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Historia de los centros de enseñanza de La Aldea y su entorno (V) El Hoyo y Tocodomán

  •   FRANCISCO SUáREZ MORENO
  • 1 COMENTARIO

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                                                Presentación

 02_el_hoyoEn la zona de El Hoyo y Tocodomán, dos núcleos de población históricos unidos por el barranco de El Hoyo, hubo dos escuelas. La primera unidad, edificio hoy desafectado, fue creada en 1923, en El Hoyo Alto y la segunda, en 1963, en un edificio nuevo, en El Hoyo Bajo.

Durante los últimos treinta años se ha impartido la enseñanza primaria en  estas dos unidades, integradas en un solo colegio.

Actualmente funciona el aula de El Hoyo Alto pero integrada dentro del Colegio de La Cardonera.

Estos dos pagos tienen una larga historia que arranca desde hace muchos siglos.

 

1.- ANTECEDENTES HISTÓRICOS ANTIGUOS(SIGLOS XV-XVII)

En tiempos de la sociedad canaria antigua

Estamos ante un espacio que en forma de cubeta o depresión que, desde los primeros años de la Colonización, recibió el nombre de El Hoyo, aunque al mantenerse el topónimo cercano de Tocodomán muy bien podría haber sido éste el topónimo.   La fertilidad del terreno y abundantes aguas, por los manantiales que afloran en el círculo montañoso que lo rodea, debieron generar una importante población aborigen. De ello muy bien pueden responder los numerosos vestigios tales como enterramientos y casas.

Por este lugar debió bajar la expedición canaria, desde las montañas de Tasartico, la mítica Ajódar, probablemente la actual Hogarzos o Juagarzos, tras haber derrotado a los invasores, en abril de 1493, para dirigirse al centro de la Isla.

En varios puntos de El Hoyo y Tocodomán se han encontrado restos arqueológicos: casas de piedra de planta cuadrangular, enterramientos en cistas… como también en lugares cercanos como Artejévez, topónimo aborigen cerca del cual se hallaba el Pueblo Canario, por aglomeración de casas aborígenes de lo que hoy queda el nombre de La Montañeta del Pueblo, sobre El Granillar. El yacimiento arqueológico más investigado es el del Lomo de Granados, en El Hoyo Bajo. Y es curiosa la subsistencia de la Cueva de Tibicena o de Chobicena, en La Escalera, debajo de la senda que, desde La Degollada de Tasarte, llega a El Viso. Según las crónicas antiguas las tibicenas eran unos perros lanudos y salvajes que los canarios relacionaban con espíritus malignos.

03_el_hoyoLa escalera. Cueva de Chobicena (en el cuadro)

La recolonización (siglos XVI-XVII)

Tras el despoblamiento del valle de La Aldea, a lo largo de los siglos XVI y XVII, esta zona alta de El Hoyo permanece al margen de las primeras plantaciones de caña dulce que tienen lugar más abajo del valle, en las tierras anexas al barranco, entonces labradas por esclavos y dentro del primitivo heredamiento de La Aldea cuya propiedad quedó vinculada a Pedro Fernández Señorino de Lugo, una propiedad sin linderos definidos que con el tiempo fue adquirido por Tomás Grimón, abuelo del primer marqués de Villanueva del Prado.

04_el_hoyoEl valle de La Aldea, desde la cabecera de El Hoyo.

El Hoyo y Tocodomán quedaron fuera de aquel primitivo heredamiento de tierras y aguas de La Aldea. Aparece como un cortijo de 700 fanegadas, comprendido desde el barranco de Tocodomán y la montaña de Los Hogarzos hasta El Hoyo Bajo, utilizado para pasto de ganado con unos propietarios distintos a los de La Aldea, aunque más bien que propietarios eran colonos con posesión en precario, dado que estas tierras debieron ser en un principio tierras de propiedad realenga. Dentro de este gran cortijo de El Hoyo-Tocodomán, había casas de pastores y  cultivadores de pequeñas huertas, para la subsistencia familiar.

