un inigualable colorido.

Del carnaval que antaño se celebraba en Gáldar, conservan nuestras retinas confusas estampas, borrosas por la lejanía en el tiempo y la corta edad. Sin embargo, no han desaparecido del todo las imágenes de las vistosas carrozas y coches engalanados en medio de una tupida nube de confetis y serpentinas, del bullicio ensordecedor de las alegres estudiantinas y de los centenares de mascaritas escondidas, en razón de sus posibilidades, bajo la siempre tradicional sábana con moño en la cabeza y grotesca careta o el hermoso y llamativo disfraz, con ancho antifaz sobre la cara, artístico conjunto en el que fueron verdaderas maestras muchas conocidas costureras de entonces.

Eran los sanos jolgorios en que grupos familiares o de amigos, se lanzaban a la calle a cualquier hora durante los tres días, embromando a los transeúntes y vecindario con el habitual ¿ me conoces, mascarita ¿ o penetrando en los zaguanes a la espera de golosinas, huevos duros, torrijas y tortillas de carnaval, la copita de anís o vino dulce, para llegar cansadas de trotar por todo el pueblo a los animados bailes del Casino, bien en el edificio junto al teatro viejo, en el que fuera inolvidable el carnaval de 1926, el primero celebrado con luz eléctrica, o en el de la Calle Larga, en el Popular Cinema, el entrañable “cine de los guayabos “ de nuestros padres. Bailes, al parecer, extraordinarios y en los que no pocos galdenses y forasteros encontraron su media naranja hasta la misma muerte, haciendo cierto aquello de “ hoy te quiero más que ayer y menos que mañana “. Asaltos y bailes que se repetían, como apoteosis final el domingo de piñata, quizás menos concurridos por andar ya por medio el miércoles de ceniza y retumbar en los oídos el “ memento, homo, quia pulvis es “ con que principiaba la cuaresma.

Distintas unas de otras eran entonces estas fiestas en los pueblos isleños. Mientras unos se hacían populares por los concurridos bailes y verbenas, otros introdujeron innovaciones que derivaron en graciosas costumbres, tales como el entierro de la sardina en los campos y pagos, la Fiesta de los cabrones en el miércoles de ceniza, consistente en arrojar desde las azoteas al paso de los sospechosos un tiesto o bernegal viejo o adornar las puertas principales con las cornamentas conseguidas en los mataderos públicos, hechos que por ser ciertos o tratarse de simples bromas, ocasionaron no pocos y graves conflictos. En algunos lugares era costumbre entrar en las casas por azoteas y huertas, bien de noche o aprovechando la ausencia de los dueños y sacar todas las macetas que luego aparecían en un sitio tomado ya como tradicional.

Con la guerra civil, los carnavales pasaron a mejor vida. De un lado, la dictadura militar salida de la contienda, le puso cadenas a rajatabla dentro de la más severa prohibición, temerosa de los desmanes y represalias a que pudiera dar lugar el enmascaramiento de la gente. Por el otro, el privilegiado poder de la Iglesia y la intransigencia de muchos de sus príncipes, recordatoria de tiempos inquisitoriales, impusieron también la prohibición como arma efectiva para alejar al pueblo de las mismas puertas del infierno. Así recordamos, en la misma Gáldar, las manifestaciones de penitencia a las puertas del Casino mientras se celebraban los animados bailes.

Se acabaron las trifulcas de Don Carnal y Doña Cuaresma y olvidado quedó también el pobre arcipreste de Hita y su Libro del buen amor, mientras España entera, en nombre de tantas cosas, hacía actos penitenciarios, ejercicios espirituales, cumplía los ayunos y abstinencia de los viernes cuaresmales, sobre todos los pobres que no podían pagar bulas y le nacieron a los pasos procesionales de la Semana Santa, un fervor y un esplendor nunca alcanzado, al tiempo que los templos se las vieron y desearon para dar cabida a tanta mantilla y tanto incienso