El cortijo de Tocodomán, propiedad privada

El primer personaje que conocemos en posesión de este gran cortijo fue Juan de Medina quien, en 1578, lo cede para su explotación a  Antonio Pérez y éste, a su vez, lo vende al ganadero Luis Báez, comprador también de las tierras de El Molino de Agua y Los Cercadillos, que tampoco pertenecían al heredamiento de La Aldea.

El hijo de Luis Báez, llamado también Luis Báez, vendió, en 1630, a un tal Juan Jorge todo el ganado que pastaba por Las Montañas (Los Hogarzos-Los Cedros) y unos cercados de tierra en Tocodomán con unas casillas, lo que será a partir de ahora un gran cortijo de 300 fanegas, separadas ya del cortijo de El Hoyo. Así lo indica el testamento de Juan Jorge, en 1651, al asegurar el tener en Tocodomán «más de 300 fanegadas de tierras labradías y montuosas y una huerta de árboles frutales, una cueva y una casa».

En 1653 los herederos de Juan Jorge venden el cortijo de Tocodomán al vecino de Agaete, Juan Melo, estableciéndose en La Aldea con lo que conforma las primeras raíces de una importante familia, cuyo apellido, por falta de varones, se pierde a principios de este siglo.

En Tocodomán los Melo se harán muy fuertes frente a la apetencia, años después, de los marqueses de Villanueva del Prado que habían adquirido el heredamiento principal de La Aldea y el cortijo de El Hoyo. La tradición oral aún mantiene que existió una anciana de Tocodomán que no permitió ningún acuerdo con los marqueses de Villanueva del Prado, por lo que estas tierras nunca entraron en el Pleito de La Aldea aunque lejos de la leyenda la realidad es que desde muy antiguo estas tierras tuvieron otros propietarios.

Pero, ¿por qué entraron en litigo (Pleito de La Aldea) las tierras de El Hoyo, siendo, en un principio, una misma propiedad con Tocodomán y por tanto distinta al heredamiento principal La Aldea? La explicación está en que mientras los Melo compran por un lado Tocodomán; por otro, el cortijo de El Hoyo es adquirido por otra familia, los Grimón, que lo integra en su propiedad de La Aldea, como veremos a continuación.

05_el_hoyoTocodomán Bajo,  en primer plano, La Casa del Corredor,  probablemente del siglo XVIII y residencia de los principales dueños, los melo.

Imagen de 1933-1934 (Leopoldo Ojeda, cedida por su hijo Federico a toñín de la Nuez)

Cómo el cortijo de El Hoyo se integra en la hacienda principal de La Aldea

En 1651 los herederos de Luis Báez venden a Claudio Grimón, una parte de las tierras que poseían en El Hoyo y El Molino de Agua. A su vez el sobrino de aquel, Tomás de Nava y Grimón las hereda, como ya indicamos, junto a las del resto del primitivo heredamiento de La Aldea, propiedad de su abuelo. No obstante, como esta compra no abarcó la totalidad de dichas tierras se formaron una serie de pleitos, a finales del siglo XVII, hasta que todas estas tierras pasaron a la familia de Nava-Grimón, gracias a los cuales podemos saber con exactitud los linderos y superficie de terrenos cultivados entonces en el cortijo de El Hoyo. Comprendía cerca de 650 fanegadas, situadas entre el barranquillo del Castellano que lo separaba del cortijo de Tocodomán, la base de los riscos (Los Cofres-El Lechugal-Degollada de Tasarte-La Escalera…) y el barranquillo de La Sabinilla, que bajaba hasta la casilla de Juan Hernández,  en El Hoyo Bajo, que lo separaba de la Hacienda Aldea.

La superficie de regadío alcanzaba, en el siglo XVII, unas 5 fanegadas, repartidas en pequeñas parcelas encadenadas irrigadas por el agua de manantiales que bajaba por la antigua acequia y que se regulaba mediante un estanque muy antiguo. La zona más productiva y amplia era lo que aún se le denomina como La Huerta, en El Hoyo Bajo, donde todavía centenarias palmas e higueras son testigos de tiempos muy remotos.

El primer medianero que se conoce del cortijo de El Hoyo, es Miguel Suárez, a quien el primer marqués de Villanueva del Prado le encargó, en 1651, que ampliara su superficie con nuevas roturaciones, dándolas al partido de medias perpetuas  a quienes se comprometieran. Este personaje llegó a ser, años después administrador de todo el heredamiento de La Aldea, en el que ya estaba integrado el cortijo de El Hoyo.

06_el_hoyoEl Hoyo Alto desde Tocodomá

2.  LA  ETAPA DE TRANSICIÓN A LA SOCIEDAD CAPITALISTA

(SIGLOS  XVIII-XIX)

En esa larga etapa histórica en que se consolida la jurisdicción parroquial-pre municipal de La Aldea de San Nicolás, la principal riqueza de El Hoyo-Tocodomán estaba en las siembras de cereales y la producción hortícola y frutal, en el ganado estabulado y el que pastaba en los extensos eriales de sus laderas, además de las recolecciones de leña y madera en los montes cercanos junto a la producción de carbón y brea y también de miel silvestre, entre otras producciones artesanales. Pero el régimen de propiedad de la tierra, las crisis económicas, sequías y otros males, tuvieron a la población en constante miseria. Un escape a tales adversidades fue, sobre todo en los últimos lustros del siglo XIX,  la emigración hacia América.

El régimen de propiedad y de explotación antigua de los recursos naturales

En este lugar debemos distinguir dos modelos de propiedad y de régimen de tenencia de la tierra: la banda de Tocodomán que era una propiedad privada ya fraccionada entre varias familias mientras que la parte de El Hoyo formaba parte de una propiedad vinculada al mayorazgo  Hacienda Aldea de San Nicolás, donde las familias que explotaban la tierra lo hacían como medianeros perpetuos de los dueños de aquel latifundio, los marqueses de Villanueva del Prado.

Tocodomán comprendía, desde la base de los riscos hasta el barranco de El Hoyo y entre el barranco de la Cañada de Bartolo y el Barranco de Tocodomán-Barranquillo del Castellano, unas 300 fanegadas, en un  principio propiedad de la familia Melo, la que luego sus descendientes, a lo largo del siglo XVIII, comenzaron a fraccionarla por trasmisiones hereditarias y ventas, con lo que de ser una gran propiedad inicial, al finalizar el siglo XIX, estaba muy repartida, sobre todo el área de regadío y tierras de sembrar, en muchas parcelas de distintos dueños minifundistas.

En cambio, al otro lado del barranco, el cortijo  de El Hoyo, cerca de 650 fanegadas, se mantenía entero sin poderse vender ni fraccionar por herencias pues su propiedad, a partir de 1660, había quedado vinculada, en el testamento del primer marqués de Villanueva del Prado al mayorazgo de Grimón. Pero su posesión y cultivo estaba en manos de medianeros perpetuos, que como los de La Aldea sostienen largos pleitos con los marqueses.

O sea, que si los distintos propietarios de Tocodomán eran dueños de toda la tierra y su producción, los cultivadores de las tierras de El Hoyo tenían que entregar la mitad de su producción agroganadera al administrador o mayordomo del marqués y, además, tenían que pagar anualmente, por cada casa, dos reales de plata o una gallina.

Más allá de El Hoyo-Tocodomán estaban los espacios públicos o bienes realengos, las montañas, pinares… cuyos recursos eran explotados por todos los vecinos a excepción de las abejeras salvajes y la suelta de ganado (los guaniles) que eran  propiedad de los propios del Concejo (ayuntamiento o cabildo de la isla) que, hasta mediados del siglo XIX, lo daba en arrendamiento a particulares.

La agricultura y ganadería principal riqueza

La principal riqueza estaba en las siembras de cereales (millo de regadío y cebada, trigo y otros granos menudos en secano). Estos productos alcanzaron buenos precios, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, en el mercado de Santa Cruz de Tenerife adonde llegaban en barquitos de vela.