Pero somos el país de la picaresca y del trampeo, no haciendo falta que hagamos memoria del glorioso Siglo de Oro. Con el tiempo y posiblemente con la benevolencia de algún que otro jerifalte del poder y la complicidad de algún campechano prelado, como ocurriera con el obispo tinerfeño don Domingo Pérez Cáceres, natural de Guímar y conocedor de las tradiciones de toda índole, surge en determinadas localidades, concretamente en Santa Cruz, antes en Cádiz, un intento de resucitar la antigua conmemoración, aunque el intento quedara finalmente en un sucedáneo del carnaval llamado durante años Fiestas de Invierno, sujeta a cambios e innovaciones hasta convertirse en lo que actualmente es: galas musicales, concursos de trajes, elecciones de reinas con trajes cada vez más aparatosos, cosos de carrozas, desfiles de comparsas, murgas y agrupaciones líricas, pregones, monumentales mogollones y el último invento, los Drag Queen, amén de los fastuosos escenarios, de la presencia de internacionales figuras de la música y de las revistas del corazón, como gancho turístico, todo si se quiere de un meritorio colorido, pero en mi opinión, además del gasto a mansalva del erario público y ser ya actos institucionales, difiere bastante de lo que fue el carnaval de nuestros mayores: una manifestación espontánea y popular, el libre y alegre sentir del pueblo que tras una máscara recorre las calles , en solitario o en grupos, desde la mañana a la noche del domingo, lunes y martes, poniendo una nota de humor y ocurrencia, siquiera por unas horas, en la apacible vida de los pueblos.

carnaval_03La visita que el entonces Jefe del Estado, general Franco, hizo a unas fiestas de Cádiz, anima a muchos pueblos, primero clandestinamente y después perdiendo el temor a las sanciones vigentes, a ir recuperando el tiempo tan largamente perdido. Los bailes de Cardones y Agüimes, los de muchos casinos y sociedades, incluida Gáldar y un incipiente salir a la calle, empiezan a gozar de justo renombre, auspiciados en muchas ocasiones por los mismos alcaldes que se responsabilizan ante la autoridad gubernativa de la provincia o bien hacen la vista gorda, siempre que las máscaras no anden por doquier, vayan descubiertas o se identifiquen en los recintos del baile. Así, casi en broma, nació el Entierro de la Sardina en Agaete, la única manifestación callejera en la provincia que en aquellas horas, todavía prohibidas, atrajo hacia la Villa mariana a miles de curiosos y que con el tiempo y la adición del Día del Turista en el martes de carnaval, terminara por ser patrocinada incluso por muchos organismos públicos…Después, ya se sabe. La Isleta se echa a la calle haciendo bueno aquello de “ ya vienen los carnavales/ por la punta de la Isleta, abanderando el renacer de la fiesta en todos los rincones de la isla, en tal cantidad, que muchos de ellas han de celebrarse fuera de las fechas tradicionales y algunas, no lejos del mismo Domingo de Ramos. Gáldar no fue la excepción y hoy son reconocidos sus carnavales, destacando la suntuosa cabalgata del martes carnavalero, artísticamente preparada y con el notable protagonismo de los colegios del municipio.

En nada quitamos méritos a las actuales carnestolendas. Pero nos vence la añoranza de otros tiempos, el de la máscara callejera a toda hora, con sábana y moño o lindo traje de fantasía, la de la careta o el antifaz, la de alegría desenfrenada y loca, como los versos que cita Gaspar Lucas Hidalgo en su Diálogo de apacible entretenimiento y recogidos por Felipe Bermúdez en su libro Fiesta Canaria:

Martes era, que no lunes,

martes de Carnestolendas,

víspera de la Ceniza,

primer día de Cuaresma.

Ved qué martes y qué miércoles,

qué víspera y qué fiesta,

el martes lleno de risa,

el miércoles de tristeza

La mujer se viste de hombre

y el hombre se viste de hembra,

aquí se asan entre cuestos,

allí se asan entre cuestas.

Aquí va un perro acosado

de un cuerno que atrás le cuelga,

allí va un pobre casado

que lleva dos en la testa.

Qué de gritos por las calles,

qué de burlas, qué de tretas,

qué de harina por el rostro,

qué de mazos que se cuelgan,

trapos, chapines, pellejos,

estopas, cuernos, braguetas,

sogas, papeles, andrajos,

zapatos y escobas viejas.

 

Puedes descargar el artículo completo en formato PDF aquí

 

Sebastián Monzón

Actualizado el Jueves, 29 Enero 2015 17:18

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