07_el_hoyoLas fincas bajo riego, en El Hoyo, tal como hoy las vemos, en forma de pequeñas cadenas, al finalizar el siglo XIX, ya sumaban un total de 20 fanegadas y las tierras de sembrar superaban las 100 fanegadas,  lo que indica el crecimiento de nuevas fincas de riego y de sequero, a lo largo, seguramente, del siglo XVIII. Para la construcción de nuevas fincas, que luego los marqueses cedían a colonos al partido de medias perpetuas. Para ello, con sus familias numerosas, había que remover tierras, hacer paredes de contención, sin otros medios que las manos, el sudor, cestas de pírgano, corsas tiradas por yuntas… Y para su regadío fue necesario, ante la insuficiencia de agua de manantiales, trazar en el barranco de El Hoyo minas que captaran las aguas subálveas.

La crisis general que sacudió a las Islas según avanza el siglo XIX, junto a los ciclos de sequía,  debió afectar a esta zona y más cuando se aprobó la ley del Puerto Franco, que propició la importación de los granos y harinas extranjeras y arruinó con ello la floreciente producción cerealística insular base de las economías campesinas. La nueva contribución territorial impuesta por estado liberal resultó otra pesada carga frente al anterior impuesto del antiguo diezmo eclesiástico. De ahí que, como veremos más adelante, a lo largo del siglo XIX apenas crezca la población de estos barrios, a pesar de la riqueza momentánea de los años de la cochinilla; pues, frente a los altos índices de natalidad que debían hacer crecer a la población,  estaban en contra la alta mortalidad infantil y las epidemias (viruelas, gripes, cólera…) y hambrunas que afectaban a todos, además de las constantes emigraciones de la gente joven a América.

Recreación de hornos de brea en el pinar de  La Aldea (Dibujo del autor)

08_el_hoyoLa explotación de montes y pinares

Nos decía hace unos años, Juan Pablito Montesdeoca (ver imagen en la pág. 11), en La Cruz de la Cañavera, que sus antepasados solían decir que «los de abajo a la mar y los de arriba al pinar». Y así era. En el monte público se introducía ganado, se cazaba, se recolectaban leña, se hacía carbón en ollas a cielo abierto, se extraía resina; también se entresacaban troncos de pinos para vigas, soleras, timones para arados, etc. y se fabricaba brea en unos hornos especiales. Esta sobreexplotación del pinar obligó a las autoridades liberales, a mediados del siglo XIX, a controlar e intensificar la vigilancia de los montes públicos; aunque, la actividad furtiva continuó hasta mediados del siglo XX, sobre todo en los años cuarenta.

Por las alturas que del pinar bajan a El Hoyo se lanzaban los troncos de pino hasta la base del risco, donde luego eran tirados por bestias con la ayuda de gente especializada: los yunteros que guiaban bueyes y vacas tirando de troncos, yendo detrás los  pegueros, que  timoneaban la carga. La mujer participaba en las faenas forestales hasta tiempos recientes, sobre todo en la búsqueda de leña, en las faldas de las montañas de El Lechugal, Los Hogarzos y Los Cedros. Solían avisar a los hombres con silbos para que fueran a ayudar a transportar las cargas o manadas. Por entonces la leña y el carbón eran muy valiosos pues se consumía en los hogares, en las industrias (caso de las panaderías) y  en las máquinas de vapor.

pdf Puedes continuar leyendo el trabajo completo en el siguiente enlace en formato PDF.

También puedes leer el trabajo en formato libro digital pinchando en la imagen inferior.

 
Actualizado el Domingo, 11 Enero 2015 17:30

1 comentario

  • Angel
    Angel Martes, 17 Diciembre 2013 13:11 Enlace al Comentario

    Muchas gracias Siso por tu aportación al conocimiento de nuestra historia. Si ya en mi infancia disfrutaba con tus enseñanzas por ser uno de tus alumnos en los años 70, todavía me satisface enormente la lectura de tu obra. Hoy leo tu artículo desde el norte de Alemania, donde resido, y te agradezco la sencilla a la par que interesante redacción sobre las "gentes", mi "gente" del barrio donde nací. Mi agradecimiento también por su aportación a Abel Hernandez, y Medardo Rocha Barreto, del que nunca más supe.

